Del mes
Anais Nin
Por Kevin Arias | Ilustración Esteban Salas
05/02/2018

Hay una fotografía de Anaïs Nin que probablemente encierra todas las características de una escritora que se movió en las aguas del desenfreno, la lujuria y la pasión. En la imagen se la observa con una mirada penetrante que despiden sus ojos con forma de almendra. Y sus delgados labios, visiblemente pintados, anuncian la sensualidad de su figura pulcra, indómita, siempre misteriosa.

Los orígenes de la autora se han mostrado esquivos a los engorrosos registros históricos. Algunos biógrafos los sitúan en España; otros, en Cuba. Pero casi todos han coincidido en que su natalicio se produjo en Francia un 21 de febrero del año 1903.

 

Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell fue el nombre que le dieron sus padres. Ambos estuvieron ligados a la faceta artística, lo que supuso una premonición del destino de su hija. La madre, Rosa Cumell, fue una cantante cubana de ascendencia franco-danesa; y el controvertido padre, Joaquín Nin, fue un aclamado pianista de raíces catalanas.

 

Anaïs tuvo una infancia agitada junto a sus padres, con quienes viajaba continuamente. Los conciertos y presentaciones los obligaban a desplazarse y deambular en cuartos de hotel en Europa, Estados Unidos y Cuba. Fue en ese vertiginoso período cuando su padre, quien además impartía clases de piano, los abandonó para casarse con una de sus tantas alumnas. Para ese momento, Anaïs Nin apenas contaba los 11 años.

 

El suceso despertó en ella un resentimiento que arrastró durante varias décadas. Casi de manera inmediata empezó un diario en el que plasmó los pensamientos que enturbiaban su joven cabeza. Las primeras palabras que esbozó fueron en forma de una carta a su padre, en la cual vertió todo su desconsuelo y tristeza.

 

Con el paso de los años, el diario se fue llenando de entradas y se transformó en un denso libro, cargado de sus experiencias, deseos y fantasías.

 

Con cada trazo en el papel, Anaïs Nin alimentaba sus dotes como escritora. Sin estar consciente de lo que sucedía, los cuadernos en los que escribía colmaban su habitación. Al mismo tiempo, su vocación por la Literatura crecía de forma incontenible mientras devoraba los lúgubres textos de D. H. Lawrence.

 

Muy pronto, los divertidos e inocentes relatos de su adolescencia mutaron en confesiones de sus aventuras sexuales, así como en un delirio incontenible por encontrar su espacio en una sociedad paralizada por un conservadurismo avasallador.

 

Cumplidos los 19 años, comenzó a trabajar. Se desempeñó como modelo y, posteriormente, como bailarina de flamenco. Luego, en Cuba, tuvo lugar su matrimonio con Hugh Guiler, un banquero de familia adinerada.

 

La lectura de D. H. Lawrence había despertado en Anaïs Nin una fascinación exorbitante. Se entregó por completo a su obra y la estudió con la minuciosidad de un cirujano. El único remedio que le quedó fue escribir un agudo ensayo en el que analiza el trabajo del escritor estadounidense. El texto se publicó en 1930.

 

En torno a ese año puede instalarse su amorío con el también escritor Henry Miller. El primer acercamiento entre ambos sentó las bases de una admiración mutua. Naturalmente, esa simpatía desembocó en cartas que albergaban sus sentimientos, y que asimismo fueron una declaración de intenciones.

 

Anaïs Nin no solo se involucró con Miller, sino también con su esposa June. Todo eso ocurría mientras la autora estuvo casada con Guiler, quien se mostraba indiferente ante la situación y los episodios poligámicos de Nin.

 

Indefectiblemente, la trepidante relación que se configuró en un triángulo amoroso quedó registrada en sus diarios. Los apasionados relatos no escatimaron en detalles de la intimidad de sus actos, que, como avenidas desiertas, abrían el paso a quien quisiera conocer las alucinantes veredas.

 

Mientras se mantuvo con vida, la autora evitó exhibir esos textos a la luz pública. Los atesoró con recelo y discreción. No obstante, al momento de su muerte, que se produjo el 14 de enero de 1977, la realidad adquirió un matiz distinto. Después de sucumbir en la batalla contra un cáncer fulminante, los editores hurgaron en los restos de su memoria. Lo desconocido e intacto de su talento literario apuntaba a esos cuadernos ya amarillentos por el desgaste que sobreviene con los años. Inevitablemente, encontraron los diarios.

