El escritor

Thomas Mann

Un grito ahogado en el papel

Por Kevin Arias/Ilustración Esteban Salas

Thomas Mann

 

“La soledad hace madurar lo original, lo audaz e inquietantemente bello, el poema. Pero también engendra lo erróneo, desproporcionado, absurdo e ilícito”.

 

La voz de Thomas Mann continúa resonando con igual intensidad y agudeza en los templos del canon literario. Su pluma fue el estandarte de una nación, de una cultura y de un mundo perdido en medio de sus propias sombras, que chocaba a cada instante con las rígidas paredes de sus dilemas éticos, morales y psicológicos.

La incertidumbre que en páginas plasmó su autor pronto se convirtió en angustia para sus lectores, que asistían al relato de sus vidas, a su genealogía, a un retrato melancólico y apesadumbrado que reunió las imágenes más funestas de los siglos XIX y XX, y que presagió, además, las inquietudes de un futuro no tan lejano.

La del autor alemán era una figura distante, que se confundía con la opacidad de la neblina muniquesa y con la paralizante gelidez de su clima. Quienes lo identificaban podían admirar una silueta parsimoniosa -y por momentos flotante- que se paseaba por calles y aceras en un silencio sepulcral, ajeno a la excentricidad y escéptico de una época que le olía a tristeza.

Su cabeza cubierta por un sombrero, y su cuerpo envuelto por un saco oscuro constataban, sin embargo, su origen burgués; atestiguaban la sapiencia de un hombre culto y elegante que se encontraba en constante diálogo con sus ideas.

Thomas Mann nació el día 6 de junio del año 1875 en medio de una familia adinerada en la localidad de Lübeck, en lo que anteriormente se conoció como el Imperio Alemán. Su padre fue Thomas Johann Heinrich Mann, el propietario de una compañía de cereales. Y su madre, Julia Da Silva-Bruhns, fue una mujer brasileña de ascendencia alemana y portuguesa a la que, a la edad de cinco años, obligaron a trasladarse a Alemania junto al resto de su familia.

El escritor tuvo cuatro hermanos: el también novelista Heinrich Mann, Julia, Carla y Viktor. A la edad de 7 años comenzó a recibir educación de forma privada y luego, en 1889, se trasladó al Katharineum, un prestigioso centro educativo de la época.

Por ese entonces, las intenciones de su padre comenzaban a concretarse. El joven debía cargar con un destino autoimpuesto. La tradición del comercio entraba en conflicto con su indiferencia y evidente desinterés por una formación que contradecía las ambiciones de una mente imaginativa y dispersa en realidades transversales e imposibles.

En alguna ocasión, Thomas Mann explicó el motivo de su desafortunado desempeño académico. Sus palabras, firmes y rotundas, declararon que no sentía que estuviera aprendiendo nada relevante. Por esa razón, y de forma autodidacta, decidió zambullirse en el convulso torbellino de lecturas de Nietzsche, Schiller, Heine, Tolstoi y Schopenhauer. También desarrolló una fuerte pasión por la música, que se atribuye, principalmente, al misticismo latino y la febril nostalgia de su madre.

 Durante los años de la infancia, y en especial los que transcurrieron en el Katharineum, Mann recogió destacadas experiencias que posteriormente le sirvieron para erigir los cimientos de algunas de sus obras. Sus primeros arrebatos amorosos sucedieron en ese período y configuraron la personalidad un hombre dual y sexualmente ambivalente.

El amor no correspondido y los idilios protagonizaron, en esos años, los primeros gérmenes de una producción que apenas se materializaba en cartas y confesiones sentimentales. Pero pronto decidió embarcarse en la actividad literaria de manera más comprometida y meditada. Aunque reticente de su propia creación, el escritor comenzó a dibujar los bocetos de poemas bajo la influencia de Schiller o Theodor Storm. Escribió piezas de teatro, un ensayo sobre Heine y algún relato que finalmente desechó por considerarlo pueril.

 A poco de concluir el año 1891, en el mes de octubre, su padre fallece por causa de una septicemia. Con el dinero disponible después de la liquidación de la empresa, Thomas Mann, junto a sus hermanos y madre, emprenden la mudanza a Múnich. De su padre heredó también dinero suficiente como para vivir sin mayores preocupaciones. Pero la colosal inflación de 1923 le dejó un montón de dinero inoperante en una nación económicamente estrangulada.

