La Reseña
Crónica de un viaje letrado
Por Juan Pablo Morales Trigueros | Ilustración Celeste Polimeni
05/02/2018

El nombre de Luis Chaves equivale a la aparición de la expectativa en la comunidad lectora costarricense, al menos en la que se interesa en lo que escriben sus coterráneos.

 

La aparición de Vamos a tocar el agua, su último libro, representaba una relevancia particular al tratarse del debut de Los tres editores, nuevo sello costarricense que apostó por este particular libro, el cual está más cerca del Chaves que leímos en El mundial 2010 o en 300 páginas que del de su obra poética.

 

Y es que este nuevo libro podría considerarse el más directamente íntimo de Chaves, en tanto se ocupa del relato personal y específico de un momento muy particular de su vida: el año que, junto a su familia, pasó en Berlín aprovechando una residencia de artista otorgada por el Servicio Alemán de Intercambio Académico.

 

Muy a su estilo, el relato carece de cualquier rimbombancia o petulancia con respecto a la razón de su estadía en la capital alemana, sino que más bien se ocupa de las peripecias logísticas, culturales y emocionales de arrollar con una familia de cuatro y partir a lo desconocido.

 

Lo más impresionante es cómo, en 86 páginas, el autor se las ingenia para contarnos la experiencia desde los meses antes de la partida hasta el regreso, de modo que aunque al final solo conocemos los sucesos  más relevantes del viaje, quedamos con la sensación de haber pasado ese año completo con Chaves y los suyos. Claro, la división del texto en estaciones, la cual el propio autor explica en una nota introductoria como inspirada por una película de Kim Ki-duk, realizador coreano, contribuye mucho a la ilusión del paso del tiempo.

 

Es imposible leer el texto sin sentir una profunda admiración por esta familia, en tanto no les tembló el pulso para aceptar esa aventura tan retadora que, como dije, los sumió de cabeza en un mundo ajeno, no solo por el lenguaje, que ignoraban, sino por las múltiples dificultades que representaba, desde la necesidad de matricular a las hijas en alguna institución para que no perdieran ese año de estudios, hasta la adaptación al clima y las personalidades de los vecinos. La tenacidad con que la familia va poco a poco adaptándose es conmovedora, sobre todo en lo que concierne a Lamayor y Lamenor, las hijas según la particular nomenclatura de su papá, a quienes este descubre un día interactuando con otros niños en un incipiente alemán que nadie les enseñó, pero que se les pegó como sedimento inevitable de su permanencia en el país.

 

Pero más allá de cualquier otra cosa, hay que detenerse a disfrutar el humor con el que la travesía va siendo relatada. La capacidad de Chaves para reírse de sí mismo (incluso de situaciones que probablemente no fueron nada graciosas en el momento) es exquisita y obliga a leer varias veces algunos pasajes que, he de confesar, me provocaron súbitas carcajadas. Lo mejor es que no parece haber nada forzado: la narración es tan efectiva y directa que se siente uno ante un compa que le estuviera contando, con toda la confianza del universo, cómo le costó encontrar un kínder donde matricular a Lamenor o cómo le restregó en la cara a una vecina particularmente odiosa que ya sabía agradecer en alemán.

 

Y aún más, a la par de esos momentos hilarantes hay algunos particularmente emocionales, como la conversación del autor con su madre, quien se encontraba gravemente enferma y, con la perspectiva del viaje, no había manera de saber si se verían de nuevo. Chaves tampoco parece esforzarse para transmitir  la intensidad del intercambio entre ambos, demostrando que a veces, de hecho, no hay que esforzarse, sino solo saber transmitir adecuadamente una situación que, por sí sola, es capaz de generar empatía en el lector. La prosa fluye con una naturalidad que solo el oficio y la sinceridad consiguen al escribir.

 

Sobre la edición, sería una falta grave no reconocer la atención y el esmero que se notan detrás: es un libro hermoso, bien encuadernado, con tipografías de muy buen gusto y un trabajo filológico impecable (según los propios editores, la primera edición salió con una errata que yo, vergonzosamente, no percibí). Inclusive, el título y la portada  adquieren sentido en momentos particulares del relato, lo que le da un efecto estético adicional que es raro ver en publicaciones nacionales. Todo un éxito en ese departamento.

 

Así, esta crónica personal y subjetiva (en el mejor sentido de la palabra) consigue ofrecernos una suerte de viaje del héroe que, si bien está obviamente relacionado a lo idiosincráticamente costarricense, reviste una universalidad susceptible de asumirse por cualquier latinoamericano, haya o no emprendido un viaje similar al viejo continente. Desde la ilusión de los preparativos hasta la nostálgica sensación final de que lo que lleva un año construyéndose está a punto de quedar atrás, la lectura resulta brutalmente placentera y divertida, al punto de que dan ganas de volverlo a leer solo para revivir esos momentos en que Chaves nos lleva de la risa al nudo de garganta con su acostumbrada agilidad.

 

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