Literofilia
¿Por qué importa?
Frank Privette
A quien muchos deben
17/02/2016

La literatura costarricense puede ser un oficio peligroso. Sus creadores han exhibido rasgos de inseguridad más allá de la norma, buscando freudianamente la aprobación de quienes supuestamente odian, o, peor aún, de quienes dicen que no conocen o no respetan su profesión. Y aunque a veces se cae en caricaturas, debemos tener una cuota de comprensión sobre esta inseguridad. 

La literatura tica no es referente de la literatura universal. Tampoco es referente, salvo algunas excepciones, de la literatura latinoamericana. Francamente, la literatura costarricense ni es referente de la literatura costarricense: quienes realmente leen en este país son un grupo que se acerca peligrosamente al cero. Oficio peligroso para el ego, pues.

 

En cuanto a críticos, que critiquen bajo su propio riesgo. Serán llamados serruchapisos. Y que alaben bajo un riesgo mayor pues serán llamados amigotes, argollas, lamebotas y peor. Pareciera que se sabe que no hay gran significancia. Por eso hay gran ofensa si una OBRA COSTARRICENSE es criticada, no es premiada,  es ignorada.

 

Esta mezquindad, a veces reconocida, a veces no, nos lleva de lo sublime a lo ridículo. Sublime: recuérdese de los maravillosos pasajes de El más violento paraíso en donde bandos de autores libran una lucha campal en las afueras del campus costero de la Universidad  de Costa Rica hasta dejar la Calle de la amargura en total perdición; o bien, este post. Lo ridículo: ataques ad hominem en contra de los críticos en blogs y artículos, posts en redes sociales evidenciando egos heridos, comentarios pasados de tono al conocerse los ganadores (y por ende perdedores) de los Premios Nacionales.  Un oficio peligroso, pues. Por ego, por violencia, o por insignificancia.

 

Pero no es solamente merecedora de mofa la situación. El que la literatura costarricense no sea referente de (casi) nada no es ni por falta de calidad ni por la piel sensible de quienes la hacen. Y no es un referente no solo por el serruchapisismo. Es en gran parte porque no es leída por (casi) nadie. Ni en Costa Rica ni fuera de ella. Si bien el país se ha vendido bien como otras cosas ciertamente los artistas parecen hacerle la cruz al comercio y al vender su obra. Como si saber de mercadeo le restara mérito a su creatividad.

 

Hoy, a pocos días del apocalipsis psíquico que fue la entrega de los Premios Nacionales, y hoy que estamos inmersos en microrrelatos y micropoesía, es un buen momento para recordar a quien muchos deben, mucho. A un maestro de la literatura costarricense. A quien todos conocemos su famoso libro. A quien debemos recordar por qué importa: Carlos Salazar Herrera.

 

Entonces, a sabiendas que soy un nadie en este mundillo pues nunca he escrito nada que valga la pena, y a sabiendas de exponerme a ser quemado en esta tica hoguera de las vanidades (o, peor aún, a exponerme a ni siquiera ser leído) me tomo el atrevimiento de repasar mi cuento favorito de Salazar Herrera. Es un intento de mostrar por qué es un maestro y por qué en este país deberíamos concentrarnos en promocionarnos más y no en andarnos  en mamadas. Venimos de aquí. Podemos ir a otro lugar.

 

Un grito (1947)

“Lo había perdido todo. La tierra, la casa, el sembrado.

Todo lo había perdido. La voluntad, la ilusión, el tiempo.

Hacia la mitad del día, entregó sus bienes al acreedor. Entregó íntegra su hacienda, junto con sus diez años de trabajo.

Su nombre… Matarrita”.

 

Inicio lúgubre, ya terminado. Casi absurdo. Un labriego sencillo, acabado en todo y en apariencia. Matarrita, realmente, podría estar mejor muerto.

 

“Fue allá, por las altas cumbres de Santa María de Dota, donde llegó cierta vez, solo, como caracol ermitaño buscando tierras anchas y milagrosas.