Por ese motivo, y tras instalarse de forma definitiva en Múnich, el escritor decidió asirse de las palabras para garabatear la primera obra que iba a formar parte de una abundante producción. Fue en la revista Die Gesellschaft, en el año 1894, que publicó La caída, una novela corta que logró el reconocimiento necesario para que su nombre despertara el aura de curiosidad y expectativa que lo acompañó hasta su último respiro.

Posteriormente, participó en la Technische Universität München, una universidad en la que dedicó su tiempo a clases de mitología, historia, economía, estética, literatura y economía. Al mismo tiempo, continuaba colaborando para otras revistas, tales como Das Zwanzigste Jahrhundert o Simplicissimus. Aunque con dificultades, logró publicar varios artículos. Y en Simplicissimus, por ejemplo, concibió los manuscritos de La voluntad de ser feliz y El pequeño señor Friedemann, que supusieron para él la consagración definitiva como escritor.

Durante dos años, y con su hermano como acompañante, Thomas Mann se embarcó en un viaje por Italia que iba a resultar catártico y de inspiración para que su mente registrara los episodios, imágenes y vestigios de la mundialmente aclamada Los Buddenbrook. Las noches capturaron la meticulosidad de sus dedos dibujando las letras, hilando las palabras. Mientras tanto sus ojos, posados en el papel, se nublaban por el humo del cigarrillo que perezosamente sostenía en la mano libre y con la que, además, sostenía su cabeza.

Los Buddenbrook narra la decadencia económica de una familia de Lübeck y su sistemático desmoronamiento. En ella, Thomas Mann construye un preciso y nítido espejo de la sociedad burguesa del Siglo XIX, con sus costumbres, tradiciones, incongruencias y preocupaciones. Sin embargo, su motivación principal fue retratar los infortunios que su propia familia tuvo que vivir. La novela abarca ese derrumbe a través de cuatro generaciones, que comprende el período entre 1835 y 1877.

El escritor fue sumamente detallista con el libro. Las correcciones iban y venían; y los fantasmas de Horacio y Quintiliano se le aparecían en ese afán por la perfección, por die goldene Mitte, por la precisión absoluta. Los testigos de esa voluntad casi enfermiza fueron su madre y sus hermanos, a quienes hacía sentarse en la sala de habitación para leerles, párrafo por párrafo, la historia que contaba la trayectoria de la estirpe, la historia que ni él mismo sospechó que iba a merecerle el máximo galardón literario, el Premio Nobel de Literatura en 1929.

Pese a que comenzó a escribir Los Buddenbrook hacia el año 1896, la novela no se publicó hasta el año 1901, después de múltiples y exhaustivas revisiones. Thomas Mann no se sentía amigo de la celeridad; su proceso creativo era más bien lento, pero constante. Ante esa serenidad incorruptible, La montaña mágica (1924) y Confesiones del estafador Félix Krull (1954), por ejemplo, tardaron 12 y 45 años respectivamente en publicarse.

La influencia de Schopenhauer y Nietzsche resultaron fundamentales en toda la obra del autor alemán, y en Los Buddenbrook no fue la excepción. Pero mientras se debatía entre las telarañas de la escritura y la intensa lectura de sus autores predilectos, Thomas Mann siguió interesándose por los idilios amorosos. La afable amistad con el pintor y violinista Paul Ehrenberg dio paso a una relación marcada por el erotismo. Esto supuso una época en la que el escritor mantuvo vínculos afectivos con otras mujeres y hombres, a los que dedicaba cartas y páginas de sus diarios en los que recogía sus encuentros.

Luego, en el año 1905, el autor se casó con Katia Pringsheim, la mujer con la que concibió seis hijos: Erika, Klaus, Golo, Monika, Elisabeth y Michael. Y pocos años después, en 1910, una desafortunada noticia tocó la puerta de su casa: su hermana Carla se había suicidado y la relación con su hermano Heinrich se enturbió hasta un punto insalvable. Fueron tiempos difusos, de ansiedad e incertidumbre. El equilibrio en la vida del autor se despedazaba y sus intentos por conectarse con la literatura resultaron fallidos. Además, miles de hojas mudas y desechadas relataban una desconexión que parecía irremediable.

Aunado a lo anterior, el estallido de la Primera Guerra Mundial terminó por desajustar a la sociedad. La posición que Thomas Mann adoptó se inclinó por la defensa de los valores nacionalistas y por el apoyo a su nación. Sus armas fueron las palabras y un bombardeo ininterrumpido de ensayos, artículos y otros textos. Y cuando el fatal enfrentamiento bélico culminó, en 1919, elogió la labor de la República de Weimar.

