La entrevista
Estoy en terapia para volver a escribir
Por María José Yglesias | Fotos Lucía Molina
05/03/2018

El equipaje de viajes que acaban y otros que inician, nos recibe junto a libros, placas y premios nacionales e internacionales a su extensa obra como poeta, actriz y dramaturga.  Registro con la mirada la simetría y detallismo con que se despliegan objetos de diversas partes del mundo, testigos de una familia que se mueve bastante por el globo y no puedo evitar preguntar indiscretamente, quién es responsable de esa curaduría obsesiva y bella. Yo, responde Ana Istarú, impecable, enérgica aunque no siempre se puede tener todo tan ordenado como quisiera. 

 

 

Se preparaba en ese momento para dos viajes: uno en mayo al Festival de Cannes, en el que su hija, la cineasta Valentina Maurel, fue galardonada; y otro a México en junio, para ser homenajeada por su trayectoria durante las XII Jornadas Internacionales de Poesía Latinoamericana.  En su conversación con Literofilia, la cuatro veces ganadora del Premio Nacional, nos habló de su historia, visión de mundo y confidencias, y nos promete un pronto retorno al medio artístico.

 

-Usted inicia su carrera artística desde muy joven, su poemario Palabra Nueva, se publica cuando usted tenía 15 años.  En un contexto en que uno hubiera pensado que las mujeres y más aún las niñas no tenían muchos espacios ¿cómo sucedió esto?

 

Yo creo que el ideal de toda niña o niño, es obtener la atención del progenitor del sexo opuesto, y a través de la poesía yo conseguí la de mi papá.  Él era un apasionado de la poesía, particularmente la modernista.  A mis hermanos y a mí nos emborrachó de Rubén Darío, nos puso en contacto con Neruda, con Lorca.  Nos hizo un muestrario de la poesía que él más amaba.  Mis hermanos se encausaron por la música clásica; y en mí descubrió que existía esa pasión por las letras.   Empecé a escribir poesía a los ocho años; él fue quien me proporcionó los rudimentos para escribir poesía con una estructura clásica.  A los once ya dominaba la estructura del romance, del soneto; sabía lo que era un verso blanco...  Fue muy convencional en su formación.  Y lo fascinante fue la complicidad intelectual que se dio entre nosotros.  Creo que eso definitivamente marcó mi vocación.

 

La culpa de mi primer libro la tiene mi papá, e indirectamente mi mamá.  Cuando iba a cumplir 15 años, existía la costumbre cursi de proporcionar un recuerdito a los invitados en la fiesta de la quinceañera.  Mamá dijo que “como la chiquita escribe versos tan bonitos, ¡qué bonito sería en un papelito cebolla o un pergamino, con unas letritas doradas, regalar un versito!”  Papá fue a la Imprenta Trejos e hizo un libro ¡que costó más caro que la fiesta!; en papel de lino, con un formato rarísimo -porque se adaptaba a un retrato que me había hecho don Paco Amighetti-, y llegó y le puso un cordón dorado estilo Nazareno de Semana Santa.  Yo creo que ese entusiasmo que mostró por mí, fue lo que estimuló para corresponderle en el amor a la poesía, en ese juego intelectual, y bueno, ese es el inicio.  A ese librito don Manlio Argueta tuvo la paciencia de hacerle una crítica, mi primera crítica.  Fue muy bondadosa, y de Manlio Argueta, ¡casi nada!

 

-Su obra poética ha sido catalogada como poesía erótica, de fuerte carga emocional y repetidamente caracterizada como que “expresa las emociones y sentimientos femeninos”.  ¿En algún momento ha sentido un prejuicio o encasillamiento al remitir su obra constantemente a lo femenino y lo sentimental?

 

En realidad, ese tipo de etiqueta la he vivido de distintas formas.  Por ejemplo, como yo era una mujer joven, publicando en los años ochenta un libro que desafiaba la moral hipócrita de la época; la forma en que otros escritores varones se podían relacionar conmigo era considerándome como la mantequilla de los restaurantes:  gratis, todo el mundo podía disponer de ella.  Esperar de mí una respuesta física de esa índole, es también una manera de catalogarte: escritora joven de poesía erótica, significa que era el equivalente de una mujer pública.  Eso es, socialmente, una respuesta.  No académica pero sí social.

