Literofilia
Ciudad de Cipotes
Más dudas que ideas
Por Byron Espinoza | Ilustración Cesaly Cortés
15/10/2017

Este libro de Molina hace que me pregunte: ¿una obra literaria puede ser catalogada como infantil y juvenil tan solo porque un niño la protagoniza? Quiero decir: ¿estamos ante un relato de ciencia ficción tan solo porque alguien viajó al pasado o porque se habla de naves espaciales y porque se crean neologismos? Francamente, lo dudo. 

“Siempre he creído que la ciencia ficción es, esencialmente, una literatura de ideas, en la que gran parte de su magia se basa en especulaciones del tipo: ¿qué sucedería si…?” Con estas palabras, Miquel Barceló inicia su presentación del libro Lo mejor de Fredric Brown, antología recopilada y presentada por Robert Bloch (Ediciones B, Libro Amigo 60, 1988). No es gratuito que las traiga a colación para referirme al libro El secreto de Encélado y otros relatos de ciencia ficción, de Iván Molina (Editorial La Jirafa y Yo, Colección Balcón Abierto, 2016), la cual “se propone ensanchar el mundo joven con obras de autores costarricenses y extranjeros que tradicionalmente han escrito para adultos”.  Entonces, para ir diciendo las cosas como son, creo que ni estamos ante una literatura de ideas ni ante la obra de un escritor que escribía para adultos y ahora lo hace para jóvenes. Como bien lo dice Molina en el prólogo, refiriéndose a los relatos allí incluidos: “excepto el último, fueron escritos entre los años 2002 y 2009 y forman parte de varias antologías de cuentos costarricenses de ciencia ficción ya agotadas”.

 

Este libro de Molina hace que me pregunte: ¿una obra literaria puede ser catalogada como infantil y juvenil tan solo porque un niño la protagoniza? Quiero decir: ¿estamos ante un relato de ciencia ficción tan solo porque alguien viajó al pasado o porque se habla de naves espaciales y porque se crean neologismos? Francamente, lo dudo. Pero más que hablar de géneros y etiquetas, prefiero hacer hincapié en la importancia de escribir bien y de lograr verosimilitud narrativa. Porque como lectores podemos creernos todo tipo de situaciones, siempre y cuando estén bien contadas, pero este no es el caso. Molina se muestra como un ingenuo y aburrido narrador del siglo XIX, novato y de estilo pobre e hiperbólico.

 

En “Los peregrinos del mar”, un hombre le cuenta a su nieto un episodio de su infancia: cuando su abuelo lo llevó a conocer el mar. Dicho texto comienza así: “El viejo volvió a ver a su nieto, le dio la última chupada al cigarrillo y levantó la vista a un cielo tan colmado de aviones y naves espaciales que, solo por excepción, se veía el titilar de alguna estrella.  Estaban en la azotea de un edificio de treinta pisos, parte de los nuevos residenciales populares de los barrios del sur de San José”. Esto quiere decir dos cosas. La primera, que estamos en el futuro, y la segunda, que “esto es ciencia ficción”. Luego de este párrafo introductorio, el narrador pasa a convertirse en protagonista: “─Cuando tenía tu edad mi abuelo Jeremías me llevó a conocer el mar. En esa época, el sistema de transporte público ya había colapsado, así que tuvimos que irnos a pie, de San José a El Coco, que era la única playa que, entonces, no era privada”. Aquí surge una interrogante. A lo largo de la historia siempre se menciona a quien lo llevara de paseo de la siguiente forma: “Al abuelo se le ocurrió la idea de llevarme…”, “Mamá no sabía que el abuelo ya había decidido llevarme…”, “Aunque el abuelo no les prestaba mucha atención…”, “El abuelo y yo nos turnábamos…”, “pero el abuelo, sin decirme nada…”; y hacia el final lo llama en dos ocasiones por su nombre propio: “Jeremías, en cambio, miraba a lo lejos…” y “Jeremías, que estaba muy serio y callado, me dijo entonces…”, todo sin volver a pasar de protagonista a observador. ¿Quién, en una conversación, deja de llamar a su madre o a su abuelo de ese modo para de pronto llamarlos por sus nombres de pila? ¿El viejo que de nuevo es niño para contarle a su nieto lo que vivió con su abuelo de pronto se vuelve el adulto que es para llamarlo Jeremías? 

 

En “Inmigrante frustrado”, por ejemplo, una pareja que vive en el año 2196 decide viajar a la Costa Rica de 1909, para celebrar por adelantado los 50 años que cumpliría el hombre, que narra lo acontecido. Leemos: “me tomé el tiempo necesario para apreciar la bella Estación del Atlántico; después, al contratar la volanta, le indiqué al cochero que condujera despacio. Bajo una luna llena brillante, reconocí la silueta del Monumento Nacional, me enamoré de los palacetes que bordean el Paseo de las Damas, saludé con respeto al Edificio Metálico y disfruté los cuidados jardines del Parque Morazán, cuyo coqueto Templo de la Música daba la impresión de que, en cualquier instante, se presentaría una orquesta maravillosa y empezaría a tocar”. Mucha pompa y reverencia para colorear objetos y lugares, con adjetivos que corresponden más al autor que al narrador.  Más adelante, un nuevo derroche de lugares comunes: “era un luminoso día de verano y el sol acariciaba con sus brillos dorados el verde oscuro de los cafetales y el rostro curtido de campesinos y jornaleros”. La ampulosidad para colorear personajes, objetos y lugares es constante: “el extraordinario poeta modernista Roberto Brenes Mesén”, “el prestigioso Colegio Superior de Señoritas”, “el célebre artista José María Figueroa”, “el temido bandolero Pilar Jiménez”, todos en el quinto relato, “Venus desciende”. En este, también podemos leer: “Isidro inició el capítulo tercero con una poética semblanza de Maximina Giralt, la inteligente, bella y virtuosa prometida del reconocido médico Alejandro Incer”. Y más adelante, siguiendo con la pluma de Isidro, leemos: “En las faldas del volcán, cerca de la cumbre, diminutos y breves resplandores interrumpían la inminencia de la noche”.

