El escritor

  Hans Christian Andersen

 “El otro patito feo”

Literofilia se une, para celebrar el mes de la literatura infantil, con uno de sus maestros y referentes: Hans Christian Andersen

Por Kevin Arias/Ilustración Esteban Salas

Hans Christian Andersen

Odense es la tercera ciudad más grande de Dinamarca. La etimología de su nombre guarda una estrecha relación con la vasta y fascinante mitología escandinava, la de leyendas grandiosas, gestas heroicas y dioses terribles. Odense proviene de Odins Vi, que a su vez quiere decir “el Santuario de Odín”.

Allí nació, en el año 1805, un niño con el nombre de Hans Christian Andersen. Casi impulsado por la tradición, o simplemente empujado por el incontestable destino, Andersen se empeñó en transmitir historias con los mismos elementos maravillosos e indescifrables de la mitología nórdica, pero cuya magia y acontecimientos increíbles solo es factible explicarlos desde la mente de un niño que se negó a crecer.

La pobreza y la escasez, sin embargo, circundaron la realidad de Andersen desde muy temprano. Su padre era un zapatero enfermizo y su madre una lavandera que con frecuencia deambulaba por la casa en un estado etílico lamentable. No fueron pocas las ocasiones en las que el futuro escritor se encontró durmiendo en medio de la noche bajo un puente, con el chillido de las ratas resonando en sus oídos y la fría brisa golpeándole el rostro.

Esos desafortunados eventos lo hirieron profundamente y lo marcaron para toda su vida. Pero fue el papel el que atestiguó e hizo perdurar esos instantes con mayor vehemencia. El joven Hans desparramó sus vivencias en los cuentos, donde la melancolía y el dolor se enredaron con la fantasía, lo indecible, lo incomprensible y la inocencia de un niño que jugaba con las palabras.

De esta forma, relatos como La pequeña cerillera o No sirve para nada concentran datos autobiográficos, principalmente con referencia a su madre, quien se ahogaba en alcohol. Su padre murió cuando apenas tenía cumplidos los 11 años. Una enfermedad contraída entre 1812 y 1814 -durante su servicio como soldado en las guerras napoleónicas- hizo que la voz que le leía Las mil y una noches enmudeciera para siempre. Esto provocó también que debiera abandonar los estudios, pues el dinero no alcanzaba en casa cuando su madre enviudó.

Hans Christian Andersen, en su niñez, fue una persona tímida, reservada y solitaria. Tenía la costumbre de perderse entre los árboles y la maleza y de jugar con la única compañía que le proporcionaban sus muñecos de trapo. No obstante, desarrolló una penetrante imaginación, la cual conservó hasta el final de su vida. Tras dejar los salones de clase, las horas se deslizaban fugazmente con las narraciones de cuanto libro estuviera a su alcance, en especial los de William Shakespeare o Ludwig Holberg.

Los infortunios lo persiguieron con asiduidad. Sin demasiado éxito intentó consolidarse como un cantante de ópera. Para ello viajó a Copenhague en 1819, pero una vez allí se burlaron de él y lo rechazaron casi de manera inmediata. Además, consideraron que sus pretensiones eran absurdas y que estaba loco. Posteriormente se dirigió al Teatro Real de Copenhague, donde fue admitido como alumno de danza. En ese lugar conoció a Jonas Collin, director del recinto y el hombre con quien entabló una fuerte amistad y quien lo apoyó económicamente.

Algunos años más tarde, el rey Federico VI conoció al joven Andersen y se interesó en él. Lo hizo ingresar en un centro educativo de la ciudad de Slagelse, que luego abandonó para instalarse en uno de Elsinor. El escritor permaneció en este último hasta el año 1827. Las experiencias que había recogido fueron de consecuencias nefastas, pues en algún momento él mismo se encargó de desvelar que unos de los períodos más lamentables de su vida transcurrieron precisamente en esos lugares.

Andersen siempre comprendió que tenía una clara vocación artística. Además del canto y la danza, la literatura era otra de sus pasiones. Bajo la influencia de E.T.A. Hoffmann, Schiller, o incluso Goethe -a quienes leía y veneraba fervientemente-, encontró inspiración para que, en 1827, después de abandonar Elsinor, se publicara su primer poema bajo el título de “El niño moribundo”. Esos primeros versos encontraron albergue en la aclamada revista literaria Kjøbenhavns flyvende Post, que contaba con ediciones tanto en danés como en alemán.

La producción literaria del escritor se propagó de igual manera a otras aristas de su vida. Con él llevaba una libreta para documentar cada suceso que le acontecía en los viajes que realizó a lo largo del continente europeo. Esos recuerdos los trasladaba en algunas ocasiones a las páginas de los periódicos y le sirvieron como una fuente a la cual recurrir cuando se disponía a esbozar sus textos.

El éxito fue una constante en casi toda su carrera como escritor. La admiración y el reconocimiento eran unánimes, principalmente en sus cuentos para niños. Escribió a raudales: lo atestiguan los más de 150 cuentos publicados. Aunado a eso, el autor danés ensanchó su rango de alcance con las notas publicadas en los diarios, las crónicas de viaje, obras de teatro y alguna novela.

La más famosa de sus obras de teatro se publicó en 1839 bajo el nombre de El amor en la torre de San Nicolás. En 1831, ocho años antes, su periplo por los países europeos recién comenzaba. Tras culminar su estancia en Berlín, redactó una crónica: Siluetas, en la cual comenta sus experiencias en la ciudad alemana. En ese mismo año Fantasías y esbozos, un poemario, también surgía. Gracias a una beca otorgada en 1833 por la monarquía, Andersen pudo visitar más países. Italia lo recibió un año más tarde. Ese país lo sensibilizó e inspiró de manera especial, razón por la cual se publicó, en 1835, su novela El improvisador. Este texto contó con la aprobación general del público, que no terminaba de digerirlo cuando aparecióHistorias de aventuras para niños, un libro de cuentos dirigido a la audiencia infantil.

