El escritor

Flannery OConnor

 “El quehacer del escritor es contemplar la experiencia, no fundirse con ella”. Flannery O’Connor

En marzo Literofilia le rinde homenaje a la gran escritora Flannery O’Connor

Por Kevin Arias/Ilustración Esteban Salas

 

Flannery O Connor es una de las voces fundamentales de la literatura estadounidense. El eco de sus palabras resuena y rebota en las paredes de la consciencia con la misma intensidad tanto en los lectores del país norteamericano como en los de las demás naciones. Su filosofía y la temática de su obra -altamente influenciadas por el catolicismo- rebasaron los límites geográficos del sur de Estados Unidos y permearon por el resto de los estados. La gente comenzó a leer las páginas redentoras de O’Connor y pronto se sintió extrañamente abrumada, incómoda por la rareza de unos personajes que se les hacía aterradores ya no por sus actitudes, sino por saberlos parte de ellos, por entenderse insertos ellos mismos dentro de los relatos.

“Una sensación de pérdida es natural para nosotros, y es solo en estos siglos en los cuales estamos afligidos con la doctrina de la perfectibilidad de la naturaleza humana que la visión del freak en la ficción es tan inquietante. El freak en la ficción moderna nos inquieta porque nos impide olvidarnos del hecho de que compartimos su condición...”

El natalicio de la escritora se produjo el 25 de marzo del año 1925 en la localidad de Savannah, Georgia, en Estados Unidos. Sin embargo, en 1938 su familia se traslada junto con ella a Baldwin, Alabama, lugar en el que creció acompañada de aves de todo tipo, en especial pavos reales, a los cuales criaba y dedicaba gran parte de su tiempo. A pesar de distanciarse de su hogar durante ciertos períodos, Flannery O’Connor volvió a la granja de Milledgeville y permaneció allí ininterrumpidamente hasta su prematura muerte en 1964.

Desde muy pequeña se le educó con base en la doctrina católica en una familia donde era hija única y en un lugar -el sur de Estados Unidos- donde sus creencias representaban por aquellos años fricciones con el resto de habitantes de la zona. De esta forma, O Connor asistió a centros de enseñanza católicos donde los preceptos religiosos se afianzaron en ella y su fe se consumó con mayor ahínco. No obstante, en alguna ocasión admitió que sus circunstancias no la incapacitaban para percibir la realidad tal y como los demás la percibían; por esta razón se mostró consciente, criticó y expuso -siempre mediante su creación literaria- el fanatismo desmesurado de algunos practicantes de la religión católica. Además, confesó la alta dificultad que entrañaba el ejercer la profesión de escritora con las convicciones que ella tenía y lo que estas representaban en una sociedad marcada por los prejuicios y el rechazo.

Luego de finalizar la secundaria en la Peabody High School, O Connor ingresó en la Georgia State College for Women. En dicha universidad, la autora cursó la carrera de Estudios Sociales, de la cual se graduó algunos años después. Hasta ese entonces Flannery O Connor no había tenido contacto directo con la literatura. Pero llegado ese momento, devoró con avidez la obra de clásicos como Kafka, Joyce o Dostoyevski, entre otros. Se sintió tremendamente fascinada por la temática que exploraba Edgar Allan Poe y deslumbrada por la rigurosidad estructural a la que -según ella- Joyce sometía sus textos.

De cualquier modo, O Connor aceptó que, debido a la excesiva cantidad de literatura que consumió y a la que se vio expuesta en tan poco tiempo, decantarse por una única influencia era casi imposible. Esto último se debe, entre otras razones, a que desarrolló una literatura única, donde la cosmovisión religiosa está presente y trasciende los ambientes, los espacios físicos y psicológicos de unos personajes que se ven envueltos en una incansable búsqueda por la gracia y el favor divinos.

Al igual que con su pasión por la literatura, Flannery O’Connor posaba sus blancas y delgadas manos en la máquina de escribir apenas cuando iniciaba la universidad. En su habitación, solitaria y extrañada por la ausencia del glugluteo de los pavos, su primera novela, Wise Blood (1952), comenzaba a bordarse. Aunque se trataba de su debut como escritora, la madurez narrativa que demostraba resultaba pasmosa por la calidad del estilo y del contenido. Estos fueron aspectos que Paul Engle pudo comprobar desde una posición privilegiada, pues fue el primero en tener acceso a los borradores iniciales cuando él se encontraba presidiendo el Iowa WritersWorkshop. Con epicentro en la Universidad de Iowa, el taller al cual O’Connor fue admitida en el año 1946 supuso el inicio de Wise Blood, así como de una prolífica producción por parte de la estadounidense.

Aparte de esta última, Flannery O’Connor escribió una segunda novela, 32 cuentos, algunos ensayos, un extenso intercambio epistolar con varios de sus amigos y una serie de plegarias. Las cartas, por la profundidad con la que diseminan distintas cuestiones ideológicas y existenciales, llegaron a ser recopiladas en un libro -The Habit of Being, (2003)- y la crítica las ha llegado a comparar -cualitativamente hablando- con la correspondencia que en algún momento mantuvo Franz Kafka, Keats o incluso Van Gogh. O’Connor discute en sus cartas asuntos relativos a su trabajo como escritora, la literatura, las repercusiones que tiene el catolicismo en su obra, los retos que este supone y una serie de preocupaciones personales con relación a la vida en general.

También incursionó la autora en las historietas y plasmó algunos versos fugaces en forma de poesía. Pero fue en el arte del relato corto en el que se percibía su esencia con mayor fuerza y rigor. Así pues, aparece A Good Man Is Hard To Find (1955), un compendio de cuentos que asume la forma de un libro para liberar elementos de la literatura gótica sureña, el humor negro que se confunde con el cinismo, la violencia que se desata incontrolablemente y una crueldad ejercida sin escrúpulos. Los hechos se desencadenan en una geografía muy amoldada al sur de Estados Unidos, junto con su característico ambiente y sus inconfundibles gentes.

