El escritor

Alfonsina Storni

El dolor que ahoga

Por Kevin Arias/Ilustración Esteban Salas

El dolor es un sentimiento amargo que corroe el espíritu, degrada el cuerpo y desgasta la mente de quien lucha contra él. Librar una batalla resulta siempre inútil; el peso del sufrimiento se vence a la gravedad, el abismo abre sus fauces y la mente se precipita a la inevitable caída.

Alfonsina Storni también decidió que la única salida a su pesar era lanzarse al agujero negro, ese que parece formarse en la superficie del mar y que invita a perderse en la inmensidad del océano.

Storni concluyó que allí, en la impenetrable tiniebla del vórtice, las penas se diluirían y las cargas se alivianarían. Su vida en un desliz, una sutil respuesta a la realidad que apabulla; la poesía que no se escribió se consuma en una decisión.

Se produjo su nacimiento en la ciudad suiza de Capriasca, el 29 de mayo de 1892. Cuatro años después, la familia Storni emprende el viaje de regreso a Argentina y se instala en San Juan, donde las condiciones económicas se complican.

Por esta razón, un nuevo traslado resulta necesario. La joven Alfonsina Storni camina, en 1901 y de la mano de sus padres, hacia Rosario. Allí fundan un pequeño café donde la niña colabora limpiando y sirviéndole a los pocos clientes que frecuentan el establecimiento.

Pese a los esfuerzos sobrehumanos de su madre, Paulina Martignoni, el Café Suizo pronto fracasó. Mucha responsabilidad tiene su padre, Alfonso Storni, quien combinaba su apesadumbrado semblante con frecuentes y lamentables desvaríos etílicos. Con el negocio en la quiebra y con diez años recién cumplidos, Alfonsina Storni debió abandonar la escuela y comenzar a trabajar.

Los años transcurrían y la situación económica continuaba siendo deplorable. El negocio finalmente se cerró y decidieron, otra vez, cambiarse de casa. Además, María Storni, una de las hijas, tomó la determinación de casarse y de abandonar el hogar de sus padres. Sin embargo, su esposo, de nombre Ricardo, murió súbitamente por razones que aún continúan siendo un enigma.

Ante esta desafortunada y sorpresiva circunstancia, Alfonsina, quien en ese entonces contaba con apenas doce años, se dispuso a esbozar los trazos iniciales de lo que se convertiría en su primer poema. En él bordó sus reflexiones acerca de la muerte y la vida. No obstante, el desolador y sombrío tono de los versos desconcertó a su madre, quien los leyó con preocupación:

“A los doce años escribo mi primer verso. Es de noche; mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. El resultado es esencialmente doloroso; a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce. Desde entonces, los bolsillos de mis delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan”.

 A partir de ese primer contacto con la poesía, Alfonsina Storni continuó una producción textual en la que los temas más recurrentes exploraban episodios marcados por la pena y una leve pero aguda melancolía. De igual manera, esa primera actividad literaria se compaginó con las tareas hogareñas, las cuales la disgustaban. Por ese motivo, buscó una alternativa laboral. Probó suerte en un teatro, donde sus cualidades la llevaron a participar de una gira que se extendió por espacio de un año.

En su periplo por las ciudades argentinas de Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán, representó obras de Benito Pérez Galdós, Henrik Ibsen o Florencio Sánchez. Esa experiencia como actriz, aunada a la proximidad que tuvo con la obra de clásicos de la literatura, despertó en la joven poetisa el deseo de redactar una obra de teatro. Aunque existen pocas pruebas de que el manuscrito haya visto la luz, se presume que se tituló Un corazón valiente.

Llegado el año 1906, el padre de Alfonsina muere. Apenas tenía catorce años cuando la primera gran tragedia la encontró para desvanecer la figura paternal del hombre que la marcó por su carácter atribulado e hizo que sus poemas reprodujeran vestigios de ese comportamiento.

Tres años después, Storni se marcha de su hogar para concluir los estudios que había interrumpido. En Coronda ingresa en la Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales. En ese lugar, con 17 años, cursa la carrera de docente a pesar de que no había concluido los estudios primarios y de que reprobó, en primera instancia, el examen de admisión. Sin embargo, logra graduarse y, en 1921, comienza a impartir lecciones en la Escuela para Niños Débiles del Parque Chacabuco.

Hacia el año 1911 se traslada a la capital argentina, a la Ciudad de Buenos Aires. Un año más tarde nace su primer hijo, Alejandro, cuyo padre se desconoce. Alfonsina se sintió angustiada e incluso se reprochó por mucho tiempo el hecho de que su hijo creciera sin una figura paterna. Se sentía culpable por no darle una vida “normal”, además de tener que soportar los señalamientos que se encontraban implícitos en la época hacia la imagen de una madre soltera.

            Esa idea la persiguió y la fastidió. Percibía las convenciones sociales como cadenas que ahogaban su voz. Por esa razón, abogó por un sentido de libertad que se le negaba desde que era muy pequeña, cuando se le responsabilizaba por los quehaceres de la casa y la educación de sus hermanos menores.

            Aun así, fue en su paso por Buenos Aires donde Alfonsina Storni encontró un espacio que le permitió dedicarse con mayor asiduidad a la producción textual y, finalmente, a la literaria. Sus colaboraciones en la revista Caras y Caretas la catapultaron hacia procesos creativos cada vez más frecuentes.

El resultado fue que, en 1916, varios textos y poemas suyos se publicaron en la revista La Nota. De hecho, algunos de sus versos más conocidos y aclamados, y que recibieron los títulos de Convalecer y Golondrinas, aparecieron por primera vez en ese medio.

