El escritor

Reinaldo Arenas

“La vida es riesgo o abstinencia”.

Por Kevin Arias/Ilustración Esteban Salas

 

 Reinaldo Arenas apenas contaba los 13 años cuando se compró su primera máquina de escribir. Y mientras concatenaba las frases de sus textos iniciales, a lo lejos podía percibir el murmullo de las olas que rompían contra las playas cubanas. Era para él una época feliz, de pies descalzos, de jugar en la tierra y frecuentar el cine de la mano de su pareja de la infancia, Carlos.

Pero la muerte de su abuelo -militante del Partido Ortodoxo- a manos de las fuerzas armadas de la dictadura de Fulgencio Batista, lo obligó a arrojarse a la realidad de su país, marcada en ese momento por la violencia y el dolor. Siendo muy pequeño escuchó el sonido de las balas y capturó en su retina las imágenes de los cuerpos devastados por el enfrentamiento bélico. Batista por fin había caído.

La de Arenas fue una niñez complicada. Nació el 16 de julio del año 1943 en la provincia de Holguín, Cuba, en una pequeña localidad con nombre de pueblo encantado: Aguas Claras. Sus ojos se abrieron por primera vez con la mirada fija y vigilante de su madre puesta en él. Se trataba de una mujer abandonada por su esposo, que tuvo que criar a su hijo en medio de la pobreza con la ayuda y el albergue de sus abuelos maternos.

Creció en un entorno rural, rodeado por sus primos y por el polvo que le cubría el cuerpo cuando correteaba por la casa. En ese entonces ya tenía leves arrebatos literarios; su abuelo, atónito, con frecuencia lo sorprendía tallando los árboles del jardín con versos espontáneos.

La primaria la cursó en la escuela número 91 del barrio de Perronales, a pocos pasos de donde vivía. Luego se marchó a un colegio politécnico, La Pantoja, donde estudió la profesión de contador agrícola. Como muchos otros jóvenes, concluyó sus estudios gracias al patrocinio de la Revolución Cubana. En el horizonte, Fidel Castro cimentaba las bases del difuso futuro de una nación que aún no despertaba del letargo de la dictadura.

Tras graduarse de la secundaria, se mudó otra vez; en esta ocasión, su domicilio lo fijaría en la capital. Allí ingresó en la Universidad de La Habana, lugar en el que se matriculó en un curso de planificación.

Su paso por la ciudad supuso también la oportunidad para dar a conocer su idilio con la prosa. Llegó a participar, en el año 1963, en un concurso literario de la Biblioteca Nacional, el cual finalmente ganó. Después de recoger el premio, recibió una oferta laboral de la biblioteca, que lo acogió para ser testigo de su menuda figura tecleando absorta en un rincón custodiado por cientos de libros.

Se encontraba durante ese tiempo trabajando en el manuscrito de su primera novela: Celestino antes del alba (1967). Ese texto le mereció el primer lugar de un certamen que organizó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), y marcó el inicio de una carrera literaria que su país solo presenció a través de la primera y única edición de esa obra.

La sombra de la producción literaria de Arenas se extendía no sin recelo por las calles y avenidas cubanas. Algunos años después envió a concursar a El mundo alucinante (1969). No obstante, los integrantes del jurado, Alejo Carpentier y José Antonio Portuondo, optaron por negarle el primer lugar.

Ante la imposibilidad de publicar su último libro, el escritor determinó mandar ambos ejemplares a Francia, donde -sin el permiso de la Uneac- unos amigos suyos lograron la publicación de El mundo alucinante y Celestino antes del alba; las dos traducidas al francés.

En ese país europeo, las agudas y envolventes narraciones del autor cubano calaron de manera profunda tanto en el público como en la crítica, lo que le mereció el premio a la mejor novela extranjera por El mundo alucinante. Sin embargo, la atribución que el autor se tomó no fue bien digerida en Cuba.

A partir de ese instante, su nombre comenzó a ser símbolo de incomodidad y rebeldía en los grupos culturales de su país. El régimen de Fidel Castro ya comenzaba a ponerle atención a ese joven escritor que tachaba la “i” de su nombre para sustituirla por una “y”. Reynaldo Arenas, como prefería que lo escribieran, protagonizó constantes enfrentamientos abiertos que lo entregaron al rechazo y provocaron que su vida girara en torno a huir y esconderse.

Debió ocultarse porque en esa época su orientación sexual se castigaba con la cárcel. Castro comandó una férrea persecución homófoba y eso lo convirtió en el objetivo del régimen comunista, que tenía presentes sus declaraciones, en las que se manifestaba abiertamente como homosexual.

De este modo, la hostilidad por parte del gobierno llegó a su cúspide en el año 1973, cuando fue condenado a prisión por haber mantenido relaciones sexuales con un hombre. Aunque logró escapar, pronto lo volvieron a detener y, en esta ocasión, fue recluido en la cárcel de El Morro.

Arenas ya había tomado la decisión de huir de la isla, de exiliarse. Anduvo corriendo, nadando, huyendo y tratando de abordar un bote que lo llevara lejos. Pero el intento fracasó. En prisión redactó varias cartas a las familias de los presos que se lo pedían y tejió los primeros retazos de algunas de sus novelas, que los custodios sistemáticamente destruían. Sin embargo, cada vez que eso sucedía, volvía a recomenzar. Fue un eterno ir y venir para conservar una ínfima porción de la libertad que tanto se le negaba.

