Literofilia
Postdesencanto
Poesía: Entre lo solemne y lo mordaz
Por Guadalupe Vargas Díaz
14/02/2018

Para Carlos Francisco Monge la poesía tiene un efecto de trascendencia y nobleza pero, a su vez, esto no impide que el escritor apunte con agudeza irónica y sarcasmo toda la parafernalia que acompaña el oficio poético: “Soy un poeta, amigos, señores académicos,/no quiero ni gramática ni normas ni edictos”. 

La tarde en la que me entregaron una copia de Nada de todo aquello de Carlos Francisco Monge fue con la premisa de ser un poemario que había sorprendido a quienes ya lo habían leído, por lo que el libro era recomendado, así comencé a leerlo y en una sentada lo terminé, no porque el libro sea “fácil de leer” o sea particularmente breve, sino porque aparte de estar atrapada, por el aguacero que asediaba esa tarde de setiembre, en un salón de una biblioteca de la UCR, el poemario; además de ser hermoso, presenta reflexiones esenciales sobre el ejercicio escritural, es un libro que acerca y confronta la médula creativa de la poesía y de los y las poetas y lo hace al fundir la poesía con la vida a partir de una visión aguda e irónica que; sin embargo, conmueve. Nada de todo aquello habla de la pureza de la poesía y sobre regresar a lo verdaderamente importante de esta, escribirla.

 

Para Carlos Francisco Monge la poesía tiene un efecto de trascendencia y nobleza pero, a su vez, esto no impide que el escritor apunte con agudeza irónica y sarcasmo toda la parafernalia que acompaña el oficio poético: “Soy un poeta, amigos, señores académicos,/no quiero ni gramática ni normas ni edictos”. Así, para Monge, un poema no es más importante que un buen partido de fútbol pero, a su vez, el acto escritural es uno de valentía, es un oficio que se vuelve vida. Los versos finales de Nada de todo aquello dicen lo siguiente: “dame la palabra,/ que moveré el mundo”, es la palabra el elemento esencial sobre el que reflexiona Monge en este poemario publicado por la EUNED en el 2017.  En pocas palabras, este libro está conformado por una dicotomía que polemiza la poesía actual en todas sus acepciones con el acto fundamental de escribir.

 

Monge reitera que la poesía es un acto solitario y es esta visión de la escritura y la figura del escritor o escritora lo que me resulta más interesante, este poemario es más que un ejercicio metapoético, es el oficio poético que se dibuja sin pretensiones y con vulnerabilidad, así se refiere a la escritura de poesía de esta manera: “es tan solo un oficio divertido,/ gratificante a veces, eso es cierto/ pero un oficio más sin otro rédito/ que este afán/de atar cadenas y cadenas”; en este poemario, la poesía se presenta indisoluble con la vida misma, la figura del poeta se muestra accesible, por lo que su poesía cavila sobre el ejercicio escritural pero creo que detrás de lo abstracta que puede ser la noción de palabra, Monge adentra al lector en la intimidad del quehacer poético, es la sinceridad del proceso creativo y lo superflua e irónica que puede ser la escritura y lo que la rodea.

 

Ahora bien, no todos los poemas tratan directamente el asunto de la poesía sino que con versos como: “Duro sin duda, es dejar para siempre/ un cuerpo amado/ bajo los pinos de un cementerio” se demuestra el trabajo introspectivo que conmueve; de esta manera, Monge poetiza la pérdida y la vida simple; como se verá a continuación en uno de los poemas, a mi parecer, más hermosos de todo el poemario titulado “Transitoriedad”:

 

[...] Si la vida se mide por la luz tumultuosa

de los amaneceres

qué decepción, amigos, cuánta infamia,

porque hay momentos suaves, sin ruidos, sin afeites,

sin majestad dejados sin gobierno, al garete, al descuido

sin arte ni parte, en digna brevedad.

 

En donde la fugacidad de la vida y el rescate de los momentos, aparentemente, tediosos en tanto su cotidianeidad, resultan en un poema magnífico que surge a la luz de la literatura pero que, a fin de cuentas, fusiona literatura con vida y es así como lo habitual, lo perecedero y lo monótono pueden tener una cualidad poética; es decir, pueden ser solemnes y, de esta forma, Monge problematiza, nuevamente, la suntuosidad con la que se ha insistido en encasillar al ejercicio poético para traerlo, otra vez, a su sustancia, una más noble y desprovista de ornamentos antojadizos.

 

Finalmente, en el poema Ronda por los poemas, Monge reflexiona acerca de la escritura de este poemario y concluye el poema al afirmar que los poemas “son cordajes seguros en medio de la zozobra/ fibrosos, bien templados,/ seguros de aguantar, de resistir” Es así como también, en mí como lectora, persiste la idea de la poesía como una potencia que pervive, como un oficio que sobrevive y que tiene la nobleza del acto solitario y valiente, este es un recordatorio que Carlos Francisco Monge deja perenne en los lectores, por lo que me atrevo a decir que resulta urgente la lectura de este poemario por parte de escritores y escritoras, para que la poesía resista: solemne y mordaz.

 

© Literofilia Ltda. • Diseño y programación:Tormenta Cerebral • © Nimbus 1.0