Yellow Fiction
Fin de semana en Montecristi
Texto y foto Frank Baéz
07/08/2017

A pesar de que no estamos seguros de haber llegado a Montecristi, nos apeamos de la guagua y echamos a caminar por el pueblo sin preguntarle a nadie. Nuestro despiste se debe a que no conocemos la ubicación de esta parada. 

Generalmente, solemos venir en Caribe Tours, pero ya que la compañía no tenía guaguas disponibles para ir al pueblo norteño, tomamos una del Expreso Liniero que sale cada hora, y que a diferencia de las de Caribe Tours, suelen detenerse en paradas de pueblitos fronterizos. Por suerte, todo esto lo podemos resolver preguntándole a alguien, pero yo prefiero la sorpresa, que alcemos la mirada y nos topemos así con el Reloj o con El Morro, que son los dos grandes emblemas de Montecristi. Aunque lo que vemos una y otra vez son los afiches que anuncian el concierto que Toño Rosario ofrece esta noche en la discoteca Diamond. Cuando estoy a punto de desestimar la idea y preguntarle al primero que pase, distingo el célebre reloj sobresaliendo entre las casas, los anuncios de negocios y la vegetación, como si nos diera la bienvenida.

 


Para los que no saben, Montecristi se encuentra en la parte noroeste de la República Dominicana y es uno de los primeros pueblos fundados por los colonizadores españoles. Es una región seca, áspera y soleada, lo que quizás se deba a su régimen de lluvia exiguo. Sabiendo esto, hemos traído tres bloqueadores del factor solar más alto. Sin embargo, esta mañana el sol está como aguado. Lo que aprovechan los lugareños para colocar sus sillas de plástico en los portales. Con las mochilas que cargamos de seguro les parecemos un par de turistas o una nueva camada de cooperantes. 

 


Pero bueno, lo que importa es que hemos llegado. Llevaba semanas planificando el viaje y leyendo sobre la ciudad. Cuando les preguntaba a los amigos sus impresiones de Montecristi coincidían en que era un pueblo en ruinas. El único que se mostró entusiasmado fue Mario Sosa que solía viajar a Montecristi cuando estaba en el bachillerato. Después de conversar un rato, me dijo que se sumaba a la aventura y ahí mismo planificamos este fin de semana para hacer el viaje. Anoche pernoctamos en Santiago. Aunque allá apenas dormimos tres o cuatro horas, ya que estuvimos fiesteando y nos fuimos a la cama casi al amanecer. Suponíamos que descansaríamos en el trayecto de Santiago a Montecristi. ¡Qué va! En el Expreso Liniero es imposible. Tienen unas cortinas de un rojo viscoso y un plasma que hace sentir a los pasajeros que están en una sala de cine. Además, entre los estantes de los equipajes tienen una hilera de lucecitas navideñas que no paran de prenderse y apagarse como si funcionaran al ritmo y a la velocidad de la música. Cuando en un momento apagaron una bachata de Anthony Santos, se hizo un silencio delicioso y pensábamos que ahora sí íbamos a dormir, pero fue peor: pusieron una película de acción a todo volumen. Cada vez que intentaba cerrar los ojos y relajarme, una explosión o un disparo me hacían volver en sí. 

 

El reloj. 

 

Las agujas del reloj del Montecristi no se mueven. Duramos un rato mirándolas a ver si las once y cuarenta y tres se convierten en las once y cuarenta y cuatro, pero chequeo en mi iPhone que pasan cinco minutos… y nada. Probablemente no funciona desde hace años. Cuando abordamos a un señor que cruza el parque, este se sorprende y confiesa que no se había fijado, lo que sirve como metáfora para ilustrar que toda la funcionalidad del reloj ha quedado atrás y que la hora que marca es la de otro momento. Quizás la de cuando fue inaugurado el 29 de junio de 1895 y Montecristi era una de las ciudades más importantes de la isla. Por lo que no sería absurdo decir que el reloj representa la etapa más próspera del pueblo: esa época que los historiadores han definido como «la era del campeche» y que corresponde al periodo que va del 1870 al 1916. El nombre proviene de la exportación que se hacía del campeche y el cual se procesaba y se utilizaba para teñir telas. Puesto que el destino era Europa, específicamente Alemania, hubo un gran desarrollo de la industria marítima.

