Literofilia
¿Por qué importa?
Frank Privette
La motivación al final de la acera
13/04/2016

Esta columna sonará, necesariamente, ingenua. Y, antes de ingenua, caerá mal.

La parte de caer mal primero. Tengo dos niños y, como muchos, cumplo varios estereotipos. Uno recurrente es que me preocupa la falta de interés de “estas generaciones” por la lectura, por sus estudios, por cualquier cosa que huela a trabajo o esfuerzo. Por cualquier cosa que no sea una interacción mediada por las nuevas tecnologías. Sea o no cierto que, de los Millennials en adelante, “estas generaciones” quieran las cosas sin esfuerzo y que haya un sentimiento de entitlement, la realidad es que me preocupan, y sé que no solo a mí, las carotas nuestras de todos los días cuando les pido que “por favor, lean” o que “por favor, hagan sus camas” y, sobre todo, que “por favor, hagan sus deberes y, por lo que más quieran, estudien”.

 

Ninguno de los dos (uno de nueve y el otro de casi catorce) ni levanta la mirada de sus tabletas o consolas (qué nombre, ese) cuando se los digo. El menor, al menos, cuando le quito su aparatejo y logro sentarlo a leer/estudiar/hacer cualquier cosa más que mcluhianamente masajearse con alguna nueva tecnología, mantiene su atención por un buen rato (nunca más de una hora, eso sí). El mayor, menos de un buen rato. Pero se intenta. Y se ganan batallas que se tienen que ganar.

 

El padre sufrido de jóvenes adolescentes y preadolescentes, pues.

 

La parte ingenua ahora. En los últimos años, a pesar de lo difícil, he sentido que esas victorias han sido cada vez más fáciles de ganar. Últimamente siento que, por fin, sus hábitos se dan más por razones endógenas que por algún incentivo exógeno, sea en forma de amenaza o de promesa de premios. Y es que creo haber descubierto el secreto para mantener su atención, cada vez por más que un buen rato. Este descubrimiento, verán, es una verdad de Perogrullo pero, como todo hoy en día, puedo decir que “la neurociencia lo ha comprobado”.

 

El secreto del pequeñín lo descubrí más tiempo, felizmente. Recién creo que he descubierto el secreto  del mayor. Pero ambos tienen en común algo tan simple y tan difícil a la vez, que uno se quiere pegar un tiro de no haberlo hecho antes.

 

Decía que hace tiempo había descubierto, sin querer, la solución del pequeño. Pero lo “validé” de manera “científica” hace poco, cuando leí Now You See It  (2012) de la académica estadounidense Cathy Davidson. En ese libro, la autora toca muchos temas, entre ellos la relación de “nuestros cerebros” con Internet (así lo escribe, lo juro), con las nuevas tecnologías, con las nuevas formas de aprender. Davidson también trata sobre el famoso multitasking, sobre la capacidad y la limitación humana de prestar atención, sobre cómo aprendemos desde bebés hasta adultos mayores, sobre cómo podemos incentivar que los jóvenes universitarios aprendan mejor precisamente usando estas nuevas tecnologías. Y lo hace pasando una revista posmoderna a fuentes de información. Desde sus clases en la Universidad de Duke, pasando por investigaciones en Internet, por fuentes literarias, por investigaciones sobre la empresa privada, y por investigaciones  psicológicas y de neurociencia bastante recientes. Analiza técnicas modernas de publicidad, la interactividad del mercadeo contemporáneo, el aprendizaje humano, la comunicación, la persuasión, el trabajo en equipo, y la literatura de ciencia ficción. Es una lectura fascinante, a pesar de que a veces uno siente con Now You See It,lo mismo que uno siente con no pocos libros académicos gringos: que muchas oraciones están escritas adrede como soundbites para ser citados en CNN, en Amazon, y en columnas de Literofilia.com. Davidson nos enseña desde las maneras en que un bebé aprende y cómo su cerebro “poda” neuronas gracias a los estímulos a los que sus padres le dan atención vs. los estímulos a los que sus padres no le dan atención, hasta cómo compañías globales como IBM están manejando el teletrabajo y el trabajo virtual y las tele y videoconferencias. Habla desde Ender’s Game (ver aquí, si no están familiarizados) hasta técnicas de compañías farmacéuticas para darnos las malas y las buenas noticias. McLuhan, por cierto, aprobaría de este libro.