 

Académicamente también hubo alguna crítica.  Una de las pocas críticas a rostro descubierto que se me hizo cuando se publicó el libro, provino de otra mujer; una feminista.  Decía que La Estación de Fiebre, mi poemario erótico, era un canto de alabanza y de adoración al falo, y que yo era una falópata.  ¡Yo lo que podía haber respondido es que no era falópata, era falólatra, que es diferente!  No considero que el hecho de que una persona posea un falo le confiere poder o supremacía sobre mí.  Pero sí quería dejar dicho, que el cuerpo del varón respondía a mi necesidad de gozo; era mi complementariedad. 

 

Entonces, formas de rechazo las hubo: la pedestre que señalo al principio, esta otra más honesta de esta feminista, o como el otro rechazo social que se dio “a lo tico”; poniéndole un apodo al que era mi esposo.  Un apodo soez que el país conoce y que es una forma de ningunear, una cosa pasivo agresiva.  Pero en realidad fue muy compensada toda esta actitud aldeana, con el hecho de que muchas mujeres se sintieron identificadas con lo que escribí y los hombres homenajeados.  Entonces ha sido más la gratificación que el rechazo, como el hecho de que estemos hablando del libro ahora, a tantos años de distancia -ese libro se publicó en el 83-.  El tiempo pasa, y sin embargo hace nada me acaban de publicar una antología en Madrid, que en buena medida se debe a La Estación de Fiebre.

 

-Su obra abrió el portillo a una expresión mucho más abierta y libre de la sexualidad femenina en los ochentas, momentos en que las mujeres en Costa Rica no hablaban en voz alta de esto. ¿Siente que logró romper ese silencio?

 

Yo espero haber hecho mi aporte a hacer girar un poquito la rueda de la evolución y de la mentalidad en nuestro país.  Porque el poemario no solamente hacía cosas que hoy nos parecerían pueriles, como nombrar las partes del cuerpo por su nombre; sino que el desafío es que en la literatura erótica a la que teníamos acceso en esa época, siempre había un esquema reiterativo: la mujer es un objeto, las fantasías que se complacen son las masculinas, las necesidades son las del varón, el punto de vista del acto sexual es netamente masculino.  Y yo quería mostrar el punto de vista de una mujer activa, no pasiva, con una intensa capacidad de gozo; que en realidad es lo que muchas veces resulta amenazante y asusta al patriarcado, tan simple como eso.  Hay que cimentar la sexualidad femenina, hay que aplastarla, porque hasta en el rudimentario hecho físico puede sobrepasar al varón; es el temor del macho a la posibilidad de que el orgasmo de la mujer lo sobrepase, que vaya a buscar a otro, que le sea infiel.  Y el cuerpo femenino no solo encarna esa capacidad de gozo tan asombrosa, sino además la capacidad de creación de ¡ni más ni menos que otro ser humano!, a la par de lo que cualquier otra creación se queda pálida.  Entonces el cuerpo de la mujer es amenazante, genera miedo.  Y al asumirlo yo en el libro como un sujeto y no como un objeto; espero que haya liberado, oxigenado, la visión que las mujeres hayan podido tener de su propio cuerpo, de su sexualidad, de su capacidad. 

 

Pero bueno estoy un poco pretensiosa, ¡estamos hablando de algo chiquitito!  Los lectores son pocos y los de poesía aún menos.  Aún así -aunque no digo que haya un antes y un después, porque también había una poesía erótica hermosa de Debravo, de don Isaac Felipe, de Eunice Odio, así que no fui la primera-, tal vez como me concentré en el tema, pude haber generado un impacto más fuerte; quiero pensar que así fue.  Y espero que no haya sido solo por la urgencia del tema, sino por haber aportado también en la parte formal, en la estética.