 

También quiso que hubiera playa para tener, de tarde en tarde, dónde echar a navegar la vista.

 

Durante diez años fue transformando en labrantío el campo que encontró obstinado en la apretada montaña. Construyó una casa, pegó en las paredes algunos cromos y aprovechó la callada atención de las cosas, para conversar con ellas.

 

Durante diez años se levantó temprano para descubrir en la siembra, con los primeros resplandores del día, los últimos brotes de la noche….

 

Y aquella mañana llegaron a decirle que ya nada de aquello era suyo”.

 

La grandeza de Salazar Herrera reside en su variado uso de simbolismo y de contrastes. Un recurso recurrente es que desde sus primeras oraciones, en sus cuentos se da una especie de presagio. Bastan unas cuantas oraciones y podemos intuir el final. El simbolismo en Un grito depende del contraste. Por un lado: lo frío, lo solitario, lo egoísta,  lo ajeno a lo supuestamente costarricense. Por el otro:  lo cálido, lo amigable, lo comunitario. Santa María de Dota pudo haber sido una tentación, una oportunidad. En ese lugar el ermitaño construyó su concha a lo largo de diez años, incómodos como el relieve geográfico y el clima. Su esfuerzo le permitió tener algo. Y de repente -algo típico en Salazar Herrera- una mañana ya no tenía nada. Sin mayor explicación excepto que no pudo pagar el préstamo, la vida lo pateó y lo dejó sin nada:

 

“Había obtenido un préstamo con un logrero y… cuando los intereses empiezan a acumularse, simultáneamente la tierra empieza a cambiar de dueño.

 

Llegaron con un pliego de papel, y con la pequeñez de este pliego envolvieron ¡todo cuanto encontraron!

 

Matarrita nada dijo. ¿Qué va a decir un ignorante?… Todo lo había perdido. Hasta el ánimo de buscar una solución.

 

No tuvo una súplica; tampoco una queja.

 

Aún más, añadió una sonrisa…. y se guardó la pena.

 

Al atardecer ensilló su caballo y se marchó, abandonando diez años de sudores y congojas, que quedaron plantados en la tierra para cosecha de otro.

 

Paso a paso se fue alejando de sus sembrados, como quien se marcha de una fiesta donde se han derrochado demasiadas energías”.

 

¿Qué sería de nosotros si, ante un golpe tan fuerte de la vida, no nos guardáramos la pena? Si entendiéramos que ha terminado la fiesta -sea una fiesta, o sea la última fiesta. ¿Qué pasaría si nos resignamos a seguir adelante? Sobre todo si es a lo desconocido, a lo que ignoramos.

 

“En aquellas desordenadas cumbres, durante la época de las cilampas, el frío atormenta las articulaciones y desconcierta el espíritu. Era la época de las cilampas.

 

Matarrita se metió las orejas debajo del sombrero, se frotó la nariz y apretó con las piernas la panza del caballo, para calentarse con el vaho.

 

El viento de agua, a una velocidad disparatada, aullaba como perros con miedo”.

 

Es aquí donde se comienzan a hacer evidentes los contrastes entre lo helado y la calidez. Sin conocer, ni de lejos, la nieve, Matarrita siente que no es natural vivir en lugares tan fríos que desconciertan el espíritu. Un cínico podrá hacer mofa de este proto-costumbrismo. De un trabajador sencillo e inocente. Válido. Pero esa búsqueda de un mejor camino, una búsqueda de la felicidad, es lo que realmente nos está contando aquí el autor – elemento común en muchas de sus obras.

 

“Por allí vivía su novia, con sus padres los Ortegas.

 

Matarrita pensó que debía visitarlos para contarles su fracaso y para aplazar la boda convenida.

 

La casa toda estaba cerrada. Llamó a la puerta repetidas veces. Nadie respondía.

 

–¡Upe!… ¿No hay nadie?… Soy yo, Matarrita…

 

Esperó unos segundos y llamó de nuevo.

 

–¡Ñor Ortega!… ¡Mela!…

 

Acercó el oído a la puerta.

