Literofilia
Palabras de Barro (El salvador)
Cenizas de Izalco, una novela viva
Por Marcela Lemus Guinea
05/02/2018

Cenizas de Izalco (1982), una novela de Claribel Alegría y Darwin Flakoll. En ella, Carmen Rojas regresa la ciudad de Santa Ana desde Estados Unidos para el entierro de su madre, Isabel. Y así, Carmen se encuentra de pronto en la casa de su infancia, rodeada de la misma gente, los mismos ambientes y la misma sensación que Santa Ana le producía a su madre, mujer casada con un médico y dedicada por completo al cuidado de sus hijos.

 

Poco después del entierro, a Carmen le entregan el diario de un estadounidense, Frank Wolff. Carmen tiene pocos recuerdos de él, sin embargo su tía Eugenia le cuenta un poco acerca de cómo era Frank. Al leer el diario de Frank, Carmen se topa con una cara distinta a la que tenía de su madre: Frank Wolff e Isabel establecieron un vínculo muy cercano durante la estadía de él en Santa Ana.

 

"Después de leer el diario de Frank me siento desorientada, como si casi no la hubiese conocido... Me es difícil soportar esto: no solamente su muerte, sino además la repentina sensación de no haberla conocido".

 

La relación inició con pequeñas charlas sobre el estilo de vida de Isabel, hasta llegar al punto de confiarle a Frank la desesperación que ésta sentía por su vida monótona en Santa Ana. Esta confianza se hace cada vez más íntima, hasta que se enamoran. Frank le propone a Isabel que huya con él, que la llevará a conocer otros ambientes y que incluso puede llevarse a sus hijos. Aun cuando Isabel lo desea, su deber de esposa y de madre y la posición social que tiene en Santa Ana hacen que ella se quede en su hogar y Frank parte de Santa Ana. 

 

Con las voces de Carmen y Frank entretejiéndose, la novela construye dos espacios distintos en una misma Santa Ana. La ciudad es aburrida para Isabel: ella es la esposa, la madre y compañera. Las tías, primas, amigas la aturden con sus visitas sociales. Su vida se dedica a sus hijos. Su única diversión es refugiarse en las historias de sus libros. Santa Ana es pequeña, asfixiante, gris. La lentitud de la vida en Santa Ana no la llena. Por eso cuando Frank llega, se convierte en la chispa que tanto ansiaba. 

 

Yo fui una de las tantas adolescentes que leyó Cenizas de Izalco en las aulas. Confundida por las voces de Carmen y Frank, por las descripciones de la ciudad en que yo vivía también, la novela se convirtió en un reto. Catorce años y una historia qué descifrar de una pasión que jamás había sentido en una ciudad que conocía a la perfección. Fue hasta mi tercer acercamiento (con un par de años más, por supuesto) que la historia me hizo sentir algo. Quizás ver cómo la pasión que Isabel sentía por Frank la llenaba de vida era lo que hacía que el libro despertase también.

 

Siempre que me preguntan sobre novelas salvadoreñas, Cenizas de Izalco es la que salta en mi mente. Y es que espero fervorosamente que esta novela deje de estar presente sólo en los salones de clases y que se convierta en algo más arraigado en los corazones jóvenes, justo como me ocurrió a mí.


Quizás el sentimiento de tedio del cual Isabel se quejaba aún puede sentirse una tarde calurosa en Santa Ana. Una persona atrapada en una casona vieja, sin poder huir por miedo al qué dirán... Sentimientos que podrían pensarse lejanos, pero que aún pueden sentirse al caminar entre las calles estrechas y mirar por las ventanas de la casas desechas de la ciudad. 

 

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