El escritor

Elsa Morante

La literatura como máquina del tiempo

Por Kevin Arias/Ilustración Esteban Salas

La historia es para Elsa Morante un espejo roto conformado por 600 pedazos de vidrio distribuidos a lo largo del laberinto de la memoria. Ese espejo, al restituirse a su diseño original, no arroja una imagen completa, sino la proyección minuciosa de un mosaico mareante, crudo y casi surrealista de los infinitos relatos que conforman la historia de la humanidad.

La explicación de esa metáfora recae inevitablemente en los acontecimientos del Siglo XX, a la sombra del fascismo y del terror convertidos en la comida de cada amanecer.

La escritora italiana construyó ese espejo simbólico con palabras, con narraciones que adquirieron la forma de hojas de papel que se amontonaron pesadamente en su escritorio, al lado de la máquina de escribir. Cuando envió el manuscrito para su publicación, La Historia (1974) mutó en un libro de 600 páginas, en el cual se encontraban encerrados muchos de los testimonios silenciados, olvidados y sufridos de los períodos de guerra.

Para el momento en que la novela fue arrojada a la luz pública, la autora era ya una figura consagrada en la literatura de su época. Las letras impresas de La Historia cayeron en las manos de los lectores como afiladas lanzas que penetraron en las cicatrices aún infectadas por los episodios de más sangre de la Segunda Guerra Mundial.

Desde muy joven, la mano de Morante se convirtió en la ágil acompañante de una pluma que dibujaba garabatos con aspecto de prosa y verso. Sus cuentos y poesías hicieron que su pacto con el oficio de la escritura se sellara desde los 18 años y la acompañara hasta su muerte.

Nació en Roma, el 18 de agosto del año 1912. Creció cobijada bajo el seno de una familia judía, en medio de un clima convulso y particularmente hostil para cualquier persona de ascendencia semita.

Sin embargo, dentro de la casa las paredes se alinearon para edificar una jaula imposible de abandonar. Las cadenas de la soledad y la tristeza la mantuvieron aprisionada con la única e incondicional compañía de sus gatos, que deambulaban de allá para acá con la mirada puesta en la niña, quien jugaba sumida en la tristeza.

La relación con sus padres fue distante, limitada a las necesidades elementales. Y con su madre, el débil vínculo fue más bien la representación de un dimorfismo irreconciliable. De este modo, las largas horas de reclusión dieron como resultado un puñado de páginas escritas bajo la atenta y divertida supervisión de los felinos.

Morante recogió su trabajo y decidió publicarlo. Il Meridiano di Roma, Oggi, Il Corriere dei Piccoli, o I Diritti della Scuola fueron algunas de las revistas y periódicos que acogieron los primeros vestigios de una obra que, con el paso de ese veloz insecto que es el tiempo, se dilató vertiginosamente. Su primera novela, publicada en 1948, tuvo por nombre Mentira y sortilegio; y la segunda, publicada en 1957, fue La isla de Arturo, con la que se adjudicó el Premio Strega.

En 1936 conoció al también escritor italiano Alberto Moravia, con quien contrajo matrimonio cinco años después. Juntos cosieron un estrecho lazo y construyeron puentes amistosos con otros intelectuales del momento. De la mano corrieron desesperados mientras intentaban huir del avance de los nazis, quienes alargaron su eclipse en la persecución de los judíos por toda Europa.

Moravia y Morante, conscientes del peligro que suponía permanecer en una Italia rendida ante el fascismo y el terror, se instalaron provisionalmente en la localidad de Fondi, un pequeño pueblo cercano a Cassino.

Las escenas más áridas de su vida, las que contempló en su niñez y se extendieron como la corriente de un río hasta su etapa adulta, destaparon su creatividad. Esa evocación temerosa pero necesaria debía ser una máquina del tiempo, un pasadizo a las telarañas de las esquinas de sus recuerdos.

Ella desempolvó las habitaciones con enfermiza frecuencia en busca de indicios que sirvieran de excusa para hilvanar historias. Por ese motivo, la literatura de Elsa Morante es más bien una afable invitación a conocer su vida, su mente, sus preocupaciones e incertidumbres.

Con La Historia (1974) se atrevió a contar los relatos de los vencidos, de aquellos a quienes se les ha vendado los ojos y se les ha puesto una mordaza para que su sufrimiento sea solo posible en la ficción. Es una novela que reclama que a los números se les ponga nombres y apellidos, se les describa, se les conozca: se les recuerde que representan humanos, ni más ni menos.

