Literofilia
Lo demás es ficción
Giovani Rodríguez
La narrativa como termómetro social
22/01/2018

Nuestros países, subdesarrollados y analfabetos integrales, no suelen observar con demasiada atención el quehacer de sus autores de literatura. Preocupados más, como es lógico, por el hambre, la criminalidad o la política -esta última en su estado más elemental-, nosotros, los ciudadanos del llamado “Tercer Mundo”, pasamos por alto la importancia de la literatura como medidora del pulso de una época o de una circunstancia social determinada. 

Importante es el periodismo, lógicamente, para observar cómo somos y qué hacemos en la sociedad, pero de ese océano de información poco queda para la posteridad. Ahí es donde entran la historia y la literatura, dos campos con escasa producción en nuestros países.

 

En la historia de la literatura hondureña, extensa en el tiempo aunque poco fructífera, ha habido novelas y unos cuantos relatos notables a través de los cuales sus autores han sabido captar las sensaciones o el latir de una época, con sus problemas más graves y sus principales personajes, representados casi siempre desde una óptica bastante realista y que permite ahora observar esas obras no sólo como mera literatura sino también como testimonios, es cierto que ficticios aunque no por eso menos veraces, del pasado de eso que podríamos llamar “nuestra patria”.

 

Ahí están las novelas de siempre, las que no faltan en cualquier resumen sobre el tema de la novelística catracha, pero también las más recientes, pocas y quizá no tan “imprescindibles” como las primeras pero igualmente valiosas a la hora de definir el curso de la narrativa hondureña actual y su papel, entre muchos otros, como termómetro social.

 

Prisión verde (1945), de Ramón Amaya Amador, observadora de la explotación de los obreros hondureños a manos de los representantes de las compañías bananeras norteamericanas, es quizá uno de los ejemplos más claros del rol de la novela también como medio de denuncia social. Con El árbol de los pañuelos (1972), Julio Escoto, a través de la historia de los hermanos Cano, acusados de brujería por pregonar los ideales de Morazán, indaga en el problema de la identidad, pero no sólo en eso sino también en otros aspectos como la intolerancia y la violencia, desafortunados rasgos característicos de nuestra sociedad. Big Banana (1999), de Roberto Quesada, es una novela que retrata la vida de un inmigrante hondureño en New York, al que alientan sus sueños de llegar a triunfar como actor en Hollywood mientras vive en condiciones difíciles y trabaja como albañil. Fiebre sin fin (1999), de Galel Cárdenas, aborda el tema del fútbol en Honduras, con un personaje que prefiere suicidarse antes que ver perder a su equipo, y representa muy bien el problema de la alienación del hondureño por ese deporte, comparable sólo con la religión y la política. También La guerra mortal de los sentidos (2002), de Roberto Castillo, una novela que logra explorar con eficacia el asunto de la identidad nacional y de la condición humana del hondureño en “una visión totalizante” del país y de sus habitantes, como alguna vez dijo el propio autor.

 

Más recientes son Memoria de las sombras (2005), de Marta Susana Prieto, que a través de un personaje mítico, el cacique Lempira, indaga en la historia, particularmente en la resistencia lenca contra los conquistadores españoles en 1538; y Memorial del blasfemo (2011), de Jorge Medina García, que hurga en la llaga de la falsedad, la corrupción y la violencia a través de la historia de un personaje rebelde. Valga también mencionar Desmoronamiento (2006), de Horacio Castellanos Moya, un escritor nacido en Honduras pero cuya obra literaria gira casi enteramente en torno El Salvador, su país adoptivo. La novela citada se enmarca en la guerra entre estos dos países en 1969 y tiene como protagonistas a los miembros de una familia hondureña desmoronada por el odio. El tema bélico ya había sido abordado por Eduardo Bähr en El cuento de la guerra (1971), considerado uno de los relatos más sobresalientes de la historia literaria hondureña; tiene también sus recurrencias en la narrativa de Julio Escoto y aparece en la novela corta Una despedida, de Samuel Trigueros (2016).

 

Otros dos ejemplos notables son la nouvelle Música del desierto (2011), de Dennis Arita y el relato Las virtudes de Onán (2007), de Mario Gallardo. La novela corta de Arita nos muestra a Ramos, un ex marino que ha vuelto a Honduras y se ha radicado en un pueblo del sur, en donde trabaja y tiene una relación con la mujer de su jefe, situación que desencadenará algunos hechos violentos que marcarán la vida del protagonista; en tanto que el relato de Gallardo se centra en la vida del joven Onán, culto, extremo y provocador a partes iguales, que se ve, en el último momento, víctima del mal que hasta entonces sólo había alcanzado a ver de lejos. La violencia y el mal, moneda corriente en la sociedad hondureña contemporánea.

 

Los temas de todas estas novelas y de los últimos relatos citados varían de un autor a otro. La identidad, la violencia, la corrupción y la intolerancia podrían ser los más recurrentes y bastarían para tener una visión amplia, desde el punto de vista siempre oblicuo de la ficción, del devenir social de nuestro país. La mirada de los escritores de ficción va posándose, de manera directa o indirecta, sobre esa realidad social que constituye, al fin y al cabo, el referente inmediato para la creación de ficciones.

 

A diferencia de la narrativa de otros países, la hondureña parece ir muy rezagada respecto a los grandes acontecimientos sociales producidos en el territorio nacional. Uno ve, por ejemplo, la gran cantidad de novelas surgidas en los Estados Unidos en torno al tema del 11-S poco tiempo después de ocurrido el atentado terrorista, o la enorme producción de novelas que tiene España sobre su Guerra Civil. El huracán Mitch o el Golpe de Estado de 2009, para citar sólo dos de los acontecimientos recientes más importantes en Honduras, tampoco han generado novelas (con la excepción de Julio Escoto, que publicó una novelita sobre un Golpe de Estado en la época de los mayas de Copán con un título desconcertante: Magos mayas monjes Copán), o cuentos que ahora pudiéramos considerar imprescindibles para acercar a los lectores a la historia nacional a través de la ficción.

 

Pero quizá esto se deba a lo que ya he dicho en otras ocasiones: casi no existen en Honduras las condiciones para la escritura de una narrativa que supere la ingenuidad del primerizo o los arranques autobiográficos que semejan ejercicios terapéuticos más que literatura, y que, además, se aproveche de la historia inmediata del país con una dimensión más amplia y ambiciosa en el ejercicio literario. Probablemente en Honduras, como me dijo un amigo, más que condiciones para escribir, lo que hay son condiciones para no escribir. Sin embargo, hay que saber que la literatura, la auténtica literatura, no se rige por las imposturas y que, independientemente del momento en que las ficciones se escriban o se publiquen, de entre éstas siempre habrá unas cuantas de calidad incuestionable que nos permitan acercarnos al espíritu de una época determinada.

 

 

© Literofilia Ltda. • Diseño y programación:Tormenta Cerebral • © Nimbus 1.0