 

–Soy yo… Matarrita…

 

¡Cuántas cosas pensó que podría decirle a la muchacha! ¡Cuántas ganas tenía de que le dieran un jarro de café caliente! ¡Qué gran deseo de fumarse un cigarrito, sentado junto al fogón de la cocina!

 

Luego, pudo observar que una de las hojas de la ventana se entreabría unos centímetros.

 

–Soy yo… Matarrita…

 

La ventana se cerró y pasaron el picaporte, pero la puerta no se abría.

 

–Bueno -se dijo, mientras reanudaba su camino hacia El Empalme–, esto también se acabó”.

 

Fragmento que lee como un poema. Calidez del café, del cigarrito, de la muchacha. Y la fría realidad y el desamparo que le golpean cuando la ventana se cierra. Nuevamente, el labriego sencillo que, ante todo, es honesto: fue para pedir aplazar la boda. Pero en realidad la boda ya había sido aplazada. Bueno. Esto también se acabó.

 

No es que Matarrita sea un desalmado. Añora la calidez del hogar de su novia. Pero tiene su estereotípico orgullo. Y sigue adelante. Será perfectamente que este ser costarricense nunca existió. Pero mucho podríamos aprender de él; mucho tiempo perdido podríamos ahorrarnos.

 

“Le quedaba su padrino, Ñor Aguilar, que vivía no muy lejos, en una planicie talada, a quien no visitaba sino de año en año, para llevarle algún regalito el día de su santo.

 

Allí, con seguridad le darían un jarro de café caliente.

 

Torció riendas a la izquierda y luego llamó a la puerta.

 

La llovizna, casi horizontal, aporreaba las paredes y el viento sacudía constantemente una plancha de cinc mal enclavada.

 

–¡Padrino!… ¡Aquí está su ahijao Matarrita, con mucho frío!…

 

Pero tampoco la puerta se abrió.

 

Matarrita, asomándose por una rendija del tabique, pudo ver que la casa estaba sola. Luego miró alrededor. Había en torno como una pesadilla de desolación y abandono. Era el espectro de la borrasca que en las cimas desabrigadas espanta a los montañeses, quienes huyen buscando los bajíos”.

 

Aunque, al igual que con su novia, no se explica cómo todos, excepto Matarrita, sabían lo que le iba a pasar, es parte de la intención del autor. Es parte de la tragicomedia de la vida, tal vez: la víctima es la última persona en darse cuenta de su situación de víctima. El asunto radica en no aceptar ser víctima, una vez que se es consciente de ello.

 

Frío, nuevamente. Pidiendo calor. Desolación y abandono. Lluvia. Una borrasca que viene. E incluso los montañeses buscan algo mejor. Buscar los bajíos. Donde sí debería habitar el hombre.

 

Claro que esta visión de naturaleza en contra del hombre puede ser, o fatalista o en exceso liberal-decimonónico. Depende del final. Lo particular de Un grito es que ni la naturaleza gana ni lo hace el orden y el progreso social. No es una realidad maniquea, liberal. Es un grito, de inicio a final, de dignidad individual.

 

“Más allá, ni un rancho, ni un alma, ni un pájaro. Sólo el inmenso robledal, fantástico y despiadado.

 

Por un instante, pensó en el calor sabroso de la Bahía de Moín.

 

Ahora, el viento de agua en su trágica carrera cambiaba de paraje y por momentos se acumulaban monstruos de apretada niebla.

 

Los friolentos robles han tenido que cubrirse con musgos y los más añosos se dejaron crecer su “barba de viejo”. En las axilas de las ramas tiritan las orquídeas, y se descuelgan por los bejucos los quejidos del robledal.

 

A veces, una alita de huracán lanza cuchillos de doble filo y, con un estremecimiento, todo el robledal gotea. Pero en el suelo hay una muchedumbre de hongos que tienen forma de paraguas”.