A Good Man Is Hard To Find es la puerta de entrada a la cosmovisión de O’Connor, su percepción de la realidad y sus (in)certidumbres. De este modo, todo parece confluir en un núcleo que despide su obra hacia diferentes direcciones, pero que se ve inevitablemente atraída por la manifestación de la “gracia” de Dios y los cambios que ella trae consigo. En ese eje principal se encuentra, asimismo, la idea de la escritora de que el cambio, cuando llega, puede ser increíblemente doloroso. Es un dolor que desgarra hasta lo indecible; no obstante, es el paso que acerca a la conquista de la redención y, en última instancia, de la anhelada gracia.

En otra esfera aparece Everything That Rises Must Converge (1965), otra compilación de cuentos en los que la estadounidense indaga en las mismas inquietudes que presenta A Good Man Is Hard To Find. En este caso, la autora se aproxima al objetivo, más concretamente a los acontecimientos que rodean y definen a sus personajes, de una manera más sobria, contemplativa, y donde lo grotesco en las actitudes de los protagonistas no se exhibe con tanta asiduidad. O’Connor concentra sus esfuerzos en destacar elementos concernientes a la oscuridad del alma humana: el remordimiento, la hipocresía, los enfrentamientos raciales, los repulsivos conflictos entre clases sociales y la escasez del espíritu.

The Violent Bear It Away (1960) es la segunda novela de la escritora estadounidense. El título -directa alusión a Mateo 11:12- anticipa los problemas alrededor de los cuales gira la trama del libro, que no son otros que incógnitas de corte religioso-católico. Su autora despliega una fuerte crítica que se va consolidando a lo largo de las páginas contra los predicadores y la influencia que estos son capaces de ejercer en las demás personas. Finalmente, la tesis central destaca cómo el supuesto poder que les otorga su posición puede llevar a que miles de vidas afronten consecuencias o repercusiones desafortunadas e indeseables.

En 1951, un año antes de que su primera novela fuera publicada, Flannery O’Connor se veía enfrentada a la misma enfermedad que doblegó e hizo sucumbir a su padre años antes. El lupus aparecía ante la escritora como un fantasma, como una manifestación demoníaca que la buscó y encontró a muy temprana edad.

A partir de ese momento, su salud inició un declive incontrolable que mermó su capacidad motora y la deterioró físicamente. Sus manos perdían fuerza, las teclas de la máquina de escribir se convertían cada vez más en un viaje imposible de completar y sus piernas se enflaquecían y debilitaban con alarmante celeridad. Muy pronto tuvo que ayudarse con un bastón y luego, cuando este se volvió insuficiente, con muletas. Las imágenes arrojan una lánguida figura que parecía levitar entre los pavos de la granja de Milledgeville, con la mirada clavada en el suelo, meditabunda, buscando algo que parecía no encontrar.

Luego de que los primeros síntomas del lupus aparecieran en su cuerpo, Flannery O’Connor se instaló hasta el último de sus días en Andalusia, la granja familiar que se encontraba en Milledgeville. Ahí recibió el cuidado de su madre, quien administraba también por ese entonces la granja y veía cómo la fatal enfermedad se extendía más allá de las generaciones hasta alcanzar a su única hija.

La correspondencia se hizo, después de confirmada la enfermedad, más intensa y constante con sus amigos y allegados. La autora recibía a diario decenas de cartas que respondía con alegría y optimismo. Cuando se le preguntaba por el lupus, el tono en general era divertido y sus respuestas resultaban sorprendentes por la naturalidad con la que tomaba la situación, pues la explicaba como una oportunidad única para dedicarse exclusivamente a sus dos pasiones: la crianza de aves y la literatura.

Sin embargo, conforme el tiempo seguía su imparable transcurso, O’Connor notaba que la medicación que recibía para combatir y aliviar los efectos del lupus perdían la capacidad para serle de verdadera ayuda. Por esa razón, en 1958, cuando tenía 33 años, a la autora se le propuso acudir a las aguas de Lourdes. El viaje finalmente lo emprendió a modo de peregrinación, ya que se mostraba reticente y escéptica respecto de lo que se decía de esas aguas, que eran descritas como “milagrosas” y curativas después de que, supuestamente, la Virgen se le apareciera a una joven a mediados del Siglo XIX.

La idea le resultaba absurda y hasta contradictoria. O’Connor siempre criticó y ridiculizó los excesos de la religiosidad católica. Aun así, todavía sin mucha expectativa, los rostros esperanzados de sus acompañantes terminaron por convencerla de formar parte de la sumersión en el manantial. No obstante, sabedora del nefasto desenlace que le esperaba, la oración que realizó no fue para pedir por su salud, sino por la novela que se encontraba redactando en ese momento.

Su ineludible destino la abordó sin mayores sobresaltos el 3 de agosto de 1964, a los 39 años de edad. Sus últimas palpitaciones ocurrieron junto a su madre, en medio del murmullo de los desconcertados pavos y con un puñado de hojas sobre el escritorio. Esas hojas contenían las plegarias que se publicarían póstumamente en forma de libro y que atestiguan la sensibilidad emocional e inacabable inventiva de una escritora que, casi sin querer, desató una reunión de dos conceptos: la oración y la literatura. Tras su muerte, el espíritu de O’Connor quizás abandonó su cuerpo y ascendió. Allí, en medio de la nada y encima de todo, tal vez logró converger con la gracia que tanto buscaba y con todo lo que logró elevar mientras se encontraba con vida.