Asimismo, luchó para despenalizar las relaciones homosexuales y vaticinó el desastre que el nazismo iba a consumar en los cimientos del pueblo alemán y del mundo. De este modo, y ante la inminente victoria de Hitler en su camino a la presidencia, concluyó que la mejor decisión sería distanciarse de su tierra, a la que siempre tuvo un gran cariño, pero que cuyo destino ahora lo contrariaba y aturdía.

Durante su exilio, Thomas Mann se refugió en diferentes países, principalmente en Suiza y Estados Unidos. Desde la lejanía, y siempre con un aire nostálgico, esbozó algunos de sus libros. Uno de ellos fue La montaña mágica (1924), una novela extensa, profunda y envolvente. Hans Castorp, el personaje principal, llega a un sanatorio en Los Alpes suizos para visitar a su primo Joachim Ziemssen, quien se encuentra tratándose la tuberculosis. Aunque su estancia en el sanatorio iba a ser breve, Castorp permanece en el lugar por más de siete años.

En la novela, el tiempo desempeña un rol fundamental. El escritor lo aprehende como si fuera un objeto y lo desdobla, lo invierte y lo rompe. Es una telaraña laberíntica de la que no se sale y donde el espacio temporal se desbarata. En ese sentido, La montaña mágica no solo metaforiza al tiempo, sino también a la vida. Mann consuma en este libro sus preocupaciones filosóficas y las inquietudes existenciales de una humanidad que lentamente se acerca al abismo.

Otra de sus obras cumbres resultó ser Doctor Faustus (1947), en la que Thomas Mann evoca y resucita los fantasmas de Goethe. El escritor presenta a Adrian Leverkühn, un compositor que le vende su alma a Mefistófeles, tal y como el mismo Faust lo hace en la versión original de 1808.

Leverkühn entrega su alma a cambio del éxito artístico, y pese a que el paralelismo con Goethe es ineludible, Thomas Mann, a través de Leverkühn, retrata el declive de la cultura alemana previo a la Segunda Guerra Mundial. El escritor presenta una pintura teñida de calamidades en la cual señala a la cultura como el eje sobre el cual la desgracia se sustentó, pues fue incapaz de preservar su esencia para impedir que se repitiera lo sucedido en la Primera Guerra Mundial.

El autor alemán se amparó en sus propios recuerdos y anécdotas para contar muchas de las historias que componen sus libros. De este modo, las referencias autobiográficas se desbordan, pero aparecen sutilmente entremezcladas con el contexto histórico. Muerte en Venecia (1912) es un claro ejemplo de ello, y también de las disputas internas que mantenía en torno a su homosexualidad, esa ambivalencia que lo oprimía en un mundo rígido e implacable. El amor entre el protagonista y Tadzio, no obstante, tiene cabida en esa atmósfera despiadada e ininteligible.

Aun después de la Segunda Guerra Mundial, el ganador del premio Nobel se mostró reticente a volver a Alemania. Veía con escepticismo la supuesta brisa de paz y armonía que comenzaba a instalarse tras la derrota de Hitler. Así que desarrolló una postura apolítica y fundamentalmente indiferente respecto de los discursos que surgían. Por ese entonces, la desgracia lo encontró con la muerte de uno de sus hijos, Klaus, a causa de la drogadicción; y la de su hermano Heinrich, quien después de sumergirse en el alcohol comenzó un viaje en espiral hacia el centro de su devastación.

Con un aire desesperanzado y abatido, el escritor suspendió, tras muchos años, su estancia en Estados Unidos. En el período de posguerra, las tensiones políticas que lo vinculaban al comunismo lo agobiaron y por ello determinó establecer su domicilio en Suiza. La neutralidad del país europeo le garantizaba la tranquilidad necesaria para retraerse de los dedos acusadores, de las miradas ajenas y de las palabras que reclamaban su voz, un grito más en el papel.

Pero el 18 de julio de 1955, en medio del verano holandés de Noordijk, el autor de La montaña mágica sintió un estruendo en una de sus piernas, un dolor agudo e insoportable que le carcomía las venas y los músculos. Lo trasladaron inmediatamente a un hospital en Zúrich, donde le diagnosticaron trombosis, un coágulo mortífero que antecedió al desgarro de la arteria abdominal.

Sus signos vitales desaparecieron. La obstrucción sanguínea cortó su respiración a las 20 horas del 12 de agosto de ese mismo año, en medio de los sordos sollozos de su esposa Katia y su hija Erika, quienes examinaban su mirada, solitaria y rotunda, inscrita siempre en un antagonismo irreconciliable.