Literofilia
Letra menuda
Pedro Crenes
Contra la inutilidad de la Literatura
20/03/2017

Es común leer y escuchar que la Literatura no sirve para nada, que no es más que un simple ejercicio de ocio tanto para el que lee como para el que escribe, una suerte de entretenimiento burgués frente a la muerte. Semejante afirmación, que va calando hondo en los programas educativos de medio mundo, va sacando de la esfera académica a las Humanidades y entre ellas muy en particular a la Literatura.

El complot contra la Literatura comienza con aquella imagen que vale más que mil palabras. Explicarse no está de moda, no está de moda hablarse, no está de moda escribir un texto largo: si son muchas palabras (no, caracteres), más de 140 o 160, ya son muchas. Hemos alimentado un mundo de pereza lectora a base de imágenes, restricciones en la escritura y una democratización dictatorial de la edición y autoedición que condena a la Literatura a ser un medio mediocre para compartir el pensamiento y la reflexión.

 

La Literatura es inútil en tanto los lectores se han hecho inútiles y los escritores se pliegan al mercado del oropel mediático. La inmediatez, la autocomplacencia, los viajes de feria en feria o de post en post, con el prurito de ser seguidos y considerados “escritores que generan opinión”, impulsa una literatura autodestructiva, que desde dentro desactiva el sistema de pensamiento humano. Leer es ocio y desconexión, ya no es oficio y reflexión.

 

Entonces uno se encuentra lectores en la parada del autobús, en los bancos de un parque, atendiendo en la frutería. Personas que piensan, que no son leyenda ni estadística que confirman tendencias. Lectores que se apartan del “escritor” mediático y se instalan, por su cuenta y riesgo, en la corriente opuesta a la mayoría. Ante la manada, van en dirección contraria. Entonces escuchas la Literatura que se comparten: “Y de ese modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre”. El frutero sostenía un ejemplar de “Pedro Páramo”, con su número de biblioteca en el lomo. “Se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza…, así me pasa a mí”, dijo a su compañero, al tiempo que se levantaba y se disponía a atenderme. El otro, indiferente, leía un periódico deportivo.

 

Ya conté en otra parte, cómo una mañana un tipo alto y fuerte, me dijo: “¡qué bueno es Borges!”. Levanté la vista del libro amarillo, “Nueve ensayos dantescos”. Sí, le respondí y enseguida quedamos hablando de libros. Es vigilante de seguridad, frecuentador irredento de la biblioteca municipal, recomendador de libros a cuantos se dejan: “¿Leíste a Padura?”, y así cada vez que nos encontramos.

 

El compromiso de un buen escritor es escribir una buena obra. En palabras de Luis Mateo Díez: “Y encantar contando sería como recobrar la belleza y la fijación de la hoguera y, con ella, hacer arder los sueños, las emociones, las ocultas y olvidadas cavidades de quien llega a mirarla como tú en aquella lejanía la miraste: atento a ese resplandor que sólo entre las palabras puede trenzar algo que se parezca al verdadero fuego de la vida”.

 

Esa vuelta a las emociones, a la reflexión accionada por el mecanismo narrativo, es hoy más que nunca el valor de la Literatura. Plegarnos a una inutilidad de pastiche, de frase hecha como brindis al sol, es una irresponsabilidad peligrosa, que nos acerca más a la vieja pesadilla de Bradbury en “Farenheit 451”. No creo en una Literatura de desconexión, de simple ocio, vacía e inmersa en la sociedad mediatizada. Creo en la utilidad de la Literatura, en su vigencia hoy más que nunca, en la necesidad de ella más que antes. Creo que las palabras son ese vehículo que nos va a sacar de nuestro adormecimiento.

 

En el principio era la palabra, y al final también lo será. En medio, ahora, también es la palabra, lo que ocurre es que se quiere tachar, ensordecer, eliminar, crispar, alienar, restringir, condensar, distorsionar, ensombrecer, difamar, desaparecer, verbos todos ellos tras los que, como no puede ser de otra manera, hay un concurso de la voluntad de muchos, dentro y fuera de la Literatura.

 

La realidad es un complot, dice Piglia, y la Literatura es un complot contra ese complot. Para eso es útil la Literatura, Literatura con mayúsculas, la que hacen los que leen y los que escriben. Es un asidero para no dejarnos arrastrar hacia el vacío.

 

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