De letras a la pantalla
El sentido de la adaptación de un final
Por Javier Guerrero
08/01/2018

Ver una película después de haber leído el libro es como ver a la selección de Costa Rica jugar contra la campeona del mundo. Se sospecha que la experiencia va a ser amarga, que las posibilidades de que haya una sorpresa a favor son casi nulas, pero uno igual ve el partido. Le entregamos el cuerpo al asesino y si decide disparar, nos mata. Pero por el momento hay vida.

Aclaro, siempre existe la posibilidad de que contra todo pronóstico, las películas logren defenderse y nos sumerjan tanto en su mundo que logremos disfrutar de la obra sin tener que estar comparándola una y otra vez con la historia que leímos previamente. La trilogía “El Señor de los Anillos” es un buen ejemplo de este atractivo empate.

 

Es rara la vez, pero no imposible, en que una película resulta mucho mejor que su propia historia en letras. Es mentira eso de que “todos los libros son mejores que su película”. Algunos ejemplos de esta maravillosa transgresión son: “Silver Lining’s Playbook” y “The Prestige”.

 

Lo que hace que adaptar sea tan complicado, más allá de las limitaciones del propio medio audiovisual, es el hecho de que adaptar tiene menos que ver con el arte de la escritura y más que ver con el arte de la lectura. ¿A qué voy? A que la adaptación termina siendo, más que una representación de lo que está escrito, una representación de lo que alguien (pongamos director o guionista) se imagina -o percibe pertinente, según el caso- de lo que está escrito. Por lo que no es extraño que mi lectura no termine congeniando con la lectura que se adapta.

 

Esto fue lo que sucedió con El Sentido de un Final (The Sense of an Ending), libro escrito por Julian Barnes, ganador del premio Man Booker 2011, que fue adaptado cinematográficamente por Ritesh Batra, y presentado a inicios de este año en la pantalla grande.

 

 

La trama por encima (muy por encima) se resume en la icónica frase de Patrick Lagrange: “La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación”.

 

Y retrata a Tony Webster, un inglés pensionado que, a partir del suicidio de Adrián, su mejor amigo de colegio, y una carta que recibe años después al respecto, se ve forzado a recordar.

 

“Camus dijo que el suicidio era la única cuestión realmente filosófica”, le dijo Adrián alguna vez cuando todavía estaban en el colegio. “La única cuestión auténtica, de la que dependen todas las demás”, finalizó. Y años más tarde acabó con su vida.

 

Cabe mencionar que adaptar esta novela era una tarea sumamente difícil, ya que está redactada en primera persona, por un protagonista que recuerda, cambia y olvida. También, a diferencia de la mayoría de novelas que se adaptan a la pantalla, El Sentido de un Final se trata de una historia en la que las acciones no valen tanto como la memoria. Y la memoria miente, se contradice, se devuelve y avanza en un tira y encoje muy difícil de medir u ordenar.

 

Lo que nos lleva al primer tema: para bien o para mal, la adaptación cinematográfica ordena. Y en ese orden se va gran parte de la complejidad característica de la novela. Complejidad que también tiene valor argumentativo, porque dentro de este tira y encoje de la memoria, de las repeticiones, de los retrocesos, se encuentra parte del mensaje, que Barnes expone de la siguiente manera:

 

“¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero sobre todo a nosotros mismos”.

 

En otras palabras, el libro nos expone dos capítulos, la película los echa en el mismo sartén y los cocina. En el libro es tarea del lector armar cronológicamente los hechos del pasado, en la película todo se expone corrido, o casi todo, pasándole por alto a la importancia de la memoria y su casi aleatoria manía de recordar y olvidar sin un orden claro los sucesos del pasado. Esto, hay que aclarar, no es un error. Es una decisión. Y son estas decisiones que comprometen a esquivar factores importantes, las que me hacen creer que la novela no era la ideal para una adaptación. O tal vez sí, pero de otra manera.

 

Lo que a su vez nos lleva al segundo punto: ¿prioridades? Casi toda adaptación requiere suprimir elementos, sacrificar datos, para que la historia se adapte bien al nuevo lenguaje. Muchas veces por cuestiones de tiempo, ya que en hora y media resulta casi imposible abarcar todo lo que abarca una obra literaria. Otras veces por cuestiones meramente técnicas, ya que la libertad de la cámara, a pesar de ser enorme, jamás se va a poder comparar con la libertad de una página en blanco. Y, aunque así lo fuera, su consumo no va a ser tan libre. Medios fríos y medios calientes, diría McLuhan. La literatura es fría, y permite la participación del lector para terminar de darle forma al contenido. El cine es caliente y la participación del receptor es mucho menor, por lo que los cineastas deben asumir esta condición a la hora de adaptar, y, por lo tanto, eliminar muchos elementos que solo las letras hacen funcionar.