 

El problema con este tipo de descripciones ─aparte de lo pomposas─ es que aparecen tanto en boca de los personajes como de los narradores, y en ocasiones resulta imposible distinguirlos, pues todos hablan con el mismo registro. No hay personajes sólidos que transiten por las páginas del libro con vida propia.

 

En el cuento “La pirata Ramafá”, un personaje que cumple cuarenta años es ascendido a la vicepresidencia de Democracy for Export (DEX); mientras vuela de Venus a la Tierra, su nave ejecutiva es interceptada por una pirata y secuestrado por seis meses. Aquí volvemos a toparnos con esa escritura ingenua que a lo largo del libro nos ha acompañado: “Inesperadamente sentí una presencia a mi lado y, en efecto, unas manos fuertes y varoniles me condujeron a lo que luego resultó ser una mesa.  Me senté vacilante y, de pronto alguien colocó una cuchara en una de mis manos.  La cena ─una sopa de verduras, frugal e insípida─ estaba servida”.  ¿Son realmente necesario esos “inesperadamente”, “en efecto”, “de pronto”, o son más bien típicos en quien no sabe crear tensión narrativa sin trucos obvios?  ¿Unas manos femeninas no pueden ser fuertes?

 

En “Pandora inminente”, Lucas, quien desde niño brilló por su gran talento, luego de obtener una maestría en física y realizar un doctorado en el New Tulane Institute of Tecnology rechazó todas las atractivas opciones de empleo  que le hicieran reconocidas universidades y poderosas corporaciones, para dedicarse a su pasión infantil: la magia. Con habilidad combinó viejos trucos con nuevos avances científicos y se cotizó hasta convertirse en millonario, nacionalizarse estadounidense y andar de amorío en amorío con modelos y actrices.  Minutos antes de iniciar una función en The Florentian (Resort, Hotel & Casino) contesta una llamada de pocos segundos donde capta que algo grave ocurría.  “Profundamente preocupado por la llamada, terminé de prepararme para salir al escenario.  Apenas iba a iniciar la función uno de mis asistentes me indicó desde los bastidores que tenía algo urgente que decirme.  De prisa, me disculpé con el público, aterrado por la imagen de que una tragedia acababa de golpear a mi familia; pero, aunque no se trataba de eso, el alivio que sentí fue efímero. De improviso, varios agentes federales me solicitaron que los acompañara.  Pregunté por qué y su respuesta fue indicarme que guardara silencio.  Al insistir en que me explicaran las razones por las que me detenían, trataron de esposarme.  Me resistí, empezamos a forcejear y, en la lucha derribamos uno de los telones principales, para beneficio de las cámaras de televisión”.  Veamos: ¿estamos hablando de un artista de clase mundial que de manera poco profesional responde a su teléfono antes de iniciar su espectáculo y, peor aún, ya en escena se disculpa con el público y se retira para atender el llamado de uno de sus asistentes? ¿En serio? Me parece extraño sabiendo de músicos y actores que dan su función y vienen de enterrar a su madre, por ejemplo.  Además, se trata de un prestigioso lugar donde los agentes federales entran como perro por su casa a detener a alguien. Bueno, en el futuro esas cosas pasarán.  También extraña que sus asistentes no lo acuerpen mientras lo detienen y que los oficiales de seguridad del sitio en cuestión no aparezcan.

 

El cuento final, que da título al libro, nos describe a sus personajes principales con simples clichés, superficiales, poco interesantes: “Ana era de la militancia, las utopías y la búsqueda constante de nuevas experiencias y desafíos; y Julián el de los plazos, las probabilidades, los caminos seguros y las superficies firmes y estables.  Al final, cada uno logró ser un poco como el otro, pero con el paso del tiempo la soñadora ilimitada y su barón rampante ya no eran los mismos del comienzo: y sus vidas sumaban años, sus prioridades empezaron a variar y a diversificarse.  Conscientes de lo que sucedía, fueron lo suficientemente sensatos para conversar sobre el asunto y terminar de manera amistosa”.

 

Puedo afirmar que esta literatura más que de ideas es de dudas, y no precisamente porque me plantee interrogantes, sino porque me cuestiono por qué no hay ni rigurisodad narrativa ni lenguaje imagintativo. Los relatos se quedan la mayoría de las veces en ideas interesantes sin un desarrollo afortunado, con personajes desabridos, donde las situaciones apenas se mencionan y los desenlaces son fáciles y previsibles. Historias que por momentos parecen relatos costumbristas (pero con naves espaciales de por medio), plagados de antojadizos y planos datos históricos que no logran llamar la atención ni aportar al conflicto, con biografías de personajes que irían bien en una solapa de un texto académico pero que aquí sobran. Se hace evidente que la formación de historiador del autor le hace una zancadilla a la hora de escribir ficcion. Aún así, cabe preguntarse si esas ideas que en un principio pueden parecer interesantes hubieran llegado a puerto seguro de la mano de un narrador con más oficio y pericia.

 

¿Qué es la ciencia ficción? ¿Interesa esta solo a los jóvenes? ¿Sirve como base para su formación? ¿Basta con algunas cuantas menciones tecnológicas o técnicas para engancharlos en la lectura? Con libros como este no puedo evitar hacerme estas preguntas, pues eso me preocupa más que cualquier secreto del océano de Encélado.

 

© Literofilia Ltda. • Diseño y programación:Tormenta Cerebral • © Nimbus 1.0