Yellow Fiction
Una tarde con Yves Bonnefoy
Por Luis Mora | Ilustración Andrea Campos
01/08/2017

Para mí, Bonnefoy era un nombre ligado a cuatro o cinco poemas increíbles. Hojas que pasaron por mis manos en largas horas de estudio. Un nombre citado alguna vez por una profesora de literatura. Una recomendación de lectura. Gran traductor de Shakespeare, de Yeats, de Leopardi, unía la traducción con un trabajo intenso sobre las palabras y el sentido. Sus críticas de arte forman parte del camino obligatorio cuando se estudia a Picasso, Goya (Goya: las pinturas negras), Alechinsky o Giacometti (Alberto Giacometti, Biographie d’une œuvre, 1991).

 

 

Una salida de metro. Porte de Clichy. En las aceras, las prostitutas con acento rumano se mezclan al olor de hachís. Es enero y París huele a orines. Acaba de caer una lluvia psicológica, de esas que vuelven más negras las calles negras y dejan vidrios cortantes en la cara fría.Hay un anciano perdido que mira los árboles desnudos. El abrigo que lo cubre es demasiado grande para él. Mide un metro y medio de alto, quizás. Mira a un lado, busca la calle. Se esfuerza por leer el nombre en letras blancas sobre fondo azul. Es Yves Bonnefoy. Su nombre mismo es un pedazo de poesía.Un ser minúsculo y desvalido en ese pedazo de tierra que es la casi periferia de París. Él que frecuenta más las calles adyacentes al Collège de France, su estudio en Montmartre, Rue Lepic. Pocas veces -quizás nunca- se haya apretujado a la salida de esa estación infecciosa y sucia que es Porte de Clichy. La parte salvaje de la ciudad de la luz.Ahí está. Perdido.

 

Mais c’est la nuit maintenant, je suis seul,

Les êtres que j’ai connus dans ces années

Parlent là-haut et rient, dans une salle

(Ce qui fut sans lumière)

Yo salía también del metro y lo veo por primera vez. Para mí, Bonnefoy era un nombre ligado a cuatro o cinco poemas increíbles. Hojas que pasaron por mis manos en largas horas de estudio. Un nombre citado alguna vez por una profesora de literatura. Una recomendación de lectura. Gran traductor de Shakespeare, de Yeats, de Leopardi, unía la traducción con un trabajo intenso sobre las palabras y el sentido. Sus críticas de arte forman parte del camino obligatorio cuando se estudia a Picasso, Goya (Goya: las pinturas negras), Alechinsky o Giacometti (Alberto Giacometti, Biographie d’une œuvre, 1991).

 

Ahora está ahí a unos pasos. Huérfano. El poeta más importante de Francia. Un Premio Nobel en potencia. Me acerqué junto con el amigo que me acompañaba. Precisamente asistíamos a una charla que daría en nuestro liceo. Toqué su hombro suavemente. Unos intensos y viejos ojos azules me recibieron. Un ser amable, cálido, sonriente. Agradecido de la brújula que acababa de encontrar en nosotros. La imagen siguiente pertenece quizás al pasado surrealista de Bonnefoy.

 

Él, caminando en medio de un par de estudiantes de filosofía. Nosotros, escoltando al poeta de lo inmediato en una calle llena de dealers. Esa tarde, frente a una audiencia de no más de treinta jóvenes, estudiantes de letras, historia o griego, Bonnefoy comenzó hablando de Baudelaire, de la extraña posibilidad de hacer poesía a partir de la carroña, de Rimbaud traficando armas, y de su odio contra Platón.

 

La misión del poeta es desconfiar de las palabras -dijo- y aún así trabajarlas como materia viva. Contó el choque con Breton. La decepción del encuentro. La deriva mística en la que encontró a los surrealistas. Los había leído en 1940, muertos en vida en una antología que un profesor de filosofía le prestó. Estaban demasiado atrapados en el delirio del sueño, buscando otra realidad.