En Mentira y sortilegio (1948), frondosa obra de más de 700 páginas, la escritora italiana juega con las palabras para pintar el lienzo de las peripecias de tres generaciones de una familia. El libro es un monumento a la Historia, que se utiliza como una herramienta para envolver la narrativa. Motivada por la inspiración de Alain-Fournier, la autora se traslada al análisis psicológico de los personajes y hace una invocación imposible de ignorar de las prácticas literarias que obsesionaron a los escritores del Siglo XVIII. El realismo aparece como un ingrediente imprescindible y, de fondo, las voces de la tradición rusa se perciben en la profundidad insoslayable del texto.

La isla de Arturo (1957) es otra de sus novelas icónicas. En ella exhibe temas inexplorados e insospechados para la gran mayoría del público. El amor es un elemento importante, pero lo es también el dolor, la simbiosis siempre ineludible. Un hijo persigue el amor de su madrastra y su padre ausente marca su turbulenta personalidad, perdida en un torbellino de sensaciones confusas. También desempeña un rol fundamental la sexualidad, que se aborda desde las experiencias del muchacho, quien abandona la isla -su hogar- junto a un amigo para enlistarse en las tropas que protagonizarán la Segunda Guerra Mundial.

Si hubiera que proponer una analogía que de manera más o menos acertada funcionara como un retrato del estilo literario de Morante, probablemente sería la de un cangrejo caminando hacia atrás. Críticos como Cesare Garboli, cuando recibieron su obra, se encontraron ante una escritora que se proyectaba “hacia el pasado cuando todo el mundo estaba mirando hacia el futuro”.

En sus libros, su pluma construye el mundo de forma distinta; vuelve a los cánones estilísticos de antaño y profesa temas que inquietaron a autores de otra época. Pero ese ejercicio hace que lo desplazado por el tiempo y la memoria cobre vigencia. Así, pues, la creación adquiere un nuevo sentido y permite al lector ver el entorno desde una arista que permite nuevas y diferentes interpretaciones a lo que se consideraba obsoleto.

Cuando Morante pareció retroceder, se trató meramente de una cuestión de perspectiva, un enfoque mal ajustado. El plano no se abrió lo suficiente. Los voraces zarpazos de los críticos que desmembraron sus métodos anacrónicos fueron incapaces de percibir que sus libros eran la antesala del postmodernismo. Combinó géneros y transgredió límites temporales y espaciales para explicar el ininteligible presente o vaticinar el incierto futuro.

Además, provocó la mezcla y convivencia de dos piezas históricamente contrapuestas: ficción y realismo. La literatura que desarrolló fue el intento por independizarse de modelos prestablecidos; su obra tenía que ser un recipiente que contuviera su propia esencia.

La constatación de su carácter como escritora sucedió así. Clasificarla ha sido una tarea engorrosa y estéril. Su mayor deseo fue que sus letras corrieran libres, se apretujaran o se dilataran según lo considerara conveniente, quería que vivieran como ella no pudo.

En 1961, Alberto Moravia y Elsa Morante se separaron. Su relación, un fragilísimo castillo de naipes, había comenzado a desvanecerse desde el día de su fundación. En medio de ellos la distancia aumentó, así que Moravia tomó la decisión de marcharse.

 Los vientos de posguerra que derribaron la estructura de cartas la encontraban ahora entregada a la literatura. En el período posterior a la desaparición de su vínculo con Moravia publicó varios libros; de ellos, por ejemplo, se desprende La Historia. Y aunque la persecución de los nazis a los judíos había terminado, la autora italiana vivía en un ambiente enrarecido.

El término de la guerra significó para ella el inicio de una etapa aún más aciaga. Escribía en la soledad, rodeada por la penumbra. Aconteció que, en uno de esos días, la desgracia se materializó en la ruptura de su fémur. Pronto los médicos la despojaron de toda esperanza; no había cura y, a partir de ese momento, quedaba paralítica.

Como cuando niña, Elsa Morante se sintió sola nuevamente. Desamparada en su propio desconsuelo, vio que el futuro era una cortina opaca, impenetrable. Trató de quitarse la vida en 1983, pero el intento fracasó.

Durante toda su vida se desmarcó de los estereotipos, de los esquemas, de Moravia o de su familia. Instalada en una clínica, acompañada únicamente por el sonido de su respiración, se rindió a la fuerza del destino. Tras una infortunada cirugía, murió el 25 de noviembre de 1985; la causa: un infarto.