El escritor

Truman Capote

Truman Capote

Por Kevin Arias/Ilustración Cesaly Cortés 

Truman Capote acompañó su solitaria infancia de relatos escritos por él mismo. Lo hizo, según confesó en alguna oportunidad, con el conmovedor propósito de mitigar los estragos que ocasionaban las largas horas de encierro en su habitación. Capote convirtió así a la escritura en terapia, en una medicina contra la soledad, un padecimiento tan antiguo y prehistórico como Adán y Eva.

 El excéntrico escritor y periodista estadounidense nació el 30 de setiembre del año 1924 en Nueva Orleans, Luisiana. Recibió el nombre de Truman Streckfus Persons y fue hijo de Lillie Mae Faulk. Siendo todavía un bebé presenció cómo los lazos de su familia se deshilachaban uno tras otro, de manera progresiva e irreversible.

Tras cumplir los cuatro años, su madre se divorció de su primer marido y procedió a casarse con un hombre adinerado de origen cubano. Se llamaba Joe García Capote, un empresario de quien finalmente adoptó el apellido y lo heredó a su hijo Truman. De este modo, la pareja y el niño se adentraron en el Sur de Estados Unidos, una zona rural anfitriona de un mosaico de granjas que delineaban los paisajes de la región.

El joven Truman consumió su niñez en ese lugar, anquilosado por la tristeza que le provocaba su reclusión y mermado por el lento correr del tiempo, ese torpe caracol que se enrollaba para confirmar su lamentable condición.

 

Asistió a la Trinity School y también a la St. John s Academy, en Nueva York. Fue precisamente durante su estancia en esa ciudad cuando comenzó a trabajar, con 18 años, en la prestigiosa revista The New Yorker. Divertido, Capote devoraba las horas haciendo recortes de diarios y seleccionando tiras cómicas.

Tres años después de su paso por The New Yorker, Capote se sumerge en las turbias e indescifrables aguas de la creación literaria. Su predisposición por la literatura lo encaminó a publicar, con apenas 21 años, tres cuentos: “Miriam”, “The headless hawk” y “Shut a final door”. El primero de ellos fue acogido por la revista Mademoiselle y, además, elegido para formar parte del volumen de cuentos del certamen O Henry, en 1946.

La aparición pública de los relatos de Truman Capote supuso un desborde de elogios a su talento e inventiva por parte de la siempre voraz crítica literaria. Algunos incluso vieron consumada en su pluma la invocación imposible del estilo frenético y excelente de uno de los autores más grandes que el país norteamericano ha visto: Edgar Allan Poe. Lo consideraron su discípulo, el espejo de una de las glorias más fervientes del siglo XIX.

Sin embargo, Capote fue dueño de su propia estilística y propulsor indiscutible de una forma distinta de acometer y aprehender el ejercicio literario. Los vínculos que lo ligaban a Poe, es decir, el empleo de una construcción gramática y semántica gótica, introspectiva y lúgubre, se fueron diluyendo por la fuerza que comenzaba a adquirir su obsesión por el realismo.

A los 23 años, con el eco de los aplausos aún resonando en sus oídos, el autor estadounidense culmina la redacción de Otras voces, otros ámbitos (1948). A raíz de este texto, muy pronto se emparejó a Capote con el estilo de Alain-Fournier, principalmente por la construcción del ambiente poético donde la naturaleza y la infancia forman una simbiosis indisoluble.

Pero la esencia de esta obra no recae en sus virtudes narrativas, en su forma, sino en su contenido. Otras voces, otros ámbitos retrata y enaltece la homosexualidad. Además, funge como un boceto autobiográfico de su autor.

Posteriormente, el escritor se embarca en una serie de viajes que lo hacen recorrer Italia, Grecia, España y la Unión Soviética, países en los cuales también fijó su residencia de forma efímera. El periplo, en ningún caso, fue motivo para que interrumpiera su actividad. De hecho, durante la década de 1950 se dedica casi exclusivamente al periodismo y elabora una serie de productos de incuestionable valor.