 

Tal como se puede deducir, dicha comercialización impulsó un crecimiento urbano sin precedentes. Montecristi fue pionera en muchos de los adelantos tecnológicos de finales del siglo XIX y principios del veinte que sucedieron en la isla. Acá llegó, entre otras cosas, el primer ferrocarril y el primer teléfono. También fue la primera ciudad con fábrica de hielo. Ante estos adelantos, Benigno Conde, le propuso al congreso la construcción de un reloj municipal como era de usanza en otras capitales. Así que una comisión fue a Francia y compró el reloj que originariamente estaba instalado en Saint–Germain–en–Laye. El reloj arribó a Montecristi el once de marzo de 1895. Tan pronto descargaron los materiales en el puerto, lo montaron en un carro ferroviario que fue rodando por las calles, seguido de cerca por decenas de curiosos y por una banda de música. Esa noche se realizó una velada en la casa del señor Benigno Conde en la que participaron el poeta cubano José Martí y el general Máximo Gómez. Se cuenta que Martí dio un hermoso discurso donde manifestó que ese reloj marcaría la hora de la redención de Cuba. Probablemente fue uno de sus últimos, ya que el 25 de marzo de 1895, firmaría el Manifiesto de Montecristi, viajaría a Cuba y moriría dos meses después combatiendo al ejército español. 

 

El Morro. 

 

Adriana Raggi es nuestra anfitriona y ha prometido llevarnos a El Morro. Procedente de la capital de Italia, arribó a la isla hace siete años, apenas sabiendo un poco de español. Desde entonces ha residido en Dajabón, Puerto Príncipe y Montecristi. Dado que es especialista en relaciones internacionales suele dar consultas en diferentes pueblos fronterizos. Lamenta que no exista una carretera en la frontera, pues para viajar a Pedernales, a Jimaní o a Elías Piña, debe ir a la capital y de ahí transportarse hacia esos pueblos. 


–Es un viaje muy cansón. 
–¿Y viajas siempre en Caribe Tours? –le pregunto.  
–A veces me tengo que ir en el Expreso Liniero. Se paran a cada rato. Me acuerdo que iba en una y el chofer detenía la guagua y se bajaba a comprar queso, a orinar o a jugar números en la banca. Yo le dije que no podía hacer esas cosas. Pero seguía haciéndolas. Es terrible viajar ahí. 
Tras almorzar Adriana saca su teléfono y pide en una aplicación especial que nos manden dos motoristas para ir a El Morro. 
–Es como uber, pero en motor– nos explica.


Al rato llegan ronroneando. Mario y Adriana se montan con un  carajito de catorce años y yo con uno que es quizás un año mayor. A los pocos segundos salimos disparados por  el malecón y mirando El Morro que luce como una bestia prehistórica. Aparentemente, eso fue lo que le pareció a Cristóbal Colón la primera vez que la vio, aunque al rato miró bien y se dio cuenta de que era un monte escarpado que se adentraba en el mar. Venía de lo que hoy conocemos como Cabo Haitiano y contempló ese cerro que parecía haber surgido del fondo marino. Quizás para exorcizarlo terminó poniéndole el nombre de Monte Cristi o Monte de Cristo.   

 


La playa de El Morro es reconocida por un risco que tiene en medio del agua (que los lugareños por su forma han bautizado como el zapato) y por el promontorio de 239 metros que la rodea. Para acceder hay que bajar a pie una pendiente. Del lado izquierdo, más próximo al zapato, hace sombra y en el derecho da el sol. Adriana nos recomienda que nos desplacemos hacia este último, a un punto estratégico donde ella tiende su toalla y se recuesta a tomar el sol que le ha hecho falta en todas esas semanas que estuvo en Europa celebrando la Navidad. 

