Literofilia
Ventana de traspatio
Cosecha de cuervos
Berman Bans
18/10/2017

Los últimos años de la revolución sandinista en Nicaragua contemplaron, con una incomodidad casi paranoica, la aparición de un grupo de poetas, críticos y creadores, cuyas búsquedas y luchas, alrededor de la revista La Pluma del Cuervo (1986) señalarían, casi sin querer, el puente por donde andaría, con una rebeldía espléndida, renovada y remasterizada desde sus propios contextos personales y comunitarios, la generación de escritores de los noventa y probablemente del nuevo milenio.

El vuelo del Cuervo


Los últimos años de la revolución sandinista en Nicaragua contemplaron, con una incomodidad casi paranoica, la aparición de un grupo de poetas, críticos y creadores, cuyas búsquedas y luchas, alrededor de la revista La Pluma del Cuervo (1986) señalarían, casi sin querer, el puente por donde andaría, con una rebeldía espléndida, renovada y remasterizada desde sus propios contextos personales y comunitarios, la generación de escritores de los noventa y probablemente del nuevo milenio.


Los poetas jinotepinos Martín Aguilar, Bosco González, y los hermanos Silvio y Gustavo Adolfo Páez, junto a los managüenses Erick Aguirre, Félix Javier Navarrete, Emilio Zambrana, y Xavier Quiñonez, parecían insistir, frente a las versiones oficiales del escritor comprometido con la Revolución, que era realmente la poesía lo que los había llevado a la Revolución y no la revolución a la poesía. 


Fundados al saludable desamparo de la cultura estatal de la época, sin padrinazgos culturales de la izquierda oficial ni de los escritores anti revolucionarios en el exilio, fueron el primer intento serio y concentrado por posicionarse respecto de la literatura de compromiso y los desafíos éticos y estéticos que la misma Revolución les planteaba. A través de sus diez heroicos números (el último dedicado esmeradamente a Carlos Martínez Rivas, en quien abiertamente reconocían a su verdadero maestro; y a quien, heroicamente, lograron publicarle muchos poemas inéditos), y un sello editorial por lo demás casi artesanal, pero significativo, llamado “Cría Cuervos”, que de alguna manera desafiaba con valentía los espacios que existían para los jóvenes en los suplementos culturales de la época maniquea que les tocó vivir.


La revista propugnaba la necesidad de un espacio que abogara por la independencia de criterios críticos propios de su generación tanto para los proyectos editoriales como para los mismos planteamientos éticos y estéticos en el contexto de la Revolución. Un espacio liberado de las restricciones que los contextos culturales institucionalizados no les ofrecían, o que sólo podían ofrecerles bajo la mirada panóptica, y acaso paranoica, de una cultura estatal amenazada por un bloqueo económico y por una guerra civil. De ahí que los integrantes, sin abandonar los hallazgos saludables de la poesía conversacional, se posicionasen en contra de la uniformidad impuesta por los Talleres de Poesía que a nivel local ofrecían como el non plus ultra del Canon a la poesía nacional, los métodos del lenguaje poético de Ernesto Cardenal. La preocupación por la calidad estética, la inconformidad con la literatura panfletaria, el menosprecio por el facilismo de la poesía social, y la necesidad de una conciencia de nueva generación con nuevas preocupaciones y nuevas búsquedas, impregnó el qué hacer comunitario y personal de estos poetas.


Como era de esperarse esa búsqueda y esa lucha derivó, luego de la caída del muro de Berlín y la caída de la Revolución Sandinista, en las trayectorias personales de los integrantes que siguieron publicando, e incluso, como suele suceder en cada grupo generacional, en los que permanecieron inéditos.

 

Las garras de Aguirre

 