Playboy fue la plataforma que cobijó muchas de las entrevistas con las que Capote reanudó su labor en el ámbito periodístico. Asimismo, su trabajo como escritor se intensificó con la publicación de tres novelas en menos de diez años: El arpa de hierba (1951), Se oyen las musas (1956) y Desayuno en Tiffany s (1958). La última es una de sus obras más reconocidas y aclamadas, tanto por el púbico como por la crítica.

En Desayuno en Tifanny’ , la narración sucede en primera persona, desde la perspectiva de un testigo que cuenta las vicisitudes de Holly Golightly, una joven que trabaja de mensajera para un gángster: Sally Tomato. Holly intenta desligarse de los implacables prejuicios y ataduras sociales de la época. Asiste, casi como en un ejercicio de catarsis, a Tiffany’s, lugar en el que el tiempo se desliza sin apremio. Se deja envolver por la elegancia y pasividad del entorno, que le garantizan un espacio de libertad. No obstante, la joven sucumbe ante las persecuciones policiales y huye del país. El narrador, testigo inconcluso, pierde su rastro.

En el año 1966, Truman Capote regresó con el que quizá es el trabajo más emblemático y representativo de su carrera: A sangre fría. En cuanto a contenido, el libro es un reportaje de investigación, un producto periodístico; y en cuanto a forma, es una construcción del lenguaje diseñada para entretener y para disfrutar de sus metáforas, figuras retóricas e imágenes que el autor despliega en un caleidoscopio infinito. En síntesis, A sangre fría es todo y nada a la vez. Es periodismo y es literatura; es una paradoja en blanco y negro.

La novela es la historia del asesinato de la familia Clutter, un hecho real que conmovió los cimientos de Estados Unidos. Antes de presentar el resultado final, Capote debió bucear en mares de documentos policiales y en los testimonios de los implicados en el crimen. Además, viajó hasta el lugar en el que ocurrió el suceso y dedicó varias horas a entrevistar a testigos y personas relacionadas con las víctimas y victimarios.

El escritor estadounidense llegó a admitir que pudo haber escrito un libro únicamente con las declaraciones que le brindaron los vecinos de la localidad. Tras más de cinco años de investigación, el material reunido se convirtió en un castillo de naipes.

Truman Capote llegó a conocer a los autores del crimen (Richard Eugene (Dick) Hickock y Perry Edward Smith) con enfermiza exactitud. Los detalles fueron su obsesión en todo el proceso. Al finalizar, el autor se sorprendió por haber creado algo nuevo, la non-fiction novel. Bajo su concepto, de alguna forma (re)creó la ficción: ficcionó la realidad.

El lienzo que pintó sirvió, además, para sentar las bases de lo que se reconoce como el new journalism. Un exótico coctel en el que la literatura -con sus elementos ficticios- se fusiona con el periodismo -los hechos “reales”-. A sangre fría desveló la fina línea que separan a la ficción de la realidad, a la obsesión periodística de la ambición literaria.

También retrató con cruel exactitud los callejones más oscuros de la consciencia estadounidense. Y puede entenderse como un perfil psicológico de un país adormecido.

 Tiempo después, cuando iniciaba la década de 1970, Capote comenzó Plegarias atendidas, un texto póstumo. De igual manera, Música para camaleones (1975) consumó el estilo excesivamente perfeccionista, misterioso y refinado del escritor estadounidense, en el que el germen de la poesía apareció para magnificar las angustias que atormentan al ser humano.

Truman Capote fue una figura controvertida, fundamentalmente subversiva. La sociedad escuchaba sus palabras con indignación y desconcierto, pero nunca ablandó su postura para expresar lo que sentía, en especial con referencia a su sexualidad. Su voz corrió libre por el aire, se filtró por las alcantarillas y rebotó incansable en las paredes; se resistía a extinguirse. Los textos que escribió lo elevaron a la cúspide. Le merecieron reconocimiento y admiración perpetuos.

En un aciago día de agosto -25 de agosto, para ser exactos-, un cáncer de hígado le arrebató el aliento al estandarte rebelde de la no-ficción. Su muerte se produjo en Bel Air, Los Ángeles. Capote apenas contaba 59 años.