 


Acá todo está tranquilo, excepto el mar que con sus olas va acariciando una a una las piedras como si las contara y se cerciorase de que nadie se ha llevado alguna. Tras untarme el protector solar que me presta Mario, me armo de valor y entro al agua. Al principio, las olas me empujan, resbalo entre las piedras e intento mantener el equilibrio, hasta que poco a poco logro entrar y dejo de tantear piedras y empiezo a pisar el fondo arenoso. Orgulloso de mi hazaña, les hago señas a Mario y Adriana, quienes  se sumergen en las aguas  con menos dificultad que yo.  

 


Al igual que una familia de manatíes, flotamos y  observamos la cima de El Morro donde se distinguen unos puntitos diminutos en movimiento que Adriana nos explica que son personas que hacen un peregrinaje o que sencillamente suben a disfrutar de la vista. Entretanto en el otro lado, vemos cómo una multitud va descendiendo de la pendiente y se va regando como hormigas. Entre esos, hay dos manganzones que quieren bañarse y que luchan por ingresar en la playa, vadeando las piedras y las rocas. Al rato nadan a donde estamos. Cuando les preguntamos sobre los visitantes nos explican que son parte del tour de la compañía de aventuras Aléjate con Ale. 


–Yo vine con ellos hace unos meses –dice Mario. 
Entonces uno de los hombres señala hacia un drone que cruza de extremo a extremo la playa. 
–Ese lo trajo Ale –dice uno de ellos. 
– ¿Quién es Ale? –le pregunto. 
–Alejandra Gil. La de Aléjate con Ale–explica Mario. 
–Entre a su página, vale –dice uno de los hombres–. Está full de videos. 
–Aunque mal editao –dice el otro que al parecer sabe mucho de esas cosas y que no pierde de vista el drone–. Ay no, no, eso va muy lejo. Si sigue así se le va a cae y no lo va a encontrá ma nunca. Ay, vale, el lune se cayó uno en el play. Es que lo folzan demasiao.

 

Cuando el drone nos pasa por encima, los tipos vocean y hacen gestos como si fuera posible que llegara a individualizarnos. Está claro que saldremos en el vídeo del mismo tamaño que tenían las personas que vimos ascendiendo hacia El Morro.     
 

Langosta, ron, cerveza y vino .

 

 En la pescadería venden la libra de langosta a cuatrocientos pesos. Mario regatea con el vendedor hasta que logra una rebaja de cuarenta por ciento. Adriana y él van tomándolas de un cubo y metiéndolas en una funda. No venden las langostas completas, sino solo las colas que el vendedor recuerda que es la parte más carnosa. 

 


–Están frescas –repite el vendedor como si quisiera reforzar la idea de que las acaban de sacar del mar. 
A mí en realidad el tipo no me da mucha confianza. Y mucho menos la pescadería. El letrero que da a la calle muestra una imagen tomada de un acuario donde aparece una langosta al lado de una tortuga marina. Se sabe que la pesca de tortugas marinas está prohibida por ley.

  
–Tamo listo– dice Mario cargando la funda con las dos libras de langosta. 
De ahí pasamos al supermercado Lilo donde compramos cerveza, vino y pasta. A eso de las ocho y media estamos sentados en la terraza de Adriana comiendo la pasta que preparó con la langosta y bebiendo vino. Ya el consumo de alcohol, que empezó con unas cervezas, nos ha desinhibido y hemos empezado a revelar nuestros secretos. 


–Yo tengo uno– dice Mario quien antes de contar se da un trago del vino blanco–. Cuando estaba en la universidad tomé un curso de danza moderna. 
– ¿Ballet? – pregunta Adriana y se abaja a acariciar uno de sus gatos que se pasean por debajo de la mesa. 
–No, danza moderna. Yo estudié economía con este pensum tan especial en que uno podía tomar materias como geología y danza. Nunca había tomado danza ni nada parecido. La mayoría de los que estaban en las clases habían estudiado y yo era el único que no sabía nada. Pero el profesor, Stephen Rooks, que es un verdugo, un discípulo de Martha Graham, uno de los tipos que está más alante en el área de la danza, me tuvo paciencia y así poco a poco yo me fui soltando y aprendiendo. Ahora tengo ganas de bailar. 


