Literofilia
Ciudad de Cipotes
En busca de las preguntas
Por Camila Schumacher | Ilustración Cesaly Cortés
13/10/2017

Poco más de cincuenta páginas alcanzan de sobra para perfilar personajes encantadores -como el abuelito de Luca que prepara chocolate caliente o Estefan que tirita cuando se enfrenta con la violencia- pero, sobre todo, nos presentan un modelo educativo distinto: utópico y eficaz, sano y simple. 

La regla del tres, las filas en el comedor, la escalerita de las equivalencias, la letra cursiva, los mapas mudos, la ley del recreo y los actos cívicos: la escuela es ese retazo de infancia al que ni siquiera los más nostálgicos sueñan con volver. Allí, donde, -entre otras cosas-, aprendimos a hacer silencio, a pedir permiso para ir al baño y a demostrar nuestros conocimientos en exámenes de selección múltiple… Allí, si fuimos felices, probablemente, no nos dimos cuenta hasta años más tarde. Distinto sería si nos hubieran matriculado en una escuela al revés como la del libro ¿Por qué los adultos son tan amargados? De María del Mar Obando Boza.

 

Poco más de cincuenta páginas alcanzan de sobra para perfilar personajes encantadores -como el abuelito de Luca que prepara chocolate caliente o Estefan que tirita cuando se enfrenta con la violencia- pero, sobre todo, nos presentan un modelo educativo distinto: utópico y eficaz, sano y simple. Cada capítulo desgrana el paso a paso de la construcción colectiva de conocimientos. Desde el buceo a profundidad en la cabeza de cada cual hasta la búsqueda de soluciones creativas y colectivas para los conflictos.

 

Conflictos de verdad como la falta de dinero, como la guerra, como la dificultad de sentir las emociones con el cuerpo, en ellos se sumerge la escritora – maestra que no arruga la cara y le da la palabra hasta al niño gordito con anteojos. Así, el aporte de este libro no radica en los recursos literarios ni en juegos de palabras sino en la sorpresa de que exista -aunque sea en la cabeza de la autora- una escuela que le pertenezca a sus alumnos, a la que ellos quieran ir, en la que se sientan seguros y dichosos, jueces y parte.

 

Los juguetes, las mascotas, los libros, la ida cotidiana al supermercado son parte entrañable de la infancia y de este libro en el que los adultos no son amargados porque aunque anden a las carreras escuchan a los pequeños y, cuando no tienen una respuesta, lo admiten con ternura. Quizá el mayor legado que nos deja la lectura, -al menos a los adultos-, es el de proponernos ser mejores interlocutores, el de permitirnos anhelar maternidades, paternidades, abuelidades y docencias que se alejen del adultocentrismo.

 

Los dibujos que -a tres tintas y con humor- completan la propuesta tampoco son inocentes. Los niños son retratados con sus gracias y sus penas, las mujeres tienen tetas y los ladrones armas y ojos inyectados. Entonces, no basta con recomendarlo, hace falta darle las gracias a María del Mar y a Stephanie por atreverse a crear a dúo esta novela que es un mapa de ruta para quienes a pesar de haber crecido nos resistimos a ser unos amargados.  

 

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