            En ese mismo año se edita su primer libro de poesía: La inquietud del rosal. En él discute, de manera poética, su condición de madre soltera y los sueños que como mujer conserva y defiende en una sociedad en la que los estigmas y juicios la hacían sentirse acorralada. Los versos desempeñaron un rol fundamentalmente catártico en la vida de Storni, pero el riesgo de verse acusada por la crítica hizo que se escondieran por un tiempo.

Ese impulso poético se vio detenido de forma abrupta por la incapacidad de encontrar sustento únicamente a través de la literatura. Para obtener el equilibrio que tanto se le resbalaba de las manos y le parecía tan esquivo, la ahora poetisa escribía colaboraciones para el diario La Acción, la revista Proteo, entre otros.

Finalmente, consiguió un empleo como directora del colegio Marcos Paz, donde había una enorme biblioteca a la cual recurrió para sumergirse en la lectura.

Una vez iniciada su carrera literaria, Storni se entregó casi por completo a la escritura de poesía. Primero apareció El dulce daño (1918), luego Irremediablemente (1919) y después Languidez (1920). Este último significó la consagración definitiva de la poetisa, quien hasta el momento había sido relegada al ostracismo por parte de la crítica de la época.

Languidez apareció no solo como un libro, sino también como un cóctel de emociones, declaraciones y reivindicaciones por parte de Storni. Por él recibió el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura. Las evocaciones oníricas se compenetran con una fértil imaginación que eleva la estética hasta su punto más armónico e incorruptible. Pero también existe una atroz exhibición de ilusiones que se desvanecen por causa de la realidad, esa sombra imborrable que persigue sin descanso al yo lírico.

Storni en algún momento manifestó que Languidez representaba para ella el cierre de un ciclo en su obra poética. La crítica también apoya esta observación de la autora, pues cuando volvió de su viaje por Europa, entre 1930 y 1934, el cambio de estilo resultó evidente.

Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938) fueron algunos de los libros de poesía en los que el giro se consumó; esto sumado al nivel de ejecución y a la calidad con la que los recursos desviaron el hilo con el que solía concatenar los versos. En general, la obra de Storni se divide en dos etapas: la primera, influenciada por los motivos del Romanticismo y el Modernismo; y la segunda, más inclinada hacia un panorama oscuro y fundamentalmente triste.

En uno de los múltiples viajes que la escritora emprendió, coincidió con su homólogo uruguayo, Horacio Quiroga. Ambos desarrollaron una amistad cuyo punto de intersección más fuerte eran la cultura y el arte. Además, la cordialidad y la admiración por el trabajo del otro eran mutuas. Al conocerse la muerte de Quiroga -un suicidio-, la autora argentina se sintió conmovida por el suceso y escribió un poema en su honor. El poema resultó ser una carta en verso donde la poetisa aceptaba con resignación el funesto paradero de su amigo y vaticinaba el suyo.

Después de mucho tiempo, Storni encontró un atisbo del equilibrio que tanto había estado buscando. Con su posición como poetisa ya consagrada y reconocida en cada rincón de la crítica, se instaló como una parte fundamental del gremio de escritores. Asimismo, contribuyó en la conformación definitiva de la Sociedad Argentina de Escritores. Viajaba constantemente, continuó con su actividad literaria y su condición económica, aunque no ideal, se estabilizó lo suficiente como para darle tranquilidad y solvencia.

Sin embargo, su carácter opaco la enturbiaba. Las preocupaciones y el insoportable sentimiento de persecución la debilitaban cada vez más. En su mente jugaba una partida de ajedrez interminable; y la alienación y reclusión crearon una distancia insalvable con su entorno, del cual no se sentía parte.

A todo lo anterior se sumó la noticia que le dieron en 1935. Se le detectó un tumor en uno de los pechos. Tuvieron que amputárselo y con él se veía despojada de uno de los elementos de su identidad femenina. El tratamiento no funcionó, el cáncer se expandió y las secuelas físicas se manifestaron en su psique. La desoladora tristeza que la embargó pronto se transformó en depresión.

La soledad se instaló en su mente; la distancia era ya insalvable. El dolor se condensó y acumuló en una coordenada. La daga penetraba sin misericordia en su pecho. Hasta que una noche decidió que el padecimiento había sido suficiente.

Su mano apresurada trazaba las últimas palabras de las dos cartas que iban dirigidas a su hijo Alejandro. Al mismo tiempo, una carta de despedida estructurada en versos recibía las últimas modificaciones. A altas horas de la noche de un martes -se presume que a la una de la mañana-, en Mar del Plata, la poetisa salió del Hotel San Jacinto, donde se encontraba alojada.

Resignada, con la cabeza agachada y como posesa, caminó por las calles de la ciudad hasta que llegó al Club Argentino de Mujeres. Se aproximó al balcón del establecimiento, que estaba situado a unos doscientos metros sobre la superficie del mar.

En su caminata quizá rememoraba las otras ocasiones fallidas; pero esta vez no había nadie a su alrededor. Sus pies se aproximaron al borde y dejó que la gravedad la empujara al vacío. Abajo, el mar la esperaba. Su cuerpo, ahora liviano, se fundía con la espesa tiniebla mientras sus pulmones se reventaban por el agua inhalada.

Cuenta la historia no-oficial que dos hombres, en la mañana del 25 de octubre de 1938, divisaron un cuerpo que yacía inerte en la playa. La tez, azul por el frío, no les impidió detectar que se trataba de Alfonsina Storni. El suceso se difundió rápidamente y el periódico La Nación acompañó la trágica noticia del poema que hasta hace unas horas había estado en poder de la propia autora. El título, muy sugerente, era una declaración de intenciones: Voy a dormir.