 

Fue en 1986 cuando se publicó Henry y June. El libro no solo descansa en la descripción del vínculo afectivo que la unía con Henry y su esposa. Explica cómo la pasión se fue diluyendo; y cómo el contacto físico con ambos se fue enfriando hasta desaparecer por completo.

 

En las páginas de ese diario huracanado se advierten las figuras de otros amantes de Anaïs Nin, que aparecen como furtivos espíritus en la casa de su conciencia. Con un marcado tono erótico, la jovialidad no escapa en ninguna de las oraciones que se hilan con la sagacidad de un alma que se sabe libre e imperturbable.

 

En la misma línea se inscribe una de sus novelas más polémicas y censuradas: La casa del incesto (1949). El impacto que generó fue muy grande. Sirvió para terminar de coser el lazo que la fundía, hasta el último de sus suspiros, con la controversia propia de una vida que no conoció limitaciones de ningún tipo.

 

Los pasajes de ese libro tuvieron sus inicios en París. Allí, después de 20 años de olvido y silencio, se reencontró con su padre. El producto de su reunión descubrió los sucesos que se relatan en La casa del incesto. Sumida en el hechizo del complejo de Edipo, Anaïs se embarcó en una relación amorosa que la involucró física y afectivamente con la persona que la había abandonado cuando niña.

 

La aventura con el padre fue el capítulo más estremecedor entre los que se pueden encontrar para acercarse a la visión de mundo que tenía la autora. Su forma de entender la vida distaba de coincidir con las de sus contemporáneos.

 

Los amoríos que mantuvo resultaron ser fugaces en su mayoría. Otto Rank o René Allendy, por ejemplo, aparecieron cuando Anaïs Nin se interesó por el psicoanálisis. Y algunos años más tarde, ya aburrida del letargo en el que se había instalado su matrimonio, conoce a Rupert Pole y se casa con él en 1955. La escritora nunca se divorció de su primer marido.

 

Alojada de forma definitiva en Estados Unidos desde 1939, Nin incursiona en la publicación de cuentos eróticos. En la empresa la acompañó Henry Miller. Juntos escribieron para Delta de Venus y Pajaritos, dos libros de compilaciones de literatura erótica.

 

En primera instancia, la idea no agradó a Anaïs Nin. Sin embargo, las premuras económicas la empujaron a tomar la decisión de sumergirse en un terreno inexplorado y que enfrentaba con escepticismo, pero que le garantizaba algún sustento. Miller y Nin cobraban un dólar por página escrita.

 

Cuando esos textos se publicaron, la escritora ya había alcanzado el reconocimiento de la crítica. En 1947, a la sombra de la Segunda Guerra Mundial, apareció En una campana de cristal. Nin volvió a la temática de su interés: las descripciones de la intimidad sexual y la liberación de la mujer. Pero en este caso tiñó las narraciones con un tinte poético en el que aborda los sucesos de sus diarios desde un lente más lírico y metafórico.

 

A pesar de la mala reputación que adquirió cuando se conocieron sus múltiples amantes -entre ellos su padre-, Anaïs Nin recibió condecoraciones a su talento como escritora. Ha recibido doctorados honoris causa y sus libros se han readaptado a películas.

 

Vista desde fuera, la suya fue una vida agitada, apasionada e incuestionablemente bohemia. Caminó por el mundo desprovista de vergüenzas, guiada solo por el instinto y la intuición de una mujer cuya alma se mostró siempre insaciable.

 

Se preguntaba un articulista si Anaïs Nin vivió en una época que no le correspondía. Quizás, meditaba el autor, el siglo XX estaba demasiado atrasado para su incomprendida visión. Era una sociedad distinta: de contrastes, opresión y dolor. Y la figura de la mujer aún seguía relegada al ostracismo.

 

Un siglo más tarde, los lectores y el canon la defienden y aclaman como una de las escritoras más influyentes. La forma en que acometió el quehacer literario sentó las bases de la libertad, tanto en lo referente a la sexualidad como al rol de la mujer.

 

Resulta inútil imaginar la presencia de Anaïs Nin en otra época que no fuera la que le tocó vivir. Como consuelo, y para alimentar esa ingrata fantasía, quedan sus letras, tan sinceras, tan esquivas a una clasificación de lo que son y pretenden ser. Y a la par de eso quedan sus diarios, que se reunieron en siete volúmenes. Allí se reconoce su tono inconfundible; y casi parecen escucharse sus memorias contadas por su pluma, que hasta el final se mantuvo imprevisible, ágil e ingobernable.

 

 

 

 

 

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