Adriana propone que demos una vuelta por el pueblo. Mientras se dirige a los aposentos a alistarse, Mario y yo cargamos los platos sucios y las copas hasta el fregadero.   
–Soporto bailar una salsa de Yiyo Sarante. 
La salsa a la que se refiere es Corazón de acero que va cantando mientras salimos y avanzamos por la Presidente Jiménez rumbo a Calle Ocho.  
–¿Cómo es la vida nocturna? –le pregunto a Adriana. 
–Es muy simple. Primero uno va a la Calle Ocho y luego al Drink.
–¿Y ya? 
–Es lo que hay –responde Adriana exagerando el acento dominicano.    


Recordando los afiches que vimos de Toño Rosario en la mañana, le pregunto si sabe dónde queda la discoteca Diamond, pero no tiene idea. La brisa nocturna trae los tonos graves de un dembow. A medida que avanzamos se escucha con mayor nitidez hasta que  nos percatamos de que proviene de Calle Ocho. Así es como popularmente se conoce el centro recreativo Súper Nina Frías que consta de una pista de baile y de un colmado. Sin embargo, la gente no está acumulada en el negocio, sino regada a lo largo de las cuatro esquinas. Por cierto, el panorama recuerda un liquor store de la capital o incluso uno de Chicago. La única diferencia es que enfrente de Calle Ocho está la vetusta casa que perteneciera a Benito Monción y que parece estar embrujada. Construida en 1890, tiene un estilo vernáculo, un techo de zinc a cuatro aguas y varios aleros. Posteriormente, en la casa residiría Isabel Meyer, que fue sobre todo conocida por proveerle vírgenes al dictador Trujillo cuando este visitaba los pueblos fronterizos.  


Compramos un Barceló y un Seven Up. Mario busca entre la multitud alguien con quien bailar. Finalmente, se decide por una que se parece a Beyonce y que perrea en la pista. Cuando acaba el tema y ella se acerca a un corillo que fuma hookah, Mario la intercepta y la convida a bailar, pero ella ni lo mira y al instante se materializa un gordo con pinta de dembowsero.


– ¿Qué tú ta haciendo palomito? 

De inmediato, Adriana se sirve de la diplomacia, pide disculpas, toma a Mario de la mano, hasta apartarlo del grupo. Sin embargo, este no escarmienta y le hace ojitos a la Beyonce de Montecristi que indiferente a todo el mundo se ha puesto a textear.
–Ese tipo está armao– nos dice un amigo de Adriana que recién vino en una pasola.  
Se pone a filosofar sobre la correlación entre la violencia, la música urbana y las drogas. Cuenta que el pueblo está caliente y que ayer agarraron a uno del coro de la hookah con 411 kilos de cocaína que llevaba en un yate hacia Miami. Ya que mencionó lo de la música le pregunto si sabe dónde es el concierto de Toño Rosario. 
–Eso es en Castañuelas –me responde. 
–¿Y cómo llegamos? 
–Está lejos, jefe.  
Estoy a punto de servirme un poco más de ron, cuando me llega el efecto de golpe y los alrededores, incluyendo la casa de la esquina, empiezan a moverse como si lo viese todo desde la cubierta de un barco.  
–Ya estoy borracho –les anuncio a Adriana y a Mario.  

