Literofilia
Pochemucka
Mishad Orlandini
Cuando la esperanza nadie la detiene
14/09/2016

En esos momentos cuando quieres tirar la toalla. Cuando la pasión se te acaba. Estas harta del mundo literario. Es la quintagésima vez que tu cuenta de banco quiebra por la literatura. Te cansaste de verle la cara de culo a gente que lo único que hace es criticarte.

 Comienzas a considerar opciones laborales un tanto ilegítimas. O el cansancio ha vencido tu amor por la cultura… la mágia aparece. La esperanza vuelve a florecer como la semilla de una flor que brota nueva y vigurosa a la par de una marchita.

 

Escena 1

 

Cambié de domicilio. El Transmetro es la opción más cómoda. Tengo la parada debajo de mi casa y me deja enfrente de la Escuela de Artes Visuales donde estoy terminando el Diplomado en Arte Contemporáneo. Soy feliz por las 2 horas de lectura que tengo entre trayecto y trayecto. Me llevo 3 libros como si los fuera terminar entre ida y venida. Gozo haber recuperado ese tiempo de lectura que antes me dejaba en el tráfico. Los primeros días se me derretía el hígado al ver que muchas personas se iban jugando Pokemon Go. Pero una mañana subió un señor de alrededor de 50 años  con rostro cansado y mirada triste. Alzó su mano para agarrarse con la barra superior del bus y con la otra sostuvo un libro que comenzó a devorar con entrega. El libro era “Los hijos del Capitán Grant” de Julio Verne en una ediciónque era parte de una colección de literatura infantil y juvenil de la Editorial Susaeta. De niña amaba esos libros. Yo conocí Rusia de la mano de Miguel Strogoff  y viajé en submarino con esas ediciones de tapa dura, portada blanca y títulos coloridos en degradado.  Esa escena dibujó una sonrisa por el resto del día.

 

Escena 2

 

Al séptimo día de Filgua, tienes el estómago deshecho de los tacos de la zona de restaurante. El sistema respiratorio colapsado por el cambio entre el frío polar del pabellón de la feria y el calor del exterior. El hígado pidiendo a gritos por un descanso etílico y el cuerpo, en general, implorando unas vacaciones ya que la jornada se triplica en esos días. Estaba sola en el stand y una chica entró emocionada con su madre. Ellos son los valientes, mamá, le decía mientras le iba explicando todas y cada una de las historias detrás de las editoriales que estábamos compartiendo stand. Me conmovió. Escuchar la pasión con la que hablaba de cada detalle de gestos  que hemos trabajado en estos 3 años me hizo darme cuenta que todo ese esfuerzo no ha sido en vano. Tantas críticas y  desaires por parte de gente en el “gremio” me habían dado una impresión incorrecta. Reaccioné cuando ya se había ido. Me dieron ganas de llorar, abrazarla y decirle: gracias, gracias, gracias. Son los lectores como ella que le dan sentido a nuestro trabajo.

 

Escena 3

 

Organizamos una lectura en una instalación arquitectónica llamada Play-a-Chomo ubicada en la Plaza de La Herradura dentro del marco del Festival del Centro Histórico. Esa plaza, hasta ahora abandonada, se encuentra dentro del recinto del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias. Diseñada por Efraín Recinos, albergaba unas fuentes, ahora, cubiertas por una plancha de cemento  ya que un imbécil, por un tiempo,  la convirtió en parqueo.  Un equipo de arquitectos internacionales revitalizaron este espacio con esta instalación –Play-a-Chomo- y convocaron a  una serie de artistas para darle vida con una agenda cultural. El miércoles por la noche programamos una lectura que incluiría poesía, mapping y música. Un espectáculo interdisciplinar para comenzar a calentar motores para la nueva Valiente.  La noche anterior nos informaron que ya no tendríamos mapping. Cuando llegamos, no había llegado el sonido. Comenzaba el cagadal. De hecho, nunca llegó. No teníamos infraestructura para exponer libros y, a última hora, logramos que el Ministerio de Cultura nos apoyara con el transporte y logística de una actividad que se planteaba como la pesadilla de Sísifo. Los poetas y escritores llegaron. Álvaro Veliz, el director del Centro Miguel Ángel Asturias, al teléfono localizando a alguien que pudiera prestarnos un equipo de sonido. La tensión aumentaba, el sol caía. Decidimos que lo mejor era cancelar la actividad y el Arq. Veliz se disculpó con los asistentes. ¿Qué piensan?, les alcancé a preguntar a los poetas que iban a leer luego de la disculpa por parte del Director del Centro. Que leamos, dijo Julio Cúmez. Nos sentamos en un círculo más íntimo. Algunos poetas convocados ya se había ido, otros, molestos por falta de infraestructura, decidieron no leer. Arrancó Manu Tzoc, y así nos fuimos animando todos. Leyó hasta el público. Llegaron unos músicos y nos deleitaron con un par de baladas. La noche se pintaba cada vez más surrealista. Álvaro Veliz contó la historia de la Plaza de la Herradura. Su papel en la Revolución del 44, el plan de recuperación de las fuentes enterradas. Sin darnos cuenta, personas se comenzaron  acercar a un espacio que normalmente está oscuro y tras las rejas. Julio Cúmez, joven poeta de Comalapa, me dio una lección que jamás olvidaré. Que se hacen las cosas. Que no necesitamos sonido, mapping y una gran tarima para hacer cultura. Que la cultura acerca a las personas. Que a pesar de todos los percances se puede buscar una solución. Que tenemos que ganar los espacios públicos con propuestas culturales.  Que la poesía no tiene que callar porque no  hay un sistema de amplificación porque tiene nuestra voz. Que cuando las cosas no salen como nosotros lo habíamos planificado le debemos respeto al público aunque sean 3 personas. Que tenemos que ser valientes. Que esa noche éramos 20 pero seremos miles. Que qué arrogancia la nuestra. Álvaro Veliz se acercó a una familia mientras nosotros recogíamos los libros. Era una familia que trabajaba en el Mercado Sur (antiguo Mercado de la Placita Quemada). La pequeña de la familia le dijo que le gustaría ver ballet. Cuando terminaron la jornada se acercaron al ver la Plaza iluminada y con gente leyendo. La misma escena se repitió el sábado cuando regresamos con un grupo de clowns y malabaristas. La escena se repitió. Esta vez Doña Pancha, vendedora de verduras del Mercado, volvió a la Plaza después de 30 años.

 

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