 

En cambio, él intentaba captar lo intenso de la imagen, lo efímero del movimiento, aquello que ni el sueño puede volver cercano. La realidad rugosa, llena de pliegues. Su poesía pretendía ser una poesía de lo cotidiano, del fuego quemando, del ruido que hace el agua bajando por el lecho de un río. La ruptura total se da en 1947, justo cuando en París se celebra una exposición internacional organizada por Duchamp y Breton.

 

De esos andares nace Du mouvement et de l’immobilité de Douve, en 1953. Un título que lleva en sí mismo el trayecto de lo que será su estética. Hay en efecto en Bonnefoy, una mezcla de poesía de lo real y reflexión filosófica. Algo quizás que viene de haber escuchado y seguido las lecciones de Gaston Bachelard en la Sorbona.

 

Sus palabras tratan de discernir esa tensión que se expresaba también en su vida. Primero, estudiante de matemáticas, luego estudiante de filosofía. Gran lector de Bataille, pero también de Plotino. No es casualidad que su primer poemario se titule Anti-Platón, (1947). Una rebelión contra el concepto y la idea separada de lo real. Tampoco casual su tesis sobre Baudelaire y Kierkegaard.

 

En su poesía, Bonnefoy lucha contra la imagen-dios, contra aquello que rechazaba de los surrealistas, la inclinación ante lo oscuro, una búsqueda que no contemplaba la realidad tal cual, sino que pretendía sustituir la riqueza de lo real, por un sueño, una imagen, algo ausente. “Me gustaría -dice Bonnefoy- que la poesía fuese primero que nada una batalla sin fin, un teatro donde el ser y la esencia, la forma y lo no formal se combatieran duramente.” (L’acte et le lieu)

 

Se trata de romper con el concepto, con la pretensión de una realidad autónoma, irreductible a la sensación. Bonnefoy se arriesga entonces a utilizar el vehículo del concepto: las palabras, pero esquivando la identidad conceptual, la claridad y la concisión. Su poesía busca las correspondencias y una cierta ambigüedad en descripciones y nominaciones. Poder de estremecimiento y de altitud, por ejemplo, lo que Bonnefoy observa en los pintores del Quattrocento italiano. Su viaje a Italia en los años 50 es el inicio de su relación especial con el arte.

 

Volvemos al salón de clase. El poeta se detiene para responder una pregunta sobre el graffiti. Para él, es una expresión poética por excelencia. La propiedad del nombre, aquello que nos define, figurado en la presencia total de un muro. Su voz es intensa y decidida. En efecto, la poesía de Bonnefoy es una poesía de la presencia. Una poesía que se aleja de la nostalgia y de la imagen utópica. Hay en sus textos un trabajo sobre la voz. La voz tiene valor de llamado. No se trata de un yo encerrado en sí mismo, sino de la expresión de una responsabilidad ética. Aquél que nombra invita también al diálogo, está abierto a la alteridad.

 

Tal y como lo afirma Jean Starobinski, el proceso ontológico de Bonnefoy es inseparable de una inscripción geográfica. El país, el lugar, es lo opuesto al concepto. El territorio interno. Es ahí donde se muestra la angustia, la espera y la zozobra.

 

“Siempre un cruce de caminos me ha provocado una sensación de ansiedad.” (L’Arrière-pays, 1972)

 

“La presencia y la imagen”, su lección inaugural en el Collège de France en 1981, es la ocasión para que Bonnefoy arremeta contra la influencia del estructuralismo en la poesía. Considera allí que la autonomía soberana de la obra, no es más que una fantasía propia de la ausencia dejada por Dios o la muerte del sujeto. Su lirismo, es un lirismo renovado: la capacidad de decir “yo” aún ante el espectáculo de lo efímero y de la nada.

 

Traducido a más de treinta idiomas, publicó más de cien libros. Su obra crítica es inmensa. Por lo tanto, toda reseña parece hoy insuficiente e inconclusa. Sólo queda ese rato de escucha, de voz vibrante y serena. Un encuentro improbable en un viejo liceo al norte de París.

 

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