Literofilia
Rusticatio (Guatemala)
Erotismo y violencia: Oficio de genitalia
Por Carlos Gerardo González
22/01/2018

Oficio de genitalia es el uno de los dos últimos libros publicados por Rafael Gutiérrez. Se publicó en 2016 y se presentó en 2017, ante no más de cinco o seis asistentes. Lejos del ruido, de las luces y el espectáculo literario, me parece que la presentación del libro fue acorde a su contenido. 

Una presentación a la que asistieron lectores, poetas y artistas del ámbito local. Se trataba de la modesta aparición en público de un texto que a todas luces merecía más atención. Su autor seguramente lo sabe. Algunos lectores, como yo, lo intuimos. En lo personal, me parece que es uno de los libros de poesía más interesantes y alucinantes que se han escrito recientemente en Guatemala. Hay mucho qué decir sobre él, además de lo que diga en este breve espacio. Un libro que incomoda, que hiere, que ofende los más anquilosados nichos de la moral conservadora.

 

En primer lugar, se agradece un texto que se aventure como suicida lejos de las latitudes de la corrección política. A lo mejor resulte insensato, y sin embargo, el libro encuentra ahí la posibilidad de una transgresión real. No se trata de la transgresión impostada del discurso erótico común, oficial, quedabien, que ya está inscrito y casi normalizado. Se trata de una transgresión que alza la cabeza buscando las nuevas formas de normalización para hendir en ellas sus colmillos. El tratamiento del tema de la prostitución: las putas y los puteros, como el libro los llama, es casi una afrenta. Entre la audacia y la insensatez, el libro sabe reconocer esa barrera y en ella se yergue con una voz masculina.

 

Las críticas desde el feminismo encontrarían en el texto una gran cantidad de asideros. Un campo amplio para explayarse. Sin embargo, también es posible cuestionar –desde el mismo feminismo– el ámbito de la poesía local escrita por hombres. La supresión del erotismo masculino, la invisibilización del cuerpo de los hombres en el discurso erótico hecha por ellos mismos también es, a mi parecer, un machismo enquistado en el contexto literario per sé.

 

En un primer momento está el descenso, no se trata una caída libre, de un hundimiento, un enterrarse. Un epígrafe de Carrión nos previene de esa perforación en una oscuridad pastosa, un descenso voluntario, sin gritos de auxilio, sin vistas a la compasión. Descender a la madriguera del conejo, o al “putero” que es un agujero en noche. Sabemos entonces que estamos frente al burdel, cuya puerta se vuelve umbral, una puerta a través de la cual es posible desvincularnos de la sociedad, de la identidad, dejar atrás todos los elementos culturales que constituyen la subjetividad y adentrarnos hasta desconocernos. Ser otra persona a través de la imaginación o la alucinación: “un albino profesor de Harvard con acento escuintleco, un diputado cojo argelino que viajaría a júpiter en la Niña o en la Santa María”, dice el libro.

 

 La puta –así nombrada–, se vuelve personaje y a su vez símbolo, entendido siempre desde una óptica muy masculina. Representa la renuncia del amor a través de su súplica rumiante. También se entiende como una forma de asumir la sexualidad de la otredad, desde la violencia de la burla o el cinismo, pero a la vez, desde la perspectiva del fracaso, de la necesidad y del sufrimiento. El libro carece por completo de empatía. Se aferra a una masculinidad violenta, pero con una elocuencia impotente. Porque si bien es cierto que el lugar de la enunciación de estos poemas está asumido con un tono de superioridad, también exhibe en momentos determinados la búsqueda sórdida de la ternura, de la comprensión. Una búsqueda de la vida a pesar de la muerte, un diálogo fastuoso entre Eros y Tánatos.

 

No podríamos nombrar el libro como un libro de poesía erótica si estamos fuera de la comprensión del erotismo de Goerges Bataille. La relación que Bataille establece entre la transgresión como motor del erotismo está presente todo el tiempo. Hay una transgresión implícita en el hecho erótico, que es la que lo sostiene. El libro se vuelca hasta un gesto aún más transgresivo: el erotismo del burdel, prohibido en el imaginario civilizado. Sin embargo, es esta misma prohibición la que dinamita el conjunto de normas “civilizadas” que rigen la sociedad. En este sentido, el libro de Rafa (como deben hacerlo los buenos libros) es un libro que pone sal en una herida abierta.

 

¿Por qué nos afecta tanto? No sabría decirlo con certeza. Podría aventurar a decir que el libro señala la íntima relación entre la norma y la transgresión, que también nos señala. Cito a Bataille: “lo más notable de la prohibición sexual es que se revela en la transgresión”.  Así pues, estamos siendo testigos de un placer cuya noticia la obtenemos a través de su negación. Podría decir también que nos afecta como nos afectan los libros del Marqués de Sade… porque sin quererlo, sin pretenderlo, sin darnos cuenta casi, encontramos en las páginas una sombra de una versión más oscura de nosotros, aunque la neguemos todo el tiempo.

 

Me parece que el poema central del libro es el Poema XXI. Es el que hace el vínculo concreto con otra tesis de Bataille. Nada en el desarrollo del erotismo es exterior al desarrollo de la religión, pues su experiencia interna se basa en el peso del juego prohibición/transgresión. Funciona dentro de esa dialéctica. “El conocimiento del erotismo o de la religión requiere una experiencia personal igual de contradictoria entre lo que se prohíbe y lo que transgrede” (Bataille). De forma intencionada o no, Rafa encuentra como una intención estética en el libro, llevar la transgresión al ámbito religioso, asumiendo el género discursivo propio de la oración (y de la oración central para el cristianismo) para plantear un motivo erótico:

 

Puta nuestra

que estás en tu lecho

levántate/

estira tu lengua

besa el esqueleto

de este difunto que hoy toca tu vulva.

(página 36)

 

La irreverencia ante la solemnidad del acto sexual se vuelve también violencia. Por mucho que su búsqueda vaya tras de la ternura, tras la súplica de encontrar algo más allá del orgasmo, el poeta se topa con ese límite: el límite impuesto por el placer y la billetera, que no le permite ir más allá. Seguir gastando para seguir implorando amor o lástima desde un yo poético distanciado, sin empatía, que se asume desde cierta crueldad.

 

Oficio de genitalia es un viaje pendular del universo hostil que condena la soledad, y la transgresión del universo errático del burdel. Su trabajo estilístico también es valioso, tiende por momentos al barroquismo y al exceso. Es posible que no pudiera ser de otra manera. Este trabajo refuerza un asidero humorístico, que es el tono de muchos de los poemas.

 

“Quisiera / si tú quisieses / acaso poder / si tú pudieses

amarrarme/ aquerenciarme a tu pecho derecho/

lanzarme con mis cuatro narices y mi solo hocico

a las turbulencias de tu agujero huero

sacudir mis plumas como un oso gozoso

de puro amor puro.

 

Me precio de ser una de las primeras personas en haber leído Oficio de genitalia, luego de que el libro saliera a luz el año pasado. Lo encontré audaz, indiscreto, casi impertinente; y es en esa audacia, en esa indiscreción y en esa impertinencia donde logra encontrar su fuerza, donde logra diferenciarse y atraer la búsqueda de los lectores más inconformes. Sin duda es una lectura interesante, que vale la pena hacer, aunque no es apta para moralidades susceptibles.

 

Texto publicado originalmente en La Gazeta de Guatemala 

 

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