Literofilia
Ventana de traspatio
Mosaico tropical
Por Berman Bans
20/09/2017

Hablar de la nueva literatura nicaragüense supone cierto ejercicio entre el entusiasmo y el escepticismo, que de alguna manera constituye de hecho un reto no exento de peligros para quien se aventure a esta tarea tan necesaria como ingrata respecto de los efectos que la injusticia o la justicia de los enfoques podrían tener para los lectores, y sobre todo para los lectores que se consideran creadores y protagonistas de dicho proceso de ruptura y continuidad que es, en esa dialéctica tensa entre la tradición y la aventura, una de las principales características de los escritores que han surgido en los últimos 20 años en Nicaragua.

Uno de los principales peligros es recurrir a la manida clasificación generacional; esa incierta referencia que va de un tiempo A a un tiempo B respecto a las fechas en que nacieron los escritores, aderezada por el intento de encasillar en una capilla ideológica o grupúsculo literario a algunos de ellos (con razón o sin razón), como si estos grupos, (que de hecho se dieron unos más efímeros  o más importantes que otros),  realmente reflejaran una posición estética X para los autores incluidos o, peor aún, una bandera estética en común bajo la cual uniformarse. Nada más lejos de la realidad en ese sentido. Esto debido a que otra de las características evidentes de la nueva literatura nicaragüense es precisamente la diversidad de las búsquedas y de los intereses, marcadamente personales, en las obras de los narradores, y por supuesto de los poetas que han aparecido publicados en los últimos veinte años.

 

 ¿Sería entonces inútil del todo tomar en cuenta las edades y los contextos empíricos en que estos escritores nacieron y se educaron o se des-educaron respecto de la realidad que mal que bien ha nutrido los temas y formas de sus búsquedas literarias? ¿Sería inútil señalar puntos en común entre estos autores respecto del fenómeno literario o la cultura que les tocó asumir? Por supuesto que no. Definitivamente los escritores, como todos los hombres, son condicionados por las circunstancias históricas  y culturales en las que nacieron, y fueron formados o des-formados, y por supuesto que, a pesar de la diversidad de las búsquedas personales, es evidente que estos escritores comparten ciertos puntos en común respecto de la memoria y de la imaginación con que se enfrentan al fenómeno literario, e incluso en la manera en que se  han ido posicionando respecto de la misma tradición literaria que les tocó heredar. Sin embargo, sería ingenuo y hasta pernicioso encasillar a estos autores en una denominación generacional que apele por ejemplo al título “nacidos entre 1975 y 1992”, (uno de estos escritores solía decirme, con sonriente sarcasmo, que esos antojadizos clasificadores de fichero, deberían añadir “mal” nacidos entre el año tal y tal a los títulos de sus ensayos), o peor aún a conceptos generales, sacados de la manga por algún escritor anterior a ellos, para meterlos a todos  en el mismo saco apelando al “mood” de desencanto general respecto , por ejemplo, de la utopía revolucionaria o del fallido proyecto Nación como si eso fuese suficiente para ponerle nombre y perfil definido a una generación de escritores cuya definición principal es que se encuentran aún en un proceso creativo por lo demás germinal, y cuya posición respecto al proceso revolucionario ocurrido en Nicaragua en el Close Up de la guerra fría, y a la literatura que produjo dicho proceso social, no es el típico mood de tristeza o desencanto por la caída o la traición al proceso revolucionario, sino más bien un posicionamiento crítico, revisionista más que nostálgico, inquisitorial más que complaciente, con ese mismo proceso, pero sobretodo, con la literatura que se produjo antes, durante, y después de ese mismo proceso, y que en Nicaragua llegó a ser, todavía bien entrados los años  noventa, el canon exigido para las editoriales y los jueces de la cultura que aún manejaban a diestro y siniestro  los términos “diversionismo ideológico” para las obras y autores que se salieran  de ese molde tan  necesario para cierto tipo de adoctrinamiento ideológico de supuestos alcances latinoamericanos.

