Literofilia
Letra menuda
Pedro Crenes
Sergio Pitol, hasta el silencio
24/05/2017

Recordaba el viejo término de mi paso por la facultad. “Afasia progresiva primaria”. Conversando en estos días, recordaba precisamente un libro rojo de la editorial Ariel, “El cerebro humano”, con el que aprendíamos a distinguir y definir las partes de ese misterioso órgano. “Degeneración lobular frontotemporal”, recordé las coordenadas de la enfermedad en la geografía cerebral tocándome la cabeza. Y dice la noticia que la tiene él.

Habla dificultosa, apraxia (incapacidad de realizar un acto volitivo, aun estando intactos el sistema motor periférico y el sensorial), tartamudez, anomia (un trastorno que impide llamar a las cosas por su nombre), errores en la pronunciación, agramatismo (reducción o supresión del uso de morfemas gramaticales). Un artículo dice que el habla va menguando hasta desembocar, en algunos casos, en el mutismo. El silencio, la hoja en blanco. Y la noticia dice que en esta última fase, él está solo, sin amigos, casi en silencio.

 

Desempolvo los libros de la facultad preguntándome que ocurre. Leo que la afasia tiene tres hijas, cada una peor que la otra, aunque la última que citan Rosenzweig y Leiman se me antoja una mujer bella y oscura: Parafasia, que te obliga a sustituir palabras correctas por sonidos o palabras involuntarias; Agrafia, que altera la capacidad de escribir; y Alexia, la más hermosa y cruel, que trastorna la capacidad de leer. Y la noticia afirma que estas mujeres ya se han hecho con él, con su cerebro.

 

Leyendo los artículos y los libros de fisiología y los manuales, llego a la conclusión de que lo que padece Sergio Pitol es la peor de las enfermedades que puede sufrir un escritor. Perder las palabras, caminar sin prisa ni resistencia hacia el silencio y no poder entretenerlo porque Alexia se ha llevado también los libros es devastador. Sí, Sergio Pitol, uno de los más grandes escritores hispanoamericanos está solo en su casa, sin amigos, deteriorándose, atrapado.

 

Los doctores Millán y Fernández dicen lo siguiente en otro artículo: “En contraste con su pobre lenguaje, muchos afásicos no-fluentes suelen retener su capacidad musical y pueden tararear una melodía bastante bien”. ¿Cuál será la que tararee Pitol? Conjurar el silencio, resistir a través de la música lejana y sabida de la infancia o adquirida y escogida ya de adulto. Me le figuro frágil, sentado en su sillón, tarareando quizás pasajes de alguna ópera favorita o el Vals de Mefisto…

 

Releyéndole, después de leer la noticia y escuchándole hablar en You Tube de literatura rusa, constato que sí, que es cierto, que lo que le ocurre a Pitol es el mayor infierno que le puede sobrevenir a un escritor: no escribir, no leer. Ya no se puede ni siquiera hablar de lo leído, cuesta un mudo articular las palabras mismas, las frases son ya un remoto recuerdo.

 

Me quedo con sus libros, me acerco hasta su casa de Xalapa donde ya no se oye ópera ni se ve cine ni se llegan amigos. Me siento con sus cuentos y con sus memorias a acompañarle en la vigilia del silencio. Estoy de acuerdo con Auster cuando dice que “Un libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad”, pero ¿tanta soledad, tanta hasta el silencio?

 

Subrayé hace años esta frase de Pitol que encierra una de las mejores definiciones de lo que es una vida: “Uno, me aventuro a creer, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.

 

Hasta el silencio, Sergio Pitol es un camino a seguir, es una lectura que volver hacer, es sin duda alguna uno de los escritores de los que nunca podremos desprendernos.

 

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