De todos ellos el más sobresaliente, por su prolífica y versátil producción, y la significación de su constante trayectoria es Erick Aguirre. Periodista, combatiente revolucionario, poeta, narrador, ensayista, catedrático universitario, crítico escéptico y desencantado de la Revolución, Aguirre ha construido una sólida obra que aún continúa influyendo en las nuevas generaciones. En los años noventa sorprendió al mundo literario con su poemario Pasado Meridiano (1995), una compilación de varios ciclos evolutivos de su poesía, donde las propuestas de su generación, la del grupo La Pluma del Cuervo, se hacen patentes. El desencanto y la irreverencia de una poesía conversacional que no renuncia a la individualidad, y que se destaca por la violenta ironía contra los mitos revolucionarios de los cuales él mismo, junto a sus compañeros, fue protagonista. En Conversación con las sombras (1999), acaso su poemario más logrado de esa época, se advierte el rigor de un tenso dramatismo verbal que refleja su despedida definitiva, como una estocada estoica transida de nigromancia, de las falaces esperanzas de los procesos colectivos uniformadores de la experiencia personal. El aliento lírico de Aguirre permanecerá en silencio para el público durante doce años. Hasta que aparece La Vida que se ama (2011), Premio internacional de poesía Rubén Darío 2009. En este poemario Aguirre regresa a la frescura celebratoria de su primer poemario, pero con la madurez y el rigor ganados por su propia experiencia vital, y la conciencia del lenguaje poético alcanzada en el segundo poemario. El poeta canta y cuenta. Una poesía narrativa asombrada ante la experiencia del misterio; la brutal calidez de seguir vivos luego de las hecatombes de la historia, y de las idolatrías espectaculares del nuevo milenio. 


Ensayista preocupado por la literatura nicaragüense y centroamericana, Aguirre es también uno de los críticos literarios más lúcidos y referenciales de esta generación. Para una comprensión de la literatura nicaragüense contemporánea resultan recomendables, y sin duda imprescindibles, sus estudios: “Juez y parte” (1999); “Subversión de la memoria” (2005); “Diálogo infinito” (2012), donde dedica, en la cuarta parte, una páginas generosas a cada uno de los poetas compañeros de su generación, los editores de La Pluma del Cuervo , tanto los que publicaron como a los inéditos, de donde se destacan todos los ya mencionados como racimos evolucionados de la misma vid que fue la revista y su proyecto, y donde recordamos con respeto a Silvio Páez, ganador del Premio de Poesía Rogelio Sinán del año 2017, y lamentablemente fallecido apenas unas semanas después de haber sido reconocido con tan prestigioso premio.


Aguirre es también creador de un sólido mundo narrativo. Sus novelas: Un sol sobre Managua (1998); Con sangre de hermanos (2002); El meñique del Ogro (2017), nos pasean por el mundo urbano y suburbano de una ciudad destartalada, violenta, mítica desde el punto de vista revolucionario, pero humanamente fallida, monstruosamente anquilosada en la nostalgia de un paraíso podrido atravesada fantasmalmente por personajes agresivos, cínicos o soñadores, para quienes la literatura sigue siendo la única prueba contra la derrota y los sueños destrozados, aunque la misma literatura sea una manera honrosa de ser derrotados por los sueños fallidos, por el cinismo que roe, como una rata hambrienta, en las cantinas del desengaño. 


Este escritor ha sido en ese sentido, como poeta y narrador y crítico literario, uno de los autores que más ha cuestionado la anquilosis de la historia lineal, de la Academia, y de los historiadores oficiales de la literatura nacional. Ha sabido calibrar con certera lucidez a los nuevos escritores desde los años noventa hasta las generaciones del nuevo milenio desde su papel de editor del Nuevo Amanecer Cultural, y otros medios no menos importantes. Y, con el correr de los años, ha permanecido como uno de los ensayistas más abiertos y expectantes ante la aparición de las nuevas generaciones y la calidad de sus búsquedas y propuestas.

 

400 Elefantes se balanceaban sobre la tela de una patraña.

 

La rebeldía y la libertad creativas. Ambas acompañadas por la demolición crítica, realizada con precisión de francotiradores, así como un espíritu de riesgo total para la experimentación y el posicionamiento ante los presupuestos sospechosos de la tradición literaria local, caracterizaron la aparición de 400 Elefantes en 1994. Los editores la presentaban modestamente como “Un boletín de poesía” (con textos a máquina y otros escritos a mano). Se proponían divulgar a los poetas no difundidos. Una apuesta por la oscuridad marginal a falta de espacios alternativos. Un llamado de trompeta a los jóvenes para no dejarse sobornar por los sesgos heredados del maniqueísmo ochentero. Una especie de bomba molotov contra cualquier intento de ideologización chapucera de la poesía, del arte y de la literatura. Según el mismo Erick Aguirre lo admite en su Diálogo Infinito (pág 323, “El último vagón del siglo veinte”): “Entonces algunos de nosotros, sobrevivientes de la generación poética de los ochenta, aún hablábamos de la guerra para entendernos y creíamos oír en sus argumentos editoriales una especie de eco permanente de ecos anteriores de argumentos de anteriores revistas juveniles de literatura…” Y es que 400 elefantes fue más allá de los enfoques críticos, a caballo entre el desafío a la cultura revolucionaria que exigía poesía entendible para “los obreros y campesinos”, y el personal compromiso estético no desligado con la ética hacia el pueblo (Un dilema que provocó, al fin y al cabo, más de un remordimiento en las vidas y las obras de esos escritores de los ochenta), que caracterizaron a algunos de los miembros de La Pluma del Cuervo. A los editores de 400 elefantes no parecían importarles mucho esos dilemas. Y mejor aún, no les daba vergüenza admitirlo. Su editores, Juan Sobalvarro, Leonel Delgado, Martha Leonor González, Carola Brantome, no dijeron que iban a romper con esas posturas maniqueas sobre la literatura y la tradición nacional, simplemente rompieron con el descaro y el entusiasmo y la inteligencia a todo riesgo en un ambiente de postguerra que poco a poco derivó hacia un neoliberalismo furibundo en todos los aspectos de la cultura. Y ahí radica la importancia anti heroica de su heroísmo.