 

Destierro de su otrora hogar. Una distancia que parece de muchos mundos lo separa del cálido Moín. Y frío. Mucho frío. Tan despiadado que atenta incluso a la naturaleza. Su embate aprieta incluso a los majestuosos robles que deben taparse a como puedan. Pero aún así tiritan las orquídeas -ese símbolo de inocencia, de humildad pastoral costarricense- y se quejan los árboles. Hasta los hongos intentan guardarse del gélido ataque.

 

Si la naturaleza misma sufre así, ¿qué efecto tiene en el hombre? (porque, pues, los protagonistas de Salazar Herrera son casi siempre hombres) Esa es una de las muchas connotaciones que nos quedan. ¿Qué hacer ante esta realidad? Realmente es un natura vs. vida humana.

 

“Al llegar a El Empalme, Matarrita se apeó del caballo. Lo cogió por la brida y lo puso de cara a Santa María, dándole un latigazo en las ancas. Acababa de recordar que el caballo… tampoco era suyo…

 

Miró hasta donde pudo a la bestia trotando hacia el potrero, y se frotó las manos libres de riendas”.

 

Manos libres de riendas. Y libres de amarres a la concha, al caparazón, a la piel vieja que lo estaba manteniendo, en realidad, como un hombre viejo plantado cual roble en un lugar desolado.

 

“Fue entonces cuando se dio cuenta exacta de su angustiosa soledad. Se sintió aislado, sin ninguna atadura, sin ninguna querencia, sin ningún derrotero. Y mientras caminaba con su lío de tristezas, se iba extraviando por un atajo estrecho y barroso, en el robledal velado por la neblina.

 

Iba tropezando con los bejucos y la maleza, que se prendían a sus piernas como plantas carnívoras. Iba deshecho, lamentablemente perdido, entre aquel tenebroso de horcas con sus cuerdas colgando, mientras la noche se le venía encima, cargada de silencio.

 

Entumecido el cuerpo por el frío, turbia la mirada por la bruma, embotado el cerebro con las amarguras, tuvo de pronto la extraña impresión de que había muerto.

 

Lo sorprendió el temor de que, en un arrebato inconsciente, se hubiese colgado de cualquier bejuco, aceptando la insistente invitación al suicidio que, durante toda la tarde, había venido susurrando una voz a sus espaldas.

 

Entonces creyó que debía convencerse a sí mismo de que aún no había muerto. Tenía que hacer algo para solucionar aquella necesidad de volver a la vida…”

 

He aquí la autoconciencia de su abandono. Autoconciencia que le lleva a preguntarse si ya ha muerto, pues no hay nada más que frío, aislamiento. No hay nada. Pero, en tanto que nos sabemos, tenemos que poder darnos cuenta si estamos vivos. Temas filosóficos, incluso, en un cuento realista con uno que otro matiz costumbrista. Podrá ser una obra diáfana, como algunos críticos han alegado, pero la narrativa de Salazar Herrera tiene profundidad que hace que no sea una obra simple.

 

“Algo que fuera como una liberación o un desahogo. Algo para dar un hervor a la sangre y un consuelo al alma. Algo para romper el silencio y espantar la tristeza… Algo que tuviera, en un momento dado, el poder milagroso de cambiar el espíritu demasiado confuso de las cosas…

 

Y lo encontró.

 

Se llenó los pulmones de aire, y soltó un prodigioso grito de alegría, que hizo temblar el robledal”.

 

Y he ahí, un grito. Nótese que no es “el” grito sino “un” grito. Uno más, de muchos que han sido y muchos que vendrán. Un grito liberador, que llena los pulmones de calor nuevamente. Que intenta aclarar. Que mueve al caracol ermitaño, que cada cierto tiempo sabe que debe cambiar de hogar, a seguir. Y así cierra su cuento:

 

“Ayer conocí a Matarrita. Me contó su historia. Vive tranquilo en la Bahía de Moín, y se ha dejado crecer su barba de viejo. De tarde en tarde echa a navegar su vista sobre el Mar de las Antillas”.

 

Alguien, como digo, a quien muchos deben.

 

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