El escritor

Graham Greene

Graham Greene

Un espía literario

Por Kevin Arias | Ilustración Esteban Salas

 Como en muchas otras ocasiones, a Graham Greene le preguntaron si se veía recibiendo el Nobel de Literatura. Y como en la mayoría de ellas, el escritor británico puso el semblante serio, apretó los labios, miró fijamente al entrevistador y emitió la respuesta, esquiva pero rotunda: “Yo no escribo cosas complicadas”.

De este modo se escabullía de los reflectores y se separaba del rigor que envuelve a las figuras de la literatura. En un tono desenfadado, Greene aseguraba que escribía libros de “entretenimiento” y poco más.

Sin embargo, su modestia no concordaba con el estilo de un autor que logró que la sencillez de la estructura interna del texto fuera la herramienta precisa para desentrañar los dilemas morales y la complejidad existencial del ser humano.

 Quizá eso quiso decir con que no escribía sobre asuntos complicados. Si se establece una analogía con la vida de las personas, tal vez la solución de esos dilemas no sea tan descabellada como se cree. El hombre se mueve en dicotomías, en discursos inconclusos que encierran a lo absurdo como su núcleo, y por eso Greene no creía que su trabajo fuera un esfuerzo por atrapar al lector en ningún tipo de laberinto.

 Henry Graham Greene nació el 2 de octubre de 1904 en Berkhamsted, Reino Unido. Se desempeñó como periodista, crítico cinematográfico, escritor y guionista. El narrador creció en el seno de una familia económicamente solvente que era dueña de la licorería Greene King.

En su época de alumno, asistió al centro educativo que hacia 1910 dirigía su padre, Charles Greene. En el colegio de Berkhamsted vivió una etapa marcada por el infortunio. Fue perseguido, reprimido y bruscamente maltratado por sus compañeros. Consumido por el sentimiento de infelicidad, Greene consideró de manera muy seria acabar con su vida. El suicidio era el vórtice de escape a la depresión que se le había prendido al cuerpo como una garrapata; y el método era remitirse al azar de un juego: la ruleta rusa.

Tras reiterados intentos de suicidio, el escritor británico, entonces de 17 años, acudió a un especialista en psicoanálisis para tratar sus desánimos. El procedimiento, de seis meses de duración, lo ayudó a salir del abismo y a recobrar la sonrisa.

 Años más tarde se inscribió en el Balliol College, en Oxford. Quienes lo recuerdan merodeando por los pasillos lo describen como una persona distante, indiferente y disociada de los demás. Vivía en su propio mundo, atrapado en su indescifrable telaraña de pensamientos.

No sentía especial interés por el desenfreno, las fiestas o las reuniones demasiado concurridas. Su mente habitaba una segunda dimensión en la que la literatura ocupaba un lugar entrañable. Esa inclinación lo llevó a publicar su primer poemario bajo el título de Babbling April (1925), cuando aún era estudiante universitario.

  Al concluir sus estudios de Historia, Graham Greene comenzó a trabajar como periodista en The Times, del cual posteriormente se convertiría en subdirector. La etapa periodística coincidió con la relación que apenas iniciaba junto a Vivien Dayrell-Browning, una mujer católica con la cual intercambiaba una dilatada correspondencia. El vínculo con Vivien lo condujo a convertirse al catolicismo y, en 1926, a contraer matrimonio.

 Fue padre de dos hijos: Lucy y Francis. El lazo amoroso que lo unía a su esposa se desintegró definitivamente en 1948, pero nunca se consumó con el divorcio. Tiempo después de separarse, conoció a Catherine Walston. Para ese momento, Greene ya había abandonado su trabajo en The Times gracias al éxito editorial de su primer libro, The Man Within (1929).

Entregado por completo al tortuoso oficio que es la creación literaria, se encerró en su casa para escribir dos libros de los cuales renegó durante toda su carrera. Su perspectiva fue un vaticinio que se confirmó con la tímida recepción que hubo por parte de los lectores. Pero Stamboul Train (1932) representó un giro que lo catapultó hasta la consolidación de su nombre en la nebulosa de los escritores más influyentes.