La fama de Hans Christian Andersen no surgió con sus primeros libros. Estos no se vendían demasiado y en su país no se le reconocía como un escritor respetable. Sin embargo, los años 1838 y 1843 marcaron un punto de inflexión en su proceso creativo. Cuentos como “El patito feo”, “La sirenita”, “La reina de las nieves” o “Pulgarcita” formaron parte de la colección de relatos que se publicó en esos dos años y que se titularon Cuentos nuevos. Varios de ellos incluso adquirieron una trascendencia mundial aún mayor después de que Disney los llevara al cine.

A partir de ese momento, la popularidad del escritor se acrecentó. Los cuentos, por los recursos que empleaba, resultaron cautivantes tanto para los niños como para los adultos. Aunque hace uso de una prosa relativamente sencilla y directa, la imaginación del autor y los hechos sobre los que gira la trama dotan a los textos de un ritmo constante pero hipnótico.

A pesar de que la mayoría de su obra transcurre en ambientes y contextos más bien infantiles, la complejidad discursiva y profundidad temática no se ausentan ni se alejan de la lectura general de los relatos. Andersen vivió una niñez difícil, en la que tuvo que enfrentar a la pobreza y conocer carencias materiales y psicológicas que finalmente lo convirtieron en una persona sensible al dolor.

La baja autoestima, la inseguridad y la tristeza fueron algunas de las cuestiones referentes a la oscuridad del alma humana que Andersen vivió y permearon en su obra. El cuento “El patito feo”, por ejemplo, nace a raíz del rechazo que el propio autor sufrió producto de sus características físicas. Debido a su prominente nariz y apariencia recibió calificativos que desarrollaron en él complejos de los que nunca más pudo libarse. De este modo, Andersen edifica una red de símbolos y significantes que aluden al espacio psicológico de los personajes y que, además, explora las percepciones propias del “yo”.

No obstante, la habilidad del danés para construir mundos fantásticos es lo que más resalta y se le admira. Quizá los mitos escandinavos desempeñaron un papel fundamental para entender la procedencia de tan desbordante imaginación, aunque es cierto que desde muy pequeño mostró una predisposición casi natural por realidades solo posibles en sueños o ilusiones.

Para Andersen la vida consistía principalmente en viajar, en conocer y vivir en otras circunstancias con otras gentes. “Viajar es vivir” fueron las palabras que más frecuentemente coincidían en las oraciones que pronunciaba. Recorrió Alemania, Italia, Grecia, Inglaterra y muchos otros lugares. En la isla británica conoció a un célebre escritor inglés: Charles Dickens. Con él compartió una cordial amistad, y fruto de ella es la dilatada correspondencia epistolar que por tanto tiempo mantuvieron. Llegó incluso a compartir unos minutos con la Reina en 1844: “Hace veinticinco años llegué con mi atadito de ropa a Copenhague, un muchacho desconocido y pobre: y hoy tomé chocolate con la Reina”.

Hans Christian Andersen sufrió incontables desventuras y frustraciones amorosas. Con muchas, como con la soprano Jenny Lind, fracasó. Para el cuento “Elruiseñor”, por ejemplo, el escritor se inspiró en sus sentimientos hacia ella para redactarlo. Así, Andersen pareció estar maldito con las mujeres y los amores contrariados. La timidez e inseguridad, además de considerarse a sí mismo como un hombre sin encanto, provocó que las oportunidades se redujeran cada vez más. Lind incluso llegó a escribirle una carta donde le advertía que ella lo veía como un hermano y que su cariño hacia él debía ser entendido como tal.

Además de la soprano, el autor amó a Louise Collin, hermana de su amigo Jonas Collin, pero sufrió igualmente por su desprecio. La misma suerte corrió con una amiga de su juventud, Riborg Voigt. Andersen también se sintió atraído por hombres: Edvard Collin, Carlos Alejandro y, en última instancia, Harald Scharff. A todos les expresó su amor por medio de cartas; sin embargo, con ninguno logró consumar una relación amorosa estable. Con Scharff sostuvo una extensa y fértil amistad y él estaba incluso consciente de lo que el escritor sentía hacia él. Una serie de acontecimientos aciagos propiciaron que Sharff conociera a otro hombre y abandonara a Andersen.

Tras este nuevo fracaso, la soledad lo envolvió y lo condujo de nuevo a los parajes más oscuros de su vida. La vejez y el agotamiento ya tocaban su puerta. Se sintió aislado, confundido y desorientado. Los momentos de alegría que conoció junto al bailarín resultaron ser efímeros, desgastantes. Asumir la situación lo llevó a plantearse el sentido de su vida, en la que se sentía cansado y agobiado por el eco de la melancolía.

Andersen continuó escribiendo los mismos relatos para niños, donde cualquier deseo podía cumplirse y la felicidad parecía encontrarse un poco más cerca de sus personajes, de él mismo. Un día cayó de su cama, pero nunca se recuperó totalmente. Eso ocurrió tres años antes de su muerte, la cual se produjo en 1875. Siempre manifestó su temor a ser enterrado vivo, y puesto que ya falleció, desde su tumba y por algún truco de magia, su voz sigue narrando sus cuentos como aquella primera vez en 1858.