 

-Hace algunos años, leí un artículo suyo en el que criticaba la literatura adolescente de vampiros que presenta una imagen distorsionada del amor y la afectividad: a las mujeres se nos impone como el máximo acto de amor romántico, “convertir” a monstruos en hombres amorosos, “el amor todo lo puede”.  En ese momento ni siquiera habíamos llegado al fenómeno de las 50 Sombras de Grey, un “erotismo” con poco en común del de escritoras con conciencia de género.  ¿Cómo procesa el boom literario de la última década, de bestsellers eróticos y románticos dirigidos a adolescentes y mujeres jóvenes, que reproducen una serie de arquetipos fuertes acerca del “amor romántico”?

 

Voy a tener que ser muy honesta: lo primero es que no la leo, entonces no puedo opinar.  Lo segundo es que aunque me resulta condenable el que retrocedamos y de nuevo se estén complaciendo los mandatos, la necesidad, la fantasía del varón; y a pesar de lo nocivo que puede ser para una jovencita que quizás no tenga experiencia sexual, la forma en que vaya visualizando o percibiendo la sexualidad y que eso la vaya a marcar; a pesar de todo eso, la ventaja que le encuentro es que muchas mujeres que estaban constreñidas por una moral de corsé, se hayan atrevido a transgredir.  Eso es lo que considero el aporte rescatable.  Tendría que leerlas, pero con la descripción que recibí no me interesa; es otra vez King Kong, es otra vez la rubia, La Bella y la Bestia, lo femenino dominando gracias a su encanto, a su dulzura; dominando la bestialidad masculina.  Es eso lo que está debajo de 50 sombras de Grey, de La Bella y la Bestia, de estos mitos del eterno femenino. 

 

Si le damos una interpretación positiva, podríamos decir que en estas historias la mujer vence, porque logra que el varón perdone, respete, acepte su parte femenina, y eso lo salva de ser una bestia.  Pero si lo vemos desde una perspectiva más crítica podemos pensar que esta literatura puede inducir a error; puede hacer creer a las mujeres que aunque esa pareja que tiene a la par la somete, la agrede, no es solidario; tarde o temprano, como por arte de magia o por un cuento de hadas, va a lograr transformarlo.  Y esto es lo que alimenta el ciclo de la violencia.  Entonces esa literatura ¿libera o encadena?  El límite es muy delgado, entraba un gran peligro.  Esperemos que las mujeres comencemos a proponer nuestros puntos de vista y a crear otro tipo de erotismo.  De hecho yo escribí el libro porque los libros de erotismo que podía haber leído, me agredían: “El sexo no es eso, yo sé que no, entonces voy a proponer otra cosa, yo sé que me están mintiendo, que así no es, entonces quiero compartir lo que para mí es”. 

 

-En su faceta de columnista y comentarista, su producción ha sido prolífica, llegándose incluso a editar el libro de los 101 Artículos…  Sobre su incursión en este campo, usted ha dicho que no ha buscado objetividad (digamos que periodística), sino seducir con juegos de palabras y ritmos a los lectores. ¿Fue un ejercicio literario/estético, o existe una intencionalidad ideológica, un interés de incidir de alguna manera en ciertos espacios y discursos?

 

¡Había ambas cosas!  Un artículo de opinión siempre es subjetivo, no se puede esperar de él que tenga la objetividad de un reportaje.  Yo nunca quise ser columnista de opinión.  Primero me lo propusieron cuando todavía estaba casada con mi anterior esposo, y me pareció extrañísimo; la única prosa que yo escribía era la lista de las compras.  Pero después, cuando me separé y estaba buscando ingresos de la manera que fuera, y me lo proponen, por supuesto dije que sí, ¡habría sido capaz de escribirles la Biblia en vietnamita!  Entonces empecé a escribir y me di cuenta de que podía permear la opinión de la gente; y eso es una responsabilidad, no solo es opinar, es una responsabilidad muy seria.  Y me impuse a mí misma una exigencia, que era entretener.  Si no lograba seducir al lector entonces no iba a terminar el artículo y no iba a poder vehicular ninguna idea.  Quería utilizar lo que había aprendido en teatro y en poesía para aplicarlo a la columna de opinión con juegos de palabras, aliteraciones de sonidos, o con efectos teatrales: entretener.  Que quien leyera, estuviera o no de acuerdo conmigo, quisiera terminar; eso era lo que me interesaba, ser eficiente. 

