Literofilia
Letra menuda
Pedro Crenes
Piglia, camino de ida
18/04/2017

Conocí a Ricardo Piglia en “Formas breves”. Siempre había entendido que la Literatura no es un universo que se sujete bien a corrientes, formas y delimitaciones de géneros. Un cuento puede ser un perfecto ensayo y los ensayos se pueden leer como una novela, y hay microrrelatos tan intensos y extensos (así lo percibe el lector) como aquellas.

 En “Formas breves”, descubrí que el papel del lector es mucho más importante del lo que él mismo piensa. Y conocí entonces a un excelente lector que escribía libros.

 

Pronto conocí también a Emilio Renzi y empecé a cruzarme con él en cuentos, artículos y novelas. Aquel lector lúcido de Adrogué, maravillaba mi concepción de la literatura ⸻del lado de la escritura⸻ y jaleaba mi ánimo palabra tras palabra ⸻del lado de la lectura. Y supe que Renzi escribía un diario por medio de Ricardo Piglia. Leídos ahora esos diarios, parece que es Piglia el alter ego de Renzi, y esa memoria arbitraria en apariencia y lectora, hace que cada obra de ambos sea un soplo de entusiasmo para seguir conquistando cada lectura, cada búsqueda de una epifanía a la hora de escribir.

 

Piglia se marchó, qué cosas, en el día de la Epifanía de nuestro Señor, el pasado 6 de enero. “Parajodas” a lo Cabrera Infante, requiebros de esta ficción continua que es la “realidad”. Porque Piglia fue sobre todas las cosas un apasionado buscador de instantes, de epifanías en los libros y en los hechos. Formado como historiador, Piglia se convierte en su Argentina natal, y con el paso del tiempo para el resto de sus lectores, en un “epifanista” nato. No sólo busca y encuentra esos instantes, sino que los vincula a situaciones y hechos que se convierten en una metáfora, en un relato paralelo al oficial, en un complot: la “realidad” es un complot, y la literatura es un complot contra ese complot. Crear una mirada crítica que pulverice cualquier obra teniendo como perspectiva siempre que todo es, en esta vida, un relato. Si no tenemos bien adiestrado el sentido crítico ⸻empezando por una visión clara de las estructuras narrativas⸻, es muy fácil que nos den gato por liebre.

 

Es en “El último lector”, donde quizás nos encontremos con el Piglia más “epifanista”, donde podemos seguirlo en estas búsquedas y rodeos de lector no dispuesto a limitarse al solo hecho de pasar la vista sobre un texto escrito. Veo aquí al Ricardo Piglia más libre, más Renzi quizá, buscando en el “amor textual” experimentar todas las posturas posibles ⸻sin ser exhaustivos⸻, un kamasutra de lectores que miran a los más diversos puntos de vista. Y el propio Piglia lo reconoce (en 2005): “Mi propia vida de lector está presente y por eso este libro es, acaso, el más personal y el más íntimo de todos los que he escrito”.

 

Ricardo Piglia toma el camino de ida, en dirección a la permanencia absoluta. Siempre ha estado por aquí por casa, con lentes y melena revuelta, con la mirada lúcida desde las fotos o con la voz cercana del buen maestro o del conversador inteligente y constructivo en una tertulia de lunes junto a unas buenas lentejas. Piglia se instala, ido ahora y perpetuo, en una postura de provocadora búsqueda del lado lector en el contexto de la escritura: “preguntarse por el lector es preguntarse por la literatura”. Mientras muchos escriben y publican tinta seca, Piglia deja como legado una linterna, la de Anna Karenina. Una linterna que implica búsqueda, cierta oscuridad, mucho trabajo. Qué encontremos como lectores depende de cada uno. Pero no digamos que no nos han dado herramientas y argumentos.

 

De los diarios de Renzi:

Jueves 8 de agosto (1963).

Una linda frase escrita por Sartre en El ser y la nada, p. 630: “La muerte es una aniquilación siempre posible de mis posibles, que está fuera de todas mis posibilidades”.

 

Leer a Piglia. Lo más posible es que volvamos con un buen puñado de nuevos senderos. ¿Volver? Todos vamos camino de ida. Y para entretenernos, jugamos a ser el último lector, como Ricardo, soñando que soñaba a Borges, que le soñaba a él y, al borde del sueño, un niño lee un libro azul al revés.

 

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