Literofilia
Piel color caribe
Mayra Santos Febres
Pensador y provocador
22/03/2017

Uno de los pensadores más provocadores de  toda la historia del nuestro políglota Gran Caribe es Edouard Glissant.  Nacido en Martinica en el 1928, este febrero 3 recordamos su muerte, la cual ocurrió recientemente , en el año 2011.  Sus obras son demasiadas para ser nombradas. Incluye once libros de poesía,  ocho novelas , teatro.  Sin embargo, son sus ensayos y poéticas los textos más agitadores que he leído de este gran filósofo antillano.

Parece  una broma, pero es verdad. “Filósofo antillano” suena a antinomia o a ironía y no lo es.  En el Caribe francés e inglés, también en el hispanoparlante, hay una fuerte tradición de pensadores de la realidad caribeña que van más allá de la exploración sociológica o la denuncia política.  Son muy poco conocidos y leídos, aun en nuestras regiones. Sólo especialistas académicos reconocen sus nombres y otros menos sus obras. Es una pena que escritores de la region que por hábito, formación o costumbre lean (o dicen que han leído) a Wittgenstein, Sartre, Roland Barthes o Zigmut Bauman, ni siquiera reconozcan el nombre de nuestros filósofos más adyacentes.

 

Tenemos a ensayistas filosóficos clásicos tales como Aimé Césaire de Martinica, Wilson Harris, de Guyana (su libro de ensayos The Womb of Space es una indagación fenomenológica  espectacular a la cosmovisión caribeña). Recomiendo leer a Antonio Benítez Rojo, que explora la teoría del caos y la repetición en el cosmos caribeño en su fenomenal ensayo “La isla que se repite”, y a Ángel Quintero Rivera y su magistral trabajo acerca de la concepción del tiempo y del espacio recopilado en su monumental ensayo “Cuerpo y cultura: las músicas mulatas y la subversión del baile” (2009). En todos estos libros, lo caribeño se explora no como un lugar “objetivo” con un pasado histórico y una particular condición política y económica, sino como una particular manera de ser y estar en el mundo, desde la cual se producen formas particulares de mirar el tiempo, el espacio y la producción de conocimientos desde otras racionalidades.

 

En Discurso caribeño uno de los libros de ensayos que más me gustan de Edouard Glissant, el pensador antillano discute nociones tan abstractas como la relación de lo caribeño con la Historia, el trauma colonial y la producción de “olvidos”, la ansiedad de legitimación y un tipo particular de “melancolia” de la historia que han arrojado mucha luz a mis preguntas acerca de la posibilidad de concebir tiempo, y espacio y por lo tanto “escritura” de otra forma. No sé si a ustedes les pasa lo que a mí,  que la estructura tradicional de la novela se me hace chica cuando intento explicar cómo se vive en mi región del mundo. Esa tensión entre el uso “objetivo” del lenguaje realista racional europeo, la necesidad de hablar de cosmovisiones distintas ( la caribeña, la afro, la indígena) desde categorías ya más amplias que “lo real maravilloso” que se inventó Carpentier en el 1944 y que catapultó Gabriel García Márques en el 1967 me siguen enfrentando a mi práctica literaria. De hecho, este año del 2017, se cumplen 50 años de la publicación de la gran novela de referencia en Latinoamérica, la única que hemos producido que se codea desde ya con Don Quijote de la Mancha. Es por eso que he regresado a Glissant.  Necesito repensar la relación entre historia y novela desde el Caribe.

 

Duele no recorder el nombre de tus antepasados más allá de 4 generaciones. Duele que la historia de tu país rece como una concatenación de gobernantes y otros desastres naturales y que “el cuento” se siga presentando fragmentado, sin una fundamentación profunda que enlace con  el devenir proyectado de un pueblo. Como si la historia de Puerto Rico le pasara a otro, como si una, por más que quiera, no pueda insertarse en la Historia. Tal vez por eso, insisto en escribir novelas históricas mediante las cuales rescato a personajes olvidados, invisibilizados del pasado de mi país. Desde sus vidas y épicas, miro entonces la “historia nacional” a ver si ese margen me permite al fin descubrir el contenido profundo de los fenómenos concatenados al vuelo, a ver si la isla se revela desde su mito ahogado en la oficialidad del discurso.

 

En fin, que leo a Glissant y me topo con que también yo sufro de un mal muy caribeño- el ansia por lo histórico, por “narrar” desde un orden propio mi historia colectiva. Veo que en Centroamérica y su novelística se comparte dicha ansiedad Cruz de olvido, Limón blues y otras novelas recientes así lo atestiguan.

 

O quizás esta ansiedad no sea propia del Caribe , sino de toda la humanidad, o al menos, de esa humanidad que todo el tiempo se ve forzada a legitimarse como humana. Quizás sea ese “elan” lo que nos obliga a escribir para dejar testimonio de los retazos de saberes históricamente negados que vamos recogiendo por el camino y que dan fe de una forma siempre “Otra” de ser y estar en el mundo.

 

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