 

-Las temáticas de sexualidad, género y afectividad, usted no solo las ha abordado desde la poesía, sino que han estado en el centro de su producción teatral, como sucede en Baby Boom y Sexus Benedictus.  ¿Qué cambia en el aporte y el abordaje de estos temas desde dos expresiones artísticas tan distintas?

 

Sí hay una diferencia en el sentido de que la poesía es más estética, mientras que en el teatro lo veo desde la hilaridad, el humor; es un arma para lograr que el espectador baje las defensas y se deje permear por el tema, que acepte compartir puntos de vista que normalmente no son los suyos.  Por ejemplo en la obra Hombres en Escabeche, hay siete distintos tipos de varón, y a los siete les estoy diciendo: Usted podría jugar de ser una persona progresista, de ser contestatario, usted pensará que solamente el tradicionalista va a ser machista… pero en realidad no, hay un factor común, en general. 

 

La idea de utilizar el humor me permitía varias cosas: esto de alcanzar o tratar de modificar la opinión del espectador, por un lado.  Llenar el teatro por otro, que es lo que me permitía que los productores me dieran credibilidad.  Y sobrevivir económicamente, ¡también!  Porque con la poesía nadie vive, con la novela tal vez después de décadas y es muy inusual…  Pero con el teatro ¡se puede comer!  Es literatura que te permite comer, porque te da un porcentaje de la taquilla.  Cuando se monta la obra fuera del país percibo derechos de autor.  Y siendo yo actriz me escribía papeles a mi gusto, entonces me procuraba también un sueldo como actriz; de hecho por eso empecé a escribir.  Es un tipo de escritura con la cual se come, modestamente, pero se come.  

 

Hay muchos factores distintos entre ambos géneros, muchos aspectos diferentes que lo constriñen a uno como autor.  Por ejemplo en la poesía yo puedo escribir lo que quiera, es libérrimo el ejercicio; mientras que en teatro, si quiero escribir una obra pero resulta que para el personaje que busco requiero un actor negro, anciano; aquí no lo tengo, entonces no puedo escribir el personaje; hay cosas del medio que te limitan.  Si quisiera un elenco muy grande, sé que la única posibilidad es que me lo monte la Compañía Nacional de Teatro.  Entonces el medio te va dictando los límites de tu creatividad; porque uno escribe para un medio, para un contexto, y sabiendo que serán tales teatros los que monten tu obra, sabiendo que son estos tres o cuatro directores los que podrán dirigirla; es una escritura muy distinta, más de carpintería.

 

En el proceso para la escritura teatral -me ocurre a mí y muchos otros autores- se parte de una imagen que te golpea, que te viene y no sabés por qué y de la que no tenés explicación.  Y darle explicación a esa imagen es lo que te va a proporcionar la estructura de la obra:  ¿Por qué ese personaje está haciendo eso? ¿Por qué eso me conmueve o me enfada? ¿Quién es y qué le ocurrió y cómo llegó aquí?  A partir de la imagen se procede a una lluvia de ideas en la que todo se vale: quiero terminar la obra en tal cosa, quiero que la actriz lleve ropa de este color, quiero que en el escenario haya tal cosa…  No sabemos por qué y no nos importa; hay que anotarlo durante el brainstorm.  Después se comienza a hacer el análisis de cual es el conflicto que está en germen, insinuado en esa imagen que le llegó a uno, y se empieza a determinar quiénes son los personajes, cómo interactúan.  Y por último se hace el esqueleto del dinosaurio, se estructura, lo que se llama la escaleta, la concatenación de las escenas.  Cuando ya uno tiene claro todo eso, es cuando se arranca con la escritura.  Y ya uno sabe todo lo que va a pasar, entonces la escritura casi sale sola.  No sé como se hace una novela, pero me imagino que no será tan distante, aunque la estructura de la novela es más libre.   