 

 

De este modo renunciamos a cualquier término folklórico o folklorizante para denominar a esta generación, por más que a muchos autores les haya  resultado encantador y hasta muy “chic”,  el término o los términos que al dedazo les impusieron en su momento por parte de los escritores protagonistas de la Guerra Fría para proyectar en ellos, los jóvenes del nuevo milenio,  el desencanto o la nostalgia por la caída del muro de Berlín, una nostalgia y desencanto que en realidad les corresponde más a ellos, la vieja y prestigiosa guardia de los años sententa y ochenta, que a los apenas nacidos en esas dos décadas y que empezaron a publicar a fines de los años noventa o, con más intensidad, a partir del nuevo milenio.

 

  De ahí que hay que ser un poco escépticos en ese sentido. Muchos de los poetas e incluso narradores promisorios que aparecieron entre 1998 y el 2008 publicando intensamente  en revistas, blogs, en pequeñas editoriales,  o que fueron parte de alguna antología novedosa en su momento,  o pertenecieron de manera beligerante a alguna capilla literaria tan efímera como el humo de una bocanada, han dejado de escribir o de publicar o simplemente desaparecieron del mapa. La gran mayoría simplemente se dedicaron a otras cosas y abandonaron la escritura creativa o cualquier conexión con el diálogo literario actual, o simplemente dejaron de interesarse por publicar o participar del fenómeno. Y, en esto sí hay que arriesgarse a permanecer saludablemente  escéptico, cuando uno valora la calidad estética de lo publicado en esos años desde la óptica actual, son muy pocos los que realmente soportarían un verdadero examen crítico respecto de la calidad de sus propuestas. Sea porque no se dieron el chance de evolucionar de la pirotecnia  juvenil típica del escritor novato hacia una conciencia más profunda del oficio, sea porque en realidad confundieron la literatura o el lenguaje poético con las pasarelas deleznables del mundillo literario, sea por decisiones personales o vendettas despiadadas en lo editorialmente comunitario, o simplemente , más allá de los entusiasmos juveniles puñeteros, simplemente carecían de conciencia creativa  existencial o del más mínimo talento. Sin embargo, ha habido entre los poetas y los narradores un resto que ha perseverado con una honestidad valiente, intensa y autocrítica de sus propias búsquedas y de sus propios límites. Y es a ellos a quienes estaremos dedicando periódicamente, y según este espacio lo permita, la mirada fisgona del tipo que se asoma a la ventana del traspatio para espiar los quehaceres de su esbelta y seductora vecina mientras cuelga sus sábanas y sus calzones al sol, sin sospechar la mirada entusiasta que se le dedica, con obsesión de voyeur, desde este lado del muro.

 

  Así pasamos del escepticismo al entusiasmo, pues los escritores y escritoras de los que hablamos, aún con sus obras en trayectoria hacia el mediodía de su poder creativo, presentan ya una gama muy rica e interesante en sus búsquedas personales, en sus influencias e intereses, en los temas que abordan y en la manera en que los abordan; desde el homoerotismo celebratorio de la poesía de un Héctor Avellán hasta el mismo homoerotismo dramático, casi ruinoso, de un poeta como Jorge Campos, o de un narrador atento como Carlos Luna; desde la violencia social  en la narrativa de Luis Báez hasta la violencia underground, sin moralejas, de un narrador como Manuel Membreño; desde el pathos existencial de una poeta como Alejandra Sequeira hasta la oscura rebeldía de una poesía como la de Jazmina Caballero; desde el voyeurismo de un Javier Blandino hasta la videncia casi incestuosa de una narrativa como la de Fátima Villalta, podríamos decir que la literatura nicaragüense actual aún está viva, aunque bastante descreída de las ingenuidades e ingeniosidades culturales con las que quisieron aleccionarla a lo largo del camino, dispuesta a ofrecer aún sus platos fuertes, inclasificables a veces,  para cualquier lector medio.

 

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