Literofilia
Rojo y negro
Álvaro Rójas
Machos
05/02/2018

Yo odiaba ir a esa playa con mi familia, con la niñez se quedó atrás el gusto de viajar al mar con ellos; pasar una semana en un hotel compartiéndolo todo se volvió tan pesado que varias veces me quedé en mi casa de San José o me devolví a los pocos días. Su cercanía me hería con sutilezas incomprensibles. Aún hoy no las entiendo muy bien que digamos.

Mis pies agradecieron la sombra del restorán, su caminito que se abría hacia las arenas frías que descansaban bajo la sombra de los árboles. A lo lejos vi a mi hijo  lanzándose a la espuma de las olas. Su madre lo vigilaba desde una hamaca cuando me recibió risueña con una regañada por no llevar zapatos y por venir quejándome de la quemada que me pegué en los pies. Me senté en una silla de playa a su lado y lo vi de nuevo, no a mi hijo, sino al hombre que se me hizo conocido. Ahora revisaba papeles acompañado por un par de saloneros y por una guanacasteca que parecía la administradora.

 

Me incomodaba mucho que la gente de mi edad me viera con mi familia, hablar de las notas en un colegio donde yo era un desastre, encontrar personas nuevas, competir por las mujeres, hacer amigos, detestaba que los maes se me acercaran para conocer a mi hermana, me incomodaba compartir a la fuerza casi todo, en un lugar cerrado, a pesar de tener al frente, abierto de par en par, el inmenso Océano Pacífico.

 

Se acercaba la hora del almuerzo y fui a llamar a mi hijo, me metí con él al mar y desde ahí distinguí sobre la montaña de roca y de bosque seco, aquel hotel al que iba con mi familia muchos años atrás. El movimiento de las olas y las risas de mi hijo no dejaron tiempo ni para la nostalgia ni para el malestar. En unos minutos nos secamos al sol y sin camisetas nos sentamos junto a su madre en las mesitas del restorán que estaban sembradas en la arena, bajo la sombra de los almendros.

 

Esa vez me encontré a Henríquez, él era de mi edad, lo conocía del colegio y no me caía bien. Su presencia me incomodaba aún más, si yo no quería estar con mi familia tampoco quería ser buscado a toda hora por él. Y a pesar de eso andábamos juntos, íbamos del mar a las piscinas, veíamos chavalas, nos juntábamos con los grupos de maes que se reunían a tomar cerveza al atardecer, cerca del mar, o en la noche, cerca de la piscina. Algunos eran de nuestra edad, algunos eran mayores.

 

Al morder la cebolla morada del ceviche peruano, supe que era el jefe y con el sabor a limón y a pescado en toda la boca, por fin lo reconocí. ¡Claro! No podía ser otro. El restorán peruano, su edad tan cercana a la mía, el comercio, esta playa, este lugar tan cercano a aquel hotel. Sin duda era él.

 

Una tarde Henríquez me llegó a buscar a la cabina, la noche anterior me le había escondido con el pretexto de una lluvia inesperada que hizo que me quisiera dormir temprano. Pero Henríquez no tenía sosiego. Pocos años atrás asesinaron a su padre por motivos poco claros para mí y a él eso le pesaba, se entristecía mucho al hablar de esa muerte. En San José no dejaba la calle y ahora no pasaba ni un minuto en su cabina. Tuve que salir con él y mientras caminábamos hacia la playa me hizo la propuesta.

 

A mi hijo se le cayó el tenedor sobre la mesa y yo me sobresalté más allá de lo habitual. Mi esposa lo percibió, pero no le di mayor importancia. De vez en cuando notaba que él se me quedaba viendo, se pasó de mesa a una un poco más lejana de la mía, pero las miradas iban y venían, no cesaron. Sin duda, era el dueño del restorán y también el representante de un tiempo al que yo había creído olvidado.

 

¡Dos contra dos! En la arena, mañana a las cinco.

-¿Y qué ganamos, Henríquez?

-¿Qué más querés? La voladera de pichazos, el orgullo de ganarle a esos malparidos.

-Pero ni los conocemos, no nos han hecho nada.

-¡Mae, no seás cobarde! Todo está organizado. El hermanillo de Gato ya lo tiene arreglado. Somos vos y yo contra Gato y su primo. Hay apuestas y todo.