 

En fin, toca muchos temas. Una de sus conclusiones es que es iluso luchar en contra de las nuevas tecnologías. Es iluso luchar contra el multitasking y las dos o tres o cuatro pantallas simultáneas. Es iluso porque estas nuevas tecnologías son una realidad que se quedará y punto. Por cierto que parte de mi interpretación es recalcar precisamente eso: que son nuevas tecnologías. Tecnologías han existido desde que nuestros antecesores de hace cien mil años o más entendieron que un palo era una extensión de sus brazos y que servían para cazar de una manera más efectiva, los palos. Recordando, pues, por tercera vez a Marshall: los libros son tecnologías también, que, en su caso, son una extensión de nuestra memoria y nuestra capacidad de razonamiento. Y Davidson, al igual que McLuhan, habla de cómo estas nuevas tecnologías hacen un énfasis en nuestros procesos cognitivos (el autor canadiense hubiese llamado a esto “un sesgo particular a uno de nuestros sentidos”).

 

Tomando como caso los países de la OECD (ya casi, Costa Rica) Davidson indica que los estudiantes, tanto de los grupos con notas sobresalientes como de los grupos con notas bajas, tienen en común que se quejan que sus lugares de enseñanza no los retan lo suficiente y que los aburren. Los jóvenes, asegura, no están fracasando en este mundo digital porque el proceso educativo no les interesa. El problema es que no captura su atención.

 

Agrega, analizando casos de niños diagnosticados con déficit atencional y citando al Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM), que los casos casi nunca aplican a todas las actividades que realizan los niños sino a las que no les generan interés. El déficit atencional, asegura, no es una enfermedad mental (es decir, una condición fija, biológica o cognitiva) sino una disposición. Y las disposiciones son susceptibles a cambios dependiendo del entorno o de estímulos. “Mantengan interesados a los jóvenes y el déficit atencional desaparece”.

 

Boom. Ganar estas batallas significa capturar la atención de los jóvenes en un entorno mcluhiano de masaje casi permanente. Uf.

 

Entonces aquí es donde viene el hallazgo. ¿Listos? Léanles a los niños. Léanles en voz alta. Inviertan su tiempo en ellos. Háganles sentirse importantes (pues lo son). Métanse en las lecturas, ustedes. Háganles, como dice Neil Gaiman, los sonidos y las voces de los diferentes personajes. Idealmente elijan un libro de páginas grandes, para que ambos puedan involucrarse físicamente pasando de una a otra. Déjenles a los niños elegir los libros. Pero sean parte activa, afectiva en este proceso. No los manden a leer. Así tengan quince o trece o diez o cinco. Involúcrense. Hagan del momento de la lectura un momento lúdico. Eso es lo que necesitan los niños, hoy tal vez más que nunca (recomendado este artículo de la NPR al respecto, también).

 

Entonces, que elijan ellos. Claro. En mucho de esto habrá ensayo y (mucho) error. Y a veces será una lucha extendida. En el caso del mayor, la solución parece estar en dos lados. Por una parte, algo sorprendentemente: Mario Vargas Llosa (estoy trabajando en eso: pero las escenas sexuales que el arequipeño pinta son entendiblemente estimulantes para un güila de catorce – aunque él me diga lo contrario). Por otra parte la ciencia ficción. Sobre el nobel, no tengo la paciencia o motivación para escribir. O al  menos no las tengo en este momento. Veré qué me recomienda Davidson.

 

En el caso del menor, fue un poco más fácil, en parte por suerte, en parte por su personalidad. Pero de que les tomé sus palabras a Davidson y a Gaiman, se las tomé. Entré, de manera interesante, por la poesía y por los cuentos cortos. La rima y lo auditivo, lo tribal y lo memorable (nuevamente gracias McLuhan) es algo poderoso. Comencé, en gran parte por influencia de mi madre, por Dr. Seuss. Continué, también por la misma fuente, con Maurice Sendak. Pasé luego a Carmen Lyra, recordando a más de una “niña” que nos motivó a mí y a mis compañeros a adentrarnos a esos fantásticos y extraños mundos en donde había reyes y reinas y princesas, pero también tradiciones decididamente ticas. Y así, de repente, llegamos a Shel Silverstein.