Al mismo tiempo, viajaba por el mundo para completar trabajos periodísticos que realizaba de manera independiente y recogía historias con las cuales hilvanaría los relatos de sus novelas. También se dio a conocer en The Spectator por sus críticas literarias y cinematográficas, implacables pero oportunas. Allí trabajó hasta 1940.

En sus libros, Graham Greene explora las ambivalencias morales del ser humano. Su trabajo es la representación de las intersecciones, los dobles discursos; es decir, de la confusión que impide a las personas elegir un rumbo claro. Los caminos, siempre engañosos, serpentean y amenazan con quebrarse para abrirse en un precipicio. Un ambiente enrarecido, políticamente difuso y brumoso acompañan esas escenas donde la razón y la emoción se desdibujan.

 El poder y la gloria (1940) es quizá su novela más aclamada. El autor instala los acontecimientos en Tabasco, México. Los protagonistas son el Teniente y el Cura, quienes se enfrascan en un conflicto que revela la dualidad que los socava. El Cura se muestra débil ante el alcohol, mientras que el Teniente se debate en disyuntivas de corte ético. El eje temático es el topos común de la existencia humana: el bien y el mal, pero apreciado desde la turbia intimidad de los personajes.

 Con El tercer hombre (1950), Graham Greene alcanzó la popularidad. La idea original era elaborar un guion de cine, pero consideró que lo mejor era iniciar la redacción como si se tratara de una novela más. El relato se enmarca en la Viena de Posguerra, en cuyo aire se respira incertidumbre. Abundan los espías y redes que conforman el mercado negro. Greene logra trasladar la tensión a las páginas, donde los secretos se revelan en el mutismo. La película, dirigida por Carol Reed y protagonizada por Orson Welles, fue asimismo un éxito comercial.

Otro de sus libros más reconocidos es El americano impasible (1955). Los sucesos allí esbozados se alimentan de los viajes que Greene realizó a Vietnam en su época como periodista, cuando Francia conservaba intereses en la zona. Thomas Fowler, protagonista de la novela y corresponsal de un periódico londinense, se concibe como el alter ego del escritor.  Es un hombre ingenuo e idealista, quien en sus informes detalla las primeras operaciones encubiertas de Estados Unidos en Vietnam, una región afligida por el belicismo. En el fondo los conflictos internos de los personajes tejen el nudo indisoluble de la historia.

En su obra, Graham Greene propone un constante juego de enfoques y cambios de lentes. A sus personajes los atormenta la sombra ineludible del deber moral, que se instala en un contexto histórico frágil. Ellos luchan por encontrarse a sí mismos, por ser libres y reafirmarse en la sociedad.

Además, con frecuencia se amparó en las técnicas narrativas del cine, por el cual sentía devoción. Su técnica consistía en dibujar dos mundos paralelos: el espacio físico y el psicológico. Ambos coexisten en un plano temporal por el que se filtran la vanidad, la monotonía y el desastre. El talento de Greene era proyectar esos mundos superpuestos; se mostraban casi imperceptibles bajo la cortina del suspenso y las atmósferas temáticas más digeribles.

Su nombre es icónico de la literatura del Siglo XX, pero su personalidad introvertida lo hacía desvincularse de esa etiqueta. Fue aclamado por la crítica y el público. Sus últimos días transcurrieron en Suiza, en compañía de Yvonne Cloetta, a quien había conocido muchos años antes. Abandonó las costumbres católicas y las reminiscencias de un pasado lejano.

Hasta el final, Graham Greene estuvo buscando sin descanso. Tal vez su trabajo de espionaje para el gobierno británico lo persiguió a lo largo de las décadas y hasta Suiza, al momento de su muerte, el 3 de abril de 1991. O quizás, según confesó en algún momento, como lo hacían sus personajes intentaba “escapar de la locura y la melancolía, del terror inherente a la condición humana”