-¡No jodás! Yo no me apunto, nosotros divirtiendo a ese montón de hijueputas.

-Tenés miedo. Yo si le voy a llegar. Si te atrevés nos vemos en la playa mañana a las cinco.

 

Parecía un perseguido, evitaba todo posible encuentro con ellos, con los organizadores de la pelea. De la playa me iba a la cabina evadiendo las entradas principales, subía por la montaña, con las iguanas y con los zorros, caminando por el bosque seco que rodea al hotel. No los quería ver, no quería que me vieran. Yo no pelearía, era una mierda ser el títere de otros, de los mayores y también es cierto que me daba miedo.

 

-Pidamos un cafecito.

-¡Buenísimo! Está lindo este lugar. Lástima que sea de ese cabrón.

-¿De qué estás hablando?

-Papá, ¿por qué decís cabrón?

- Es que conozco al dueño de hace años…y no me cae bien.

 

A las cinco de la tarde el sol se acercaba a la línea del Pacífico, la luz no terminaba de irse y las sombras no terminaban de llegar. Él lo mandaba todo, había recogido la plata de las apuestas entre sus amigos, iba a dirigir los tiempos de la pelea, era el árbitro y el dueño. Henríquez sí llegó y usando sólo su pantaloneta de surfista estaba en el centro del círculo esperando al primero, al que, contrario a lo que decían las apuestas, le rompió la cara al primer golpe y ya en el suelo lo cerró a patadas con violencia, tal vez, la que tenía empozada contra  el asesino de su padre.

 

Me aparto de la mesa mientras nos traen la cuenta y me acerco a la playa. Me distraigo viendo a lo lejos un par de isletas rocosas, las lanchas de los buceadores. En ese mar hay tortugas y mantarrayas, es un buen lugar para ver peces o para usar motos marinas. Las aguas estaban mansas como una piscina, calmas y el viento levantaba de cuando en cuando la arena blanca.

 

Ahí terminó todo, cuando él vio la furia de Henríquez no quiso seguir con las peleas. Levantó a su hermano del suelo y se lo llevó. Gato tenía la cara ensangrentada y estaba llorando. Su hermano no le dio ni un cinco a Henríquez. El círculo se deshizo y mi rival se quedó sin pelear. Henríquez reclamó su plata, la que se había ganado a puño limpio y entre cuatro tuvieron que detenerlo para evitar el cobro. Por más que le pegaban yo no bajé a defenderlo.

 

Le digo a mi esposa que se adelante con mi hijo, le doy las llaves del carro y le comento al salonero que no se preocupe, que yo pago en la caja, que me gustaría saludar al dueño.

 

-¡Claro! Es aquel que está allá sentado.

-Sí, lo conozco desde hace años.

-Te espero en el carro. No te detengás en esas tonterías.

-¡Papá!, ¿por qué usted no viene?

-Ya voy, ya voy. No tardo nada.

 

Hasta que Henríquez quedó solo en la playa, bajé de la roca desde donde había visto todo. Él no me reclamó nada en ese momento ni nunca más lo hizo, por el contrario, me dijo que yo había tenido siempre la razón, que era una estupidez haber peleado así. A pesar de la actitud de Henríquez yo no me perdoné nunca el no haberlo ayudado, no haber bajado de mi escondite a defenderlo, no me perdoné verlo sangrar, arrodillado en la arena con el atardecer anaranjado de fondo, en la línea del Pacífico.

 

A Henríquez la vida no lo trató bien, no voy a entrar en detalles ahora, pero esos puñetazos de aquella tarde, con el paso de los años, se convirtieron en balazos en las calles de San José. Tal vez todos perseguían a la misma persona, a aquel que lo dejó sin padre.

 

Hace muchos años que no sé nada de él, pero el hermano de Gato, el que organizó todo, tiene un restorán en esa misma playa.

 

-Papá, ¡no dure mucho!- Escuché a lo lejos la vocecita de mi hijo que caminaba hacia el carro de la mano de su madre.

Nunca me perdoné haber sido tan cobarde.

-¿En qué le puedo ayudar?

-¡Vengo a darle lo que le debo, pedazo de hijueputa!

 

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