 Por esos días pensó además en el suicidio. Aflicciones como estas y otras experiencias las registró casi siempre en su literatura. Sus textos fungían la mayoría de las ocasiones como turbios espejos de su realidad interior y exterior. Por supuesto, una de sus mayores inquietudes remitía a la represión que implicaba vivir en un país homofóbico. Asimismo, explotó el sentimiento de alienación, la búsqueda de una libertad inalcanzable, la violencia o la incesante persecución del estado.

Un estado opresor y despiadado es el que retrata El asalto (1988), en el que se hace una fiel analogía de las condiciones bajo las que gravita Cuba, donde las personas obedecen y veneran al Reprimerísimo, el arquetipo de la represión. En esta novela, el personaje principal emprende una búsqueda incansable de su madre. Él es, además, la encarnación del pueblo cubano, inmerso en un estado totalitario y avasallador, pero que conserva el deseo irrefrenable de traspasar el umbral del dolor para obtener la ansiada libertad.

La misma línea temática dibuja El color del verano (1991), cuyos trazos concibió y enlazó ya en el exilio. En este relato, Cuba celebra embriagada de ignorancia los 50 años en el poder de Fifo, un dictador con nombre de payaso. También en este libro aparecen los excesos del gobierno. Y, en medio de esos despropósitos, el autor recurre a viñetas de carisma, episodios de sarcasmo que pintan el cuadro inverosímil de “la vida subterránea de una juventud desgarrada, erotizada” que lucha por derribar los barrotes de esa enorme prisión llamada Cuba.

Posteriormente, el cuarto título de la pentagonía de Arenas es Otra vez el mar (1982), donde las palabras conforman las melancólicas narraciones de una pareja. Dividida en dos partes, una mujer y su esposo, Héctor, cuentan sus pensamientos, los cuales se encuadran en una sociedad que recién interioriza el desplome del régimen de Batista y la consecuente toma de poder de Castro.

Es una historia de amor doloroso y agonizante, que la mujer describe en su temor por perder a Héctor, un revolucionario que enfrenta sus días con indiferencia y pesadumbre. En el fondo, no obstante, brilla la tenue luz de un porvenir más benévolo, donde la utopía de la libertad se consume para los anhelos casi desfasados de la pareja.

Así pues, las letras de Reinaldo Arenas se inscriben en lo más alto de la literatura cubana y de toda Latinoamérica. Su obra, por sus alusiones a elementos fantásticos, se instala en el realismo mágico e igualmente forma parte del puñado de textos que se desprendieron de lo que fue conocido -en la segunda mitad del siglo XX- como el Boom latinoamericano.

Asimismo, la crítica ha definido su estilística en el neobarroquismo por las amplias referencias a la parodia, el tema de la sexualidad y los interminables viajes inter- e intratextuales. Su narrativa se erige en un cóctel de elementos retóricos donde el erotismo y la imaginación son ingredientes imprescindibles, y donde los límites se transgreden con la simpatía de la hipérbole, uno de sus recursos más evocados.

Su trabajo, reconocido en muchos países y emulado por otras expresiones artísticas, provocó la aparición, en el año 2000, de la película Antes que anochezca, basada en el libro autobiográfico con el mismo nombre y que se publicó de manera póstuma en 1992. La dirección del largometraje estuvo a cargo de Julian Schnabel y el protagonista fue interpretado por Javier Bardem, quien encarnó, en una actuación extremadamente meticulosa, el papel del propio Reinaldo Arenas en sus desvaríos, sus gestos y sus excentricidades.

El escritor vio la costa cubana por última vez en 1980. Después de que el gobierno castrista aprobara una amnistía para que cientos de cubanos se marcharan a Estados Unidos, el novelista, dramaturgo, ensayista y poeta abandonó la cárcel y se embarcó en el bote San Lázaro. Lo acompañaron muchas personas descontentas, algunas otras ilusionadas; pero todas lo hicieron para emprender un viaje sin retorno que las liberara de las cadenas de Fidel Castro.

Al llegar a Miami, se reunió con varios de sus amigos. Sin embargo, decidió acabar su temporada en esa ciudad para recalar en Nueva York. Allí se instaló de forma definitiva; desde la distancia seguía tecleando, bordando artículos para la revista Mariel o historias como El color del verano, en las que rememoraba a Cuba y los oscuros parajes que debió transitar en la isla.

Enfermo de SIDA, el último servicio de Reinaldo Arenas para la literatura fue su autobiografía y una desgarradora misiva dirigida a los medios de comunicación y a sus amigos más entrañables. Su carta fue la declaración de un disidente, una sentencia a Fidel Castro y una acusación directa a su barbarie.

Lo culpó por todas sus desgracias, pero principalmente por condenarlo a vivir una vida enclaustrada, en la cual solo pudo disfrutar de 10 años de plena libertad. Fue una década solamente, desde que llegó a EE.UU. en 1980 y hasta el 7 de diciembre de 1990, cuando entendió que el exilio en el dolor era incuestionablemente indómito, cuando determinó que, con 47 años, la vida debía acabarse. Arenas se suicidó.