 


El papel que 400 Elefantes jugó en ese contexto de fin de siglo, de jaque mate a la cultura ante la invasión despiadada del consumismo, fue el de congregar a los poetas, artistas plásticos, ensayistas, periodistas culturales, narradores, los creadores más brillantes de esa generación, tanto publicados como inéditos, y que desde su marginalidad voluntaria o involuntaria construyeron el verdadero puente entre la generación anterior y la generación del nuevo milenio. La perspicacia de una periodista cultural nata como Martha Leonor, certera para detectar los nuevos talentos y acogerlos con honestidad y generosidad; la valentía de un crítico como Juan Sobalvarro, reacio a creerse la linealidad de la historia oficial en cuanto al exteriorismo y la generación de los sesenta y setenta se refiere; y la lucidez demoledora de un ensayista como Leonel Delgado respecto de los íconos literarios nacionales; así como la genial precocidad, siempre irreverente, de Ezequiel de León Masís, (uno de los poetas y pensadores literarios más versátiles e importantes de esa generación); así como la poesía transgresora de Carola Brantome, consolidaron un espacio cultural y literario por donde aparecieron y se dieron a conocer y a reconocer, los creadores más genuinos, algunos casi marginados, de las generaciones anteriores (como Juan Chow; Donaldo Altamirano, etc…); de la generación de los noventa, como Ninfa Farrach; la narradora María del Carmen Pérez; el mismo Juan Sobalvarro, poeta de una poesía ferozmente individual, y de una narrativa descarnada con Perra Vida; Agenda del Desempleado; Para qué tanto Cuento; El dueño de la pelota, una obra que desde la experiencia de la guerra y la postguerra no hace ninguna concesión a la nostalgia por los ideales rotos, sino a la crudeza del dolor ante la manipulación ideológica venga de donde venga. La misma poesía de Martha Leonor (desde la Casa del fuego hasta Palomas Equilibristas), se inscriben en esta violenta irreverencia en la búsqueda de la individualidad y la libertad creativas.

 


Sería abusar de este espacio enumerar los logros de 400 Elefantes a lo largo de los años. Desde que dejó de aparecer en papel para pasar a incorporarse al mundo digital, siendo una de las primeras revistas de literatura que dio ese valiente paso y sobrevivió para contarlo. Luego al convertirse en un importante sello editorial donde han sido publicados muchos de los poetas y narradores más activos de esa generación. Desde Carlos Castro Jo (Tambor del pueblo) hasta Jorge Campos (Árbol en ruinas), quien más bien pertenece a la última generación de poetas en Nicaragua.

 

Es indudable que hoy por hoy, y luego de la re-oxigenación que ha sufrido el proyecto con la salida de Martha Leonor de su labor en La Prensa Literaria, desde donde también continuó promoviendo a los poetas y narradores jóvenes tanto de Centroamérica como de Nicaragua, es muy probable que los 400 elefantes que nunca renunciaron a su vocación saludablemente dinamitera contra la estulticia cultural, todavía tengan mucho que ofrecernos. Su legado, como la revista y el proyecto que albergó a los creadores que protagonizaron el ajuste de cuentas crítico literario más explosivo y referencial de los noventa contra el legado cultural más que cuestionable de la guerra de los ochenta, seguirá entre nosotros como un referente que no se puede perder de vista, como un puente entre la niebla del fin de siglo, un puente que hemos atravesado bajo un sonido de trompetas entre misteriosos cementerios paquidérmicos.

 

© Literofilia Ltda. • Diseño y programación:Tormenta Cerebral • © Nimbus 1.0