 

 

-¿En algún momento le preocupó abordar temas pesados como la violencia psicológica o el machismo desde de la comedia; la posibilidad de que se malinterpretara la intencionalidad de la obra o de herir alguna susceptibilidad?

 

Yo recurrí a la comedia como un truco de supervivencia, ¡si yo lo que hago son comedias tristes!  De hecho cuando se musicalizó Hombres en Escabeche, quien hizo la canción solo tuvo acceso al texto, no vio la puesta en escena, ¡e hizo una canción tristísima!...  que además tuvo mucho éxito entre sus seguidores.   Entonces empiezo una obra en comedia, y generalmente, a partir de cierto momento, el final sí tiende más al drama.  Eso es obvio en Hombres en Escabeche y Sexus Benedictus.  Pero yo no puedo como actriz independiente y autora que quiere sobrevivir, llegar al dueño de un teatro privado y llevarle un drama:  no lo va a montar.  Entonces, ahí es cuando digo que el medio sigue determinando la poética, sigue determinando tu forma de escribir teatro.  Por ejemplo escribí La Loca, que es un drama chiquito, de media hora, ¡y no lo montó nadie!  Ganó Premio Nacional porque se publicó, pero nadie lo montó.  Toqué un par de puertas estatales y no se montó; ya desistí.  Pero bueno, son imposiciones del medio.

 

-Ha tenido la oportunidad de participar, como actriz, en la puesta en escena de muchas de sus obras.  ¿Ha sido esto casual -decisión del equipo de dirección-, o usted ha escrito su teatro pensando en la posibilidad de encarnar sus propios personajes?

 

¡Fue una exigencia de la autora! [Ríe] ¡Tenía que darme trabajo!  El objetivo vil y descarado de los textos era ese.  Hombres en Escabeche lo escribo después del nacimiento de mi última hija, porque había estado en casa criándola y dándole pecho como año y medio, y necesitaba trabajar urgentemente; la única manera era haciendo un texto ya.  Y cuando hice Sexus Benedictus le llevé a Lucho Barahona el primer acto (de dos), y le conté como iba a ser el segundo, y me dijo “Bueno empezamos a ensayar, y de aquí a tres semanas tiene que tener el segundo acto”; así, ¡en un acto de fe!  Entonces sí, siempre va a haber un papel que me voy a escribir, el objetivo es ese. 

 

Y también hay otra cosa: para ser actor en este país y hacer papeles que a uno realmente le gusten, tiene que esperar a que un director a quien el trabajo de uno le complace, le llame para una obra determinada, para un papel en que uno coincide por aspecto y edad… en fin, tienen que calzar muchas cosas.  Entonces la solución para poder trabajar, mi solución, ha sido escribir los textos. 

 

-Hemos hablado de su obra como actriz, dramaturga, poetisa, columnista… Son muchas las áreas y géneros en que ha incursionado.  ¿Hay alguna que sea su gran amor, adonde se ha sentido más realizada?

 

Yo creo que la poesía.  Quizás por ser el germen de lo que llegué a ser después, y por ese amor secreto que tenía con papá, la poesía es lo que más me ha llenado.  El teatro envejecerá, porque conforme los conflictos se van modificando y las relaciones sociales varían, perderá vigencia.  Por ejemplo Hombres en Escabeche cuestiona la moral sexual latina y habla mucho sobre la imposición de la virginidad en las muchachas.  Eso realmente no es algo que en la actualidad le vaya a quitar el sueño a ninguna familia; pero a mí me tocó ser adolescente hace 40 años.  Lo que no ha variado son los fundamentos de aquella exigencia.  La sexualidad femenina y su necesidad de complacer los mandatos masculinos sigue siendo una verdad inamovible, sigue siendo un mandato que está vigente, vivito y coleando, eso no cambió.  Pero sí el teatro puede que vaya perdiendo vigencia.  Y lo de las columnas de opinión fue como una travesura, aunque fue agradable porque mucha gente me conoció por las columnas: yo soy la señora que escribía en La Nación. 

 

-Históricamente, a destacadas mujeres costarricenses que reunían de forma exitosa un conjunto de características que a veces se consideran excluyentes: inteligencia y belleza, fuerza y sensibilidad, talento y sensualidad; la sociedad costarricense se los cobró caro.  ¿Usted ha sentido que en algún momento ha tenido que pagar un precio por su éxito?  ¿Han cambiado las cosas desde Eunice y Yolanda? 

 

No siento que haya tenido que pagar un impuesto tan elevado.  La sociedad que las rodeó a ellas fue muy distinta, mucho más radical, más medieval, ¡a Yolanda la secuestraron!  Eso es muy gráfico. 

 

Quizás también hay otra cosa: que yo no fui tan transgresora como ellas.  Ellas transgredieron también con su vida, yo he sido una tranquila señora casada.  Pensémoslo, ¡tres veces casada!  Al mismo tiempo que escribía sobre erotismo, también escribía mucho sobre maternidad, reivindicaba los derechos de los bebés, de los niños, del amamantamiento.  En mis presentaciones para instituciones, colegios y universidades, hago una lectura interpretada de fragmentos de Hombres en Escabeche, que dejan al público un poquito sacudido, pero entonces termino con el final de Baby Boom, que es un canto a la maternidad y al nacimiento del bebé; y eso ya los deja sin defensas.  De alguna forma me ayuda a superar la idea de que una mujer sexuada no es una buena madre.  Mi lucha ha sido para que esa disociación esquizofrénica que se nos imponía a las mujeres, de ser la santa o la zorra, se revierta; y hacer una fusión: las mujeres somos seres sexualmente deseantes y potentes; y también podemos ser madres amorosas cuando la maternidad es una decisión y no una condena.  Mi idea ha sido proponer una manera diferente de ser madre; con mi vida y con mi literatura.  Obviamente no siempre uno tiene éxito en sus propuestas de pareja o de maternidad; ya lo dirán las hijas, si fue un éxito o no… Pero lo importante es hacer el intento, sobre todo rebatir esa necedad, esa disociación de que solo podemos ser o santas o zorras.  Y decir ¡No! Una mujer íntegra, una mujer completa, es la fusión del deseo y del amor.  Y eso nos va a liberar a todos; cuando sea aceptado socialmente dejaremos de ser infelices.

 

-De poetas jóvenes, ¿ha leído a alguien que le llame la atención?

 

Paola Valverde, David Cruz… Juan Carlos Olivas me gusta mucho.  Hago el mea culpa de que tengo atrasadas mis lecturas, lo que a veces los poetas jóvenes pueden ver como un menosprecio.  Pero no es eso, es que no he tenido la paz para concentrarme en lo que tengo que hacer, y para priorizarme.  Cuando uno cuida a los hijos del divorcio, a veces tiene que estar cuidando heridas.  Y como mis hijas son mi responsabilidad, sí he dedicado todo mi tiempo y energía a cuidar las heridas que han tenido.  Todos somos hijos del naufragio del matrimonio.  Y también –esto es una infidencia-, como mi madre fue una de las primeras feministas intuitivas, sin fundamento teórico pero pioneras en incursionar en ámbitos de varones, el precio que ella pagó fue ser ausente en el hogar, nos crió mi abuela.  A mí eso me pesó; y como nosotras tendemos siempre a compensar o a reparar, he tratado de ser una madre muy presente y maternal a cabalidad, entonces eso ha hecho que mis energías se hayan ido por otro lado.

 

-¿Qué está haciendo Ana Istarú en este momento?

 

En este momento no tengo ningún proyecto; el único que tengo es retomar lecturas.  Para mi cumpleaños me regalé ocho novelas, entre ellas la de Abril Gordienko, uno de Camila Schumacher… Estoy recuperando lecturas atrasadas, por eso estoy leyendo lo de Tatiana, Parientes en Venta.   Estoy retomando, tenía mucho tiempo de no leer.  Y retomando con prosa, no importa; todo afecta, todo sirve para alimentar el inconsciente.  Lo último que produje fue Virus, que en realidad es una obra de teatro escrita hace siete, ocho años, y, aparte de las columnas, no he podido volver a escribir poesía y tampoco teatro. 

 

En terapia lo que se ha revelado es que -y lo voy a mencionar aunque sea una cosa tan privada, porque quizás pueda ser de utilidad a otras creadoras- este silencio ocurrió en un momento de mi vida en que coincidieron la muerte de mi padre -que era para quien yo escribía; uno siempre tiene un destinatario; inconscientemente yo seguía tratando de enamorar a mi padre a través de la poesía-, la ruptura de mi primer matrimonio, y que mi hija se va a vivir con el padre, lo cual yo vivo como un abandono.  Se dan esas tres cosas juntas, más el hecho de que en mi segundo matrimonio mi esposo me pone en la disyuntiva de ser actriz o estar casada, entonces, obviamente ¡elegí ser actriz!  Yo sé que es un poco obsceno contar cosas tan íntimas, pero lo digo por una razón.  Inconscientemente empecé a tener la sensación de que si escribía perdía los afectos.  Si yo publico, pierdo el amor de mi marido, mi hija me abandona... Cuando estrené Hombres en Escabeche le dije a una de mis hijas: tengo miedo, algo me va a pasar, algo malo… y efectivamente me pasó, justamente después fue mi primer divorcio.  Entonces es el escribir un libro y tener miedo de que al libro le vaya bien.  El ganar un premio afuera y tener miedo de que los colegas lo sepan.  Recuerdo cuando estábamos en el colegio y en clase de literatura nos dejaban de tarea hacer una composición.  Yo escribía la composición emocionadísima, llegaba y quería ser la primera en leerla.  Y ya me veían las compañeras con hastío, hasta la profesora con esa sensación:  “Otra vez la niña genio nos va a enseñar lo que escribió y nadie va a poder acercársele”.  Entonces es una sensación de que si hacés algo que puede ser notable; fastidiás a los demás y te cobran un precio afectivo. 

 

Eso los hombres no lo tienen.  En el mundo real, reciben el apoyo de sus parejas.  Yo veo a los poetas de mi generación casados con sus brillantes alumnas, o apoyados por sus esposas, con su vida cotidiana solucionada.  Vargas Llosa decía sobre su esposa que “me alistaba la ropa en la maleta”, les pagan el agua, les mandan a los niños a la escuela… hay todo un contexto que la pareja mujer brinda al varón que lo pone en una situación de privilegio.  Cuando gana un premio, aunque ella sea colega, se alegra, lo apoya y generalmente no compite.  Pero el hombre no permite que ella lo sobrepase.  Las mujeres estamos penalizadas.  Si hacemos algo que sea notorio o que tenga reconocimiento social, estamos penalizadas.  Entonces claro, yo caí en una mudez porque tenía terror: escribir significa perder el amor de algún ser querido.  Me tomó tres años de terapia llegar a entenderlo. 

 

Ahora tomé la decisión de volver a poner en marcha la maquinaria de la creatividad, y eso implica comenzar por retroalimentarme con toneladas de lectura, por ahí comencé.  Un primer paso fue volver a las tablas después de 10 años de ausencia; dar funciones pero no en escenario sino privadas o en instituciones.  Hacer Virus fue un rompimiento de esa reclusión, y muy agradable además porque gané el Premio Nacional de Mejor Actriz, entonces me validó en mi esfuerzo.  Ahora quiero volver a retomar, pero retomar todo:  quiero volver a escribir teatro y poesía.  Además la edad le da a uno la comodidad de no tener el apremio de buscar sustento; ya mis hijas están grandes, y ya por fin tengo el apoyo de una pareja que me respalda, que se alegra de mis logros, y no se siente amenazado porque él es consciente de su propia valía.   Esperemos que eso me permita volver a escribir.  He compartido esto tan personal porque le puede pasar a otras mujeres y no solo en arte, en otros campos también.  Esperamos que ese silencio termine; estoy en un buen momento, estoy en la adolescencia de mi vejez.  Y es cuando uno más fuerza tiene para hacer cosas, cuando ya dejó de tener ciertas responsabilidades.  Y ahora que somos más longevos, el chiste es serlo con una buena calidad de vida.

 

© Literofilia Ltda. • Diseño y programación:Tormenta Cerebral • © Nimbus 1.0