 

A la hora de sacrificar elementos es clave establecer prioridades. Acá es cuando el director se debe preguntar qué es lo que hace de la obra literaria una buena obra, y tratar de que estos elementos permanezcan en la pantalla. La película, a pesar de citar muy frecuentemente el libro, sacrifica la crisis de Tony con su memoria casi por completo. Por lo que resulta casi imposible dudar de sus recuerdos. Esto es lamentable porque tal vez la mayor gracia de la novela es esta duda, saber que no podemos confiar en el protagonista, porque ni él confía en su memoria.

 

La adaptación se pega más a las acciones que a los pensamientos, a pesar de intentar, o parecer intentar lo contrario. Sacrifica igualmente muchos datos importantes para sentir con mayor profundidad lo que sucede posteriormente en la historia. Como es el caso de la amistad profunda entre Adrián y Tony. Pero, sobre todo, la admiración, casi alabanza, de Tony hacia Adrián, que la película con costos menciona.

 

También, parece dedicarle mucho más tiempo en proporción a las “escenas románticas” en comparación al libro. Además, el misterio, me parece, no se genera desde la profundidad y complejidad de los personajes, como en el libro. Sino que, en la película, se retrata un misterio más suave, más llevadero. Tanto que me atrevo a compararlo con el “misterio” de la película Paper Towns, película adolescente basada en una novela también adolescente de John Green.

 

Esta relación explica mucho. Tal vez las prioridades, el tratamiento y la sencillez resultante de la película en comparación al libro se debe a una razón en específico: está pensada para otro público meta. Y es que el libro está pensado para lectores maduros, adultos principalmente. En cambio la película encaja perfecto en el marco del cine adolescente. Tanto por elementos narrativos como técnicos.

 

Ahora sí, tercer y último punto: la adaptación. En este tuve principal problema con la manera en que se desarrollaron los personajes al contrario del libro. Por un lado parece que se les quería dar cierta complejidad, o a ellos o a la historia, pero resultaron innecesarios y molestos.

 

El principal es Tony. En el libro claro que es un personaje complejo que asume un rol de espía que evidentemente no es. También es cierto que en el proceso se vuelve a enredar en sentimientos del pasado, se involucra en heridas de su corazón que había creído ya sanas. Y hasta llega a hacer acciones ilógicas, con tal de verse envuelto de nuevo en un romance del pasado. Sin embargo, la película lo retrata como un acosador drástico. Lo que, al menos a mí, me sacó completamente de la narrativa. Lo peor de todo fue lo ligero que se trató este tema. Los otros personajes se daban cuenta del acoso por parte de Tony y lo trataban como si no fuera nada grave, hasta con sonrisas de por medio.

 

Lo que también es extraño porque la película lo expone de esta manera pero luego lo retrata como un excelente papá, lo cual en el libro definitivamente no es. Ambas son decisiones. Lo que no entiendo es por qué ambas se contradicen entre sí. No me queda claro qué querían decir de Tony.

 

El otro personaje deficiente en la película es Verónica, la exnovia. En este caso prefiero pensar que fue una mala actuación y no tanto una mala visión del personaje por parte de Ritesh Batra (el director). La gracia de Verónica, para mí, es que nunca decía nada, era como una pared. Y, sin embargo, Tony le daba significados a su vacío. Y uno, como lector, se daba cuenta que esos significados nunca eran los correctos. En el peor de los casos, se puede ver como si fuera un personaje que no quiere estar cerca de Tony en absoluto y, por lo tanto, evita la interacción mutua. En la película, a pesar de que también lo esquiva, a la hora de interactuar se siente como si no hubiera absolutamente ningún conflicto entre los dos, o en ella, al dirigirle la palabra a él. De hecho le sonríe, casi al borde del romance o de la compasión, sin sentido absoluto.

 

El título “El Sentido de un Final” a simple vista propone el sentido que Tony le está dando al suicidio de su amigo. Sin embargo, al finalizar la novela, no es más que un juego de palabras y significados. Ya que por un lado sí, es ese sentido que le da el protagonista al suicidio de su amigo. Pero, por el otro, y esto es lo que la película no abarca, también es el sentido que le da el lector al final del libro. No por nada existen teorías sobre qué fue realmente lo que pasó en el libro. En cambio la película parece una historia que se cierra perfectamente, a pesar de también estar basada en los recuerdos del protagonista.

 

Para finalizar, es importante resaltar (aunque parezca contradicción) que la película no es mala. No se acerca en absoluto al cine malo. A lo que voy es que tampoco se acerca al buen cine, al que perdura. Se puede decir que la película funciona para pasar el rato y para sentir, tal vez, algunas emociones. Pero de ahí no pasa. El libro trasciende, permanece en la mente de sus lectores y es por su complejidad, por sus juegos de memoria, que se ganó el premio Man Booker. La película, en cambio, no es digna de ningún premio, al menos no uno importante. Tal vez sí para ser presentada en festivales, como una más, entre las otras cincuenta o cien películas extranjeras.

 

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