 


Temerosa de que me extravíe, Adriana le pide al de la pasola que me lleve hasta la casa. Mientras rodamos por las calles en penumbras el muchacho asegura que es guía turístico y que por unos pocos varos me lo puede mostrar todo. Cuando le explico que apenas me quedan unas horas, me recomienda que me levante temprano y salga a caminar. Cuenta que una mañana iba en su pasola y vio una bandada de flamencos cruzando el cielo. Tuvo que pararse a un lado para disfrutar la vista. Tras agradecerle por la bola, entro a la casa y corro hasta el baño donde me arrodillo frente al inodoro y vomito la langosta, el ron, la cerveza y el vino. Desde la puerta del baño los gatos de Adriana me miran y en mi delirio pienso que mueven la cabeza como reprochándome mis excesos. 

 

Cristo viene. 

 

La alarma del iPhone suena a las 7:00 AM. Me visto de prisa y salgo a la intemperie con la esperanza de encontrarme con la bandada de flamencos. Doblo a la izquierda y paso frente a los portales dando los buenos días a los que beben café y se desperezan. De pronto por la calle cruza una camioneta que lleva en la parte trasera a tres hombres ensacados y a cuatro mujeres con vestidos, quienes probablemente van a misa y que no dejan de mirarme como si me reconocieran de algún sitio. Al rato alcanzo la carretera y camino al lado de las salinas. Ya en el malecón, a la derecha de un hotel y rodeado de matas de uva de playa, hay un busto de José Martí que fue realizado por el escultor cubano Juan Quintanilla. La obra es una de los muchos homenajes que se realizaron en septiembre de 1992 para celebrar el encuentro que José Martí y Máximo Gómez tuvieron en Montecristi hace casi un siglo. El evento culminante fue un concierto que Juan Luis Guerra y Silvio Rodríguez ofrecieron en una calle del pueblo y donde, de acuerdo a los periódicos de la época, asistieron alrededor de cincuenta mil personas. 

 


Al contrario de ayer, el malecón está desierto y el silencio es tal que se puede oír el chapoteo del agua y el aleteo de las gaviotas. Atravieso el antiguo muelle hasta tomar asiento en la glorieta desde donde tengo una vista privilegiada de la bahía de Montecristi y la superficie del mar que está lisa como una alfombra. Para la resaca este paisaje funciona mejor que un Alka–Seltzer. Ya con el sol en lo alto, retomo la carretera de vuelta al pueblo y en el trayecto me entretengo mirando las aves que se aglomeran en los charcos de las salinas. En una veo garzas, golondrinas, garcetas, gaviotas y cigüeñas. Interactúan como si fueran un grupo de extranjeros desayunando en el restaurante de un hotel.

 

 
En la casa les toco las puertas a los muchachos. Aún no se levantan. Así que tras ponerles comida a los gatos y fregar los platos de anoche, preparo mi bulto y enfilo hacia la parada de Caribe Tours. Cuando llego, una de las dependientes me explica de mala gana que la próxima guagua sale en la tarde. Ya que apenas son las once, no me queda más remedio que salir de la terminal y dirigirme hacia el Expreso Liniero para tomar una guagua hasta Santiago y de ahí otra a la Capital. 

 


Acá la dependiente es simpática y me dice que en cinco minutos viene una que se dirige a Santiago. Es cuando me monto en la guagua y tomo asiento en el fondo que recibo una llamada de Adriana, quien me recrimina el hecho de que me haya ido sin despedirme. De pronto suelta una risita pícara y  anuncia que Mario consiguió el número de la chica. 
–¿La que se parecía a Beyonce?

–Esa. 

 

Inmediatamente la despido, remuevo la cortina roja viscosa y veo al pueblo con sus casitas que va quedando atrás. Es cuando ya empieza a verse la vegetación y las colinas azules al fondo, que noto a un motorista que va en dirección hacia Montecristi. Es albino y tiene puesto un sombrero púrpura que le queda fabuloso. Pero no sólo eso; tiene gafas y está vestido con un saco, una corbata y unos zapatos recién lustrados. Es como si fuera una aparición, pero eso lo entiendo tres horas después, cuando me transfiero a otra guagua en Santiago y una evangélica se me sienta al lado y me pregunta si conozco a Cristo. Le respondo que sí, que lo vi pasar rumbo a Montecristi y que llevaba un sombrero púrpura. 

 

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