 

No exagero cuando digo que el menor prefiere realmente a cualquiera de esos sobre cualquier videojuego cuando lo “obligo” a leer. Hay un pleito de un par de minutos, claro. Pero después, silencio. Y una cara sonriente. Y luego, cuando paso a fijarme, el mágico “¿Pa? ¿Me lees un rato?”

 

Carmen Lyra y Dr. Seuss son conocidos en Costa Rica, por diferentes razones. Y Sendak, pues nada más busquen Where The Wild Things Areleído (supuestamente) por Christopher Walken en You Tube, y verán de qué hablo.

 

Pero Silverstein merece ser más conocido que solo entre hijos de papás tal vez innecesariamente preocupados. Y merece ser más conocido que solo entre alumnos de algunos colegios privados que todavía valoran el juego como forma de aprendizaje y la creatividad como forma de enseñanza. Les dije, columna ingenua. Cedo la palabra, al autor, músico, poeta y dibujante Shel Silverstein (1930-1999), con muy pocas muestras de su genialidad, tomadas todas únicamente de uno solo de sus libros. El famoso Where The Sidewalk Ends.

 

La primera experiencia que tiene el lector es la siguiente:

INVITATION

If you are a dreamer, come in
If you are a dreamer, a wisher, a liar
A hope-er, a pray-er, a magic bean buyer…
If you’re a pretender, come all by my fire
For we have some flax-golden tales to spin.
Come in!
Come in!

 

Inocente, genuino, hablándoles a los niños no tanto en su idioma sino en su nivel de entusiasmo. Es una promesa de aventuras, de magia, de risas. Y, página tras página, Silverstein lo cumple.

 

MAGIC

 

Sandra’s seen a leprechaun
Eddie touched a troll.
Laurie danced with witches once,
Charlie found some goblin’s gold.
Donald heard a mermaid sing,
Susy spied an elf,
But all the magic I have known
I’ve had to make myself.

 

Una de las fortalezas notables de Silverstein es presentarle a los niños tanto un mundo mágico, un mundo posible, como el mundo real: el mundo en el que deberán vivir, no de adultos, sino hoy. Un mundo mágico, claro, pero un mundo en donde ellos deben ser responsables de sus acciones. Este poema, y el próximo, son, para mí, los mejores ejemplos de cualquiera instruyendo a un niño a que debe elegir su propio camino, y ser responsable del mismo. Más de un autor de autoayuda, más de un psicólogo, quisiera tener esta claridad y persuasión. Esta magia.

 

 

LISTEN TO THE MUSTN’TS

Listen to the MUSTN’TS, child,
Listen to the DON’TS
Listen to the SHOULDN’TS
The IMPOSSIBLES, the WON’TS.
Listen to the NEVER HAVES
Then listen to me—
Anything can happen, child,
ANYTHING can be.

 

Silverstein puede ser serio con su magia, pero parte de la motivación que genera en los niños, para mí, también se debe a sus silly poems. Este es uno de sus más memorables poemas locos, graciosos:

 

SKY SEASONING

A piece of sky
Broke off and fell
Through the crack in the ceiling
Right into my soup.
KERPLOP!
I really must state
That I usually hate
Lentil soup, but I ate
Every drop!
Delicious delicious
(A bit like plaster),
But so delicious, goodness sake—
I could have eaten a lentil-soup lake.
It’s amazing the difference
A bit of sky can make.

 

Luego, el poema que le da el título a su libro. Leí este cuando tenía tal vez nueve años. Creía que lo había entendido. Y estoy seguro que los niños de nueve, diez, once, lo entiende igual. Pero, al igual que los poemas de “autoayuda”, más de un adulto debería leer y volver a leer esta maravilla, al menos una vez por semana:

 

WHERE THE SIDEWALK ENDS

There is a place where the sidewalk ends
And before the streets begins,
And there the grass grows soft and white,
And there the sun burns crimson bright,
And there the moon-bird rests from his flight
To cool in the peppermint wind.

 

Let us leave this place where the smoke blows black

And the dark street winds and bends.

Past the pits where the asphalt flowers grow

We shall walk with a walk that is measured and slow.
And watch where the chalk-white arrows go
